lunes, 2 de mayo de 2011

La arenga del Gran Julio César (ALESIA cap. XVI)

Una patada en la planta del pie de su decurión despertó a Flaco que abrió los ojos sobresaltado.
 
- ¡Flaco arriba! Ya has descansado suficiente. Vuelve a tu puesto.
 
La incipiente claridad le desconcertó levemente hasta que las imágenes de la noche anterior se agolparon en su cabeza al instante. Estaba vivo, pero curiosamente, lo que sintió al ponerse en pie fue un poco de frío y un mucho de hambre. Buscó el manto que había dejado en un hueco la noche anterior, se lo ajustó y pidió una torta de trigo que devoró y fue entonces cuando contempló el horrible panorama de muerte, cadáveres y desolación que se mostraba ante él. Pero no le sorprendió. La noche había sido tan intensa que esperaba algo parecido a aquello, aunque se grabó en su retina para siempre el color rojo de la tierra alrededor de la empalizada provocado por la ingente cantidad de sangre derramada. Pero el hombre a caballo y con la inconfundible capa de color escarlata que se acercaba hacia su posición, llamó su atención. Era él.
 
César llegó a los pies de la torre dónde se encontraba Flaco y descabalgó. Tras departir brevemente con los legados Rebilio y Antistio, al mando de aquel campamento, volvió a subir al caballo iniciando el camino de vuelta hacia el puesto de mando. Pero cuando sólo se había alejado unos metros, alcanzando una distancia en la que sabía que toda aquella sección de las defensas podía oírle, volvió la grupa de su montura, alzó la cabeza y comenzó a hablar. Flaco escuchó su clara, potente y característica voz a la que todos los allí presentes prestaron una inmediata atención.
 
- Milites, no debemos bajar la guardia. Hagamos otro esfuerzo supremo. Hoy los galos han observado que las defensas que vosotros habéis creado, son muy efectivas. Les va a costar mucho acercarse hasta nosotros para combatir cuerpo a cuerpo, pero ese momento llegará y debemos estar preparados. Sois conscientes de que ésta es la parte más vulnerable de nuestras defensas. El terreno agreste nos impidió hacerlo mejor. Y eso ellos lo saben. Por eso estoy seguro de que atacarán por aquí. Sus movimientos les delatan. Aunque antes perecerán por millares.
 
César bajó del caballo y prosiguió con su arenga...
 
- Haced acopio de proyectiles en las torres y cuando estén a tiro, disparad. Pero aseguraos de no errar, eso será fundamental, pues nuestros recursos son limitados encerrados como estamos entre estas dos empalizadas y sin posibilidad de conseguir más. Y cuando superen la última línea, entonces combatid cuerpo a cuerpo hasta la extenuación, para mayor gloria de Roma. Labieno apoyará con la caballería germánica vuestra defensa. No puedo mandar más hombres, pues me temo que atacaran de forma simultánea por otros flancos. Pero no temáis. En lo más duro del combate, César vendrá a ayudaros y juntos alcanzaremos la victoria. Os lo prometo. La diosa Fortuna está con César y la victoria será nuestra.

Los vítores estallaron entre los aproximadamente seis mil romanos que defendían aquel campamento. César subió a Toes, volvió grupas y desapareció al galope haciendo ondear al viento su capa escarlata. Mientras su general se marchaba, Flaco gritó con todo su corazón. Él y todos los allí presentes creían en César. Se lo había prometido. Vencerían. César nunca les había fallado.