lunes, 16 de abril de 2012

Relato històrico por entregas... LA TRAICIÓN DE VALENCIA (Cap. II)

Como si todo el peso del mundo recayera sobre sus hombros, Vicent arrastró los pies hacia la escalera que daba al piso de arriba y se dirigió a su habitación. Isabel Navarro, su mujer, fue a la cocina y puso en un cuenco un poco del guiso que aún estaba caliente así como un buen vaso de vino tinto que tanto le gustaba a su marido acompañando las comidas. Al entrar en la habitación encontró a Vicent agachado sobre la jofaina y aseándose un poco. Se restregaba la cabeza con las manos como si un fuerte dolor de cabeza poseyera su mente y quisiera espantarlo masajeándose las sienes. Isabel dejó el cuenco y el vaso sobre un taburete, se puso detrás de su marido y posando las manos sobre sus hombros le condujo hasta la cama. Él se dejó hacer mientras Isabel masajeaba su espalda con sabias manos, igual que hacía cuando las jornadas del duro trabajo de velluter eran de sol a sol y Vicent le demandaba unas friegas que relajaran sus músculos.
Isabel echaba de menos a su marido, que había estado ausente durante mucho tiempo enfrascado en las guerras de la Germania contra el Virrey y ahora que Vicent se dejaba hacer quiso aprovechar la ocasión. Poco a poco, las friegas se convirtieron en certeras caricias hasta que la excitación les condujo a hacer el amor. Los dos se entregaron con la pasión y las ganas mutuas que dan muchas semanas de separación. Ninguno de los dos sabía si habría un mañana para ellos y se amaron como si el mundo fuera a acabarse ese mismo día.
Entre las serenas caricias posteriores es cuando la mayoría de las parejas aprovechan para hablar de sus sentimientos más íntimos o simplemente para expresar sus miedos e incertidumbres. Isabel tenía muchos esa noche y quiso compartirlos con su marido posiblemente en el único momento en las próximas horas en que iba a poder sincerarse con él.
-          ¿Vas a aceptar la oferta? – dijo casi en un susurro Isabel.
-          ¿Crees que debería? – contestó Vicent mientras mantenía la mirada perdida en un indeterminado punto del techo de la habitación.
-          Vicent, sé cómo eres y sé cuáles son tus ideales. Has luchado por ellos durante años y lo has dado todo. Eres un valiente y nadie más que tú sabe lo que es dejarse la piel por los demás. Hasta ahora nunca jamás me has odio decirte nada relacionado con todo esto. Siempre te he apoyado y jamás te he puesto ningún problema. Me casé contigo porque me gustaba tu forma de ser. La fuerza de tu carácter y de tus ojos me enamoraron desde el primer día que te vi. Eres el mejor marido y el mejor padre que nadie pueda imaginar. Nos acusaron de traición y regresaste para lavar nuestro honor. Y los has hecho dignamente.
-          No podía hacer otra cosa. Mi pueblo y mi familia son lo más importante de mi vida. No iba a dejar que unos sucios mentirosos deshonraran a mi mujer y a mis hijos.
-          Pero ahora te quiero pedir que recapacites. Sea cual sea tu decisión, estaremos contigo hasta el final. Bien lo sabes. Pero Vicent, ya has lavado tu honor. Piensa ahora en tu familia. Tus hijos te quieren vivo.
-          No debo traicionar a todos aquellos que han luchado junto a mi – dijo Vicent mientras miraba fijamente a los ojos de su mujer – Sé que mañana, si no acepto esa oferta vendrán a por nosotros. La angustia que siento en mi interior es enorme. ¿Debo aceptar, dar la batalla por perdida, vivir y cuidar de mi familia? ¿Debo ser valiente y morir por los germans que como yo han creído que podríamos haber construido un mundo mejor? Tengo la sensación de que tome la decisión que tome, no habrá vuelta atrás. Necesito estar solo – dijo recostándose de nuevo en la cama.
Isabel se levantó en silencio, se colocó de nuevo el vestido y se dispuso a abandonar la habitación. Pero pronunció una frase antes de cerrar la puerta por fuera levantando la vista y clavando con intensidad sus preciosos ojos verdes en los de su marido.
-          Recuerda que el cementerio está lleno de valientes.
En la soledad de su habitación Vicent experimentó un cúmulo de sensaciones encontradas. Cuánto le dolía en aquellos momentos la traición de la ciudad que le había acogido como maestre velluter en su llegada desde Segorbe hacía algunos años. Él que había entregado su alma y su energía a aquella maravillosa utopía de la que con tan acertadas palabras hablaba el peraire Joan Llorenç:
-          Las comunidades pequeñas crecen por la concordia y las grandes por la discordia se destrozan, se aniquilan y pierden. Nuestro fundamento es la hermandad, la Germania entre todos nuestros miembros evitará la discordia y juntos podremos plantar cara a los abusos a los que el pueblo se ve sometido por los caballeros. Vemos en ellos la costumbre que tienen los puercos, que si uno gruñe, todos corren a socorrerle, lo que es muy al revés de los plebeyos, que seguimos la costumbre de los perros, que si uno llora, todos los demás perros corren a morderle. Así los caballeros siempre son muchos y poderosos mientras que nosotros tenemos poco y somos menos.
Aquella Germania era un sueño que se podía hacer realidad. Durante décadas los poderosos habían negado la representación de los menestrales en el poder municipal, dejándoles indefensos a ellos que eran verdaderos artífices de la bonanza económica del Reino. Ningún rey se atenía a razones y mucho menos Fernando II de Aragón que siempre odió a los valencianos a los que sólo quería para contribuir con dinero a su enfermizo afán de gloria y de conquista. Dios que era justo, habría expulsado del cielo al mal llamado Católico, que la única justicia divina que conocía era la de su desmesurada ambición. Había dejado el Reino de Valencia endeudado y sus mercados abiertos a la injerencia de los  extranjeros que comerciaban impunemente con sus productos de baja calidad en los mercados que deberían copar los productos de los gremios de Valencia.
Pero no. Los poderosos caballeros que respaldaban al Católico y el mismo rey, sólo ambicionaban más tierras y más poder sin importarle lo más mínimo lo que los menestrales necesitaran. Eran una simple piedra en su real zapato.
-          Muerto el Rey Fernando – decía Joan Llorenç aquella lejana mañana de 1519 mientras en sus manos sostenía un libro del franciscano Francesc d’Eixeminis del que nunca se separaba - debemos depositar nuestras esperanzas en el Rey don Carlos I. Planteémosle nuestras reivindicaciones basadas en el derecho que nos dan nuestros fueros, leyes y costumbres. El gobernador y todos los caballeros han huido como ratas asustadas de Valencia dejándonos sin socorro ante la temible y mortal epidemia de peste que nos azota sin piedad. Aprovechemos ese vacío de poder en el que nos encontramos, protejámonos de los corsarios que impiden nuestro abastecimiento de trigo y provocan hambrunas que agravan aún más si cabe la mortandad pestilente. Usemos las armas que nos entregaron para la defensa de nuestras costas y consigamos el poder que nos han negado. Cuando vuelvan encontrarán a un pueblo unido y hermano que será invencible y tendrán que aceptar la nueva realidad. El Rey lo hará y ellos, los caballeros y los jurados de la ciudad, no tendrán otro remedio.
Vicent Peris confió en las palabras de Joan Llorenç y se entregó a la Germania. Juntos crearon la Junta de los Trece, que ante la huida de los jurats de Valencia que ostentaban el poder municipal, se hizo con el gobierno de la ciudad entre las entusiastas muestras de júbilo del pueblo de Valencia que veía con esperanza la unión de todos como hermanos en pos de mejorar su mísera situación.
-          El Rey no nos apoyará – le decía Vicent a Joan en una de las sesiones de los Trece - Podéis buscar su legitimidad pero no nos apoyará. Él es uno de ellos y sólo juega con nosotros en beneficio propio ¿No os dais cuenta? Quiere convocar Cortes en nuestro Reino sin necesidad de venir a jurar nuestros Fueros o hacerlo a través de uno de sus representantes. Sólo le interesa la dignidad imperial y para ello nuestro dinero.  Los problemas y necesidades que podamos tener le son insignificantes en sus querencias universales. Tiene la misma sangre traidora y embustera de su abuelo Fernando.
-          No permitiré que habléis así del Rey nuestro señor – gritaba Joan Llorenç - La legitimización de la Germania por su parte es imprescindible. Sin ella los caballeros nos aplastarán.
-          Dadme el mando de nuestras milicias y veréis como luchan los menestrales de esta ciudad, maese Joan. No les tenemos miedo a esas cobardes y huidizas sanguijuelas que nos han abandonado a la primera oportunidad. El Virrey está en el sur reclutando tropas de mercenarios castellanos y de vasallos infieles que trabajan en las tierras de los caballeros mientras nosotros buscamos el beneplácito del Rey en estas absurdas discusiones. Ellos se preparan para la guerra y nos entretienen con embajadas, misivas y falsas promesas. Siembran la discordia maese Llorenç. ¿No era eso lo que acabaría con la Germania si no estábamos siempre unidos?
-          No podemos lanzarnos a esa guerra Vicent, jamás la podremos ganar. No tenemos armas ni recursos. Somos menestrales, no soldados.
-          Tenemos de nuestro lado a Dios ¿No constituimos acaso esta Junta de los Trece a imagen y semejanza de nuestro Señor y sus doce apóstoles? La justicia divina que proclamaba Fray Eixeminis nos guiará a la victoria frente a la injusticia de los poderosos. Nos podemos constituir en una república como las italianas. Trece son también los que gobiernan la República de Venecia que puede ser nuestro modelo marítimo comercial. O bien sigamos el ejemplo de Génova que no necesita rey para progresar ni nobles caballeros que explotan a los que trabajan con sus manos.
-          Mucho camino habría que andar para llegar a tal cosa. Primero deberíamos acabar con la amenaza de los moros en nuestras costas.
-          La culpa la tienen los moriscos que aún trabajan en los campos para los nobles. Ellos dan cobijo y ayuda a los piratas. Debemos obligarles a convertirse a la verdadera fe. Y si no, expulsémosles. A los buenos cristianos nos avergüenza que aún se rece en Valencia al dios musulmán.
Vicent recordaba perfectamente aquellas discusiones que consiguieron finalmente lo que el mismo Llorenç trataba de evitar al crear la Germania: dividirlos entre los que querían retornar al statu quo anterior y los que querían luchar hasta el final persiguiendo sus ideales de justicia popular. Los acaudalados maeses conservadores de los gremios y los colegios mayores económicamente más poderosos como el de la Seda, consideraban la aprobación real un requisito indispensable para seguir adelante en aquella aventura.
El enviado del Rey don Carlos el primero, el cardenal Adriano de Utrech, ante la embajada que la Junta de los Trece envió una vez más a Molins de Rey buscando la legitimidad de la Germania, se acogió a la posibilidad que le brindaban para ganar su favor y juró in absentia los fueros del Reino de Valencia, consiguiendo así su objetivo. Entonces les regaló más evasivas, no legitimó nada y descaradamente se decantó por los caballeros, dándole la razón a Vicent Peris y traicionando sin pudor la Germania.
La Junta de los Trece, copada ahora por menestrals conservadores atemorizados ante las posibles represalias, buscaron la rendición ante el Virrey don Diego Hurtado de Mendoza y no dudaron en utilizar para ello al Marqués de Zenete, su hermano, aquel que permaneció en Valencia durante el inicio de la Germania y parecía simpatizar con la misma. ¡Todo mentira! Su simpatía era proporcional a las deudas que tenía con los miembros de los Trece y en cuanto pudo, convenció a todos para que abandonaran la idea de un nuevo estado del poder municipal. Era muy astuto, pero su juego a dos bandas ya no valía, ya no era creíble y cuando no tuvo más remedio, por supuesto que se decantó de parte de los de su clase y del Rey, pensando que ganaría mucho más de esa forma. El Marqués nada hacía sin interés.
Y por fin los Trece decidieron defenderse enviando a sus milicias a desbaratar aquellas amenazas que se cernían sobre el Reino. Si el Rey no les aceptaba, no le necesitaban. Ese extranjero, nieto de Fernando II de Aragón de la sangre bastarda de los Trastámara, no merecía el gobierno del Reino de Valencia. Lucharían y vencerían. Un mundo mejor y más justo era posible.
Se luchó en el Norte para tratar de mantener el vínculo con los gremios hermanos de Cataluña donde se pretendía extender la Germania pero fueron derrotados por las tropas del Virrey, aunque aún se mantenían en el poder los Trece de Morvedre[1]. A pesar del fracaso temporal en el Norte se estableció contacto con los gremios del Reino de Mallorca donde se levantó también la Germania. Y en el Sur los éxitos eran mayores que los fracasos. Plazas importantes como Alzira eran feudo de la Germania. También Xátiva, donde Vicent había tomado el mando del asalto al castillo tras la muerte del capitán nombrado por los Trece de Valencia, consiguiendo su primera gran victoria y convirtiéndose en uno de los soldados más valerosos y aguerridos. Respetado por sus hombres. Temido por sus enemigos.
Vicent Peris, convertido en líder de las tropas agermanadas del sur, capitaneó a los suyos frente al Virrey en la gran victoria de Gandía. Aquel día estaba convencido que nada ni nadie podría detenerles. Pudo entrar en la plaza y darse el gusto de ver huir a todo un Virrey ante su sola presencia. Intentó llevar a cabo su proyecto, creando otra Junta de los Trece en Gandía, bautizando forzosamente a los moros, expulsando a los castellanos y repartiendo las tierras entre los más pobres.
Orihuela
Pero el Virrey y sus hombres se reagruparon en Orihuela con la ayuda de las tropas murcianas del marqués de los Velez. No podía permitir que se reorganizaran y que continuaran alistando mercenarios. Debían partir hacia su encuentro y así lo hicieron. Pero entonces la fortuna les abandonó. El mal tiempo impidió la marcha agrupada de las tropas hacia Orihuela y Vicent que llevaba consigo la artillería que tan útil se mostró en Gandía para desbaratar la fuerza de la caballería del Virrey, hubo de retrasarse por el barro que impedía el avance de los carros que la transportaban. Y aquello fue decisivo. El grueso de las tropas agermanadas empapadas, desorientadas y desorganizadas, llegaron a la vista de la villa de Orihuela. Diego Hurtado de Mendoza aprovechó la situación y cargó con saña contra los agermanados destrozándoles con la fuerza de su caballería. El temor y el desorden provocaron la huida y el caos, aprovechado por las tropas del Virrey para desbaratar aquella milicia que tan dura derrota les había infligido días atrás en Gandía. Más de dos mil agermanados perdieron la vida en la batalla más decisiva de esta guerra.
Enterado Peris de aquello hubo de dar media vuelta a toda prisa para embarcar hacia el Norte y salvar así la poca artillería que le quedaba. Se refugió en Xátiva donde trató de rehacer una milicia que pudiera hacer frente de nuevo al Virrey. Pero entonces empezaron las traiciones y las deserciones.
Cierto era que todos ellos eran trabajadores y no soldados. Una guerra larga agotaba sus recursos y minaba su moral. Pero aquello no era justificación para la traición de la ciudad de Valencia, que abandonó la Germanía de la mano de los conservadores y de la perniciosa influencia del marqués de Zenete ¡Qué personaje más miserable!
La noche ya estaba avanzada cuando Isabel entró de nuevo en la habitación y rápidamente se metió en la cama junto a su marido. Le abrazó y sin palabras se acurrucó a su lado. Aquello le apartó de sus pensamientos. El cuerpo de su mujer y el cansancio de la jornada hicieron que Vicent cayera rendido en los brazos de Morfeo.


Iglesia de Sto. Tomás en Valencia
Rodrigo Hurtado de Mendoza, marqués de Zenete, esperaba desde el amanecer en compañía del gobernador Luís de Cabanilles y de otras personas a su servicio, entre las que se encontraba Jaume Ballester, el mensajero que el Marqués había enviado a Vicent Peris la noche anterior, citándole desde el amanecer y hasta el rezo del Angelus allí mismo. En la puerta de la Iglesia de Santo Tomás donde se encontraban, estaban apostados los dieciséis alabarderos que constituían su guardia personal y que le avisarían ante cualquier novedad. Los dedos del Marqués repiqueteaban nerviosos sobre el reposabrazos de su silla mientras que Cabanilles, más impaciente aún, andaba de un lado al otro de la sacristía donde se habían acomodado, con las manos en la espalda. La crispación se podía explicar únicamente contemplando su rictus facial.
-          ¡Debemos acabar con esto de una vez por todas, Rodrigo! No podemos permitir que Peris campe a sus anchas en la ciudad. Es muy peligroso. Podría reavivar la Germania y nos ha costado mucho que las aguas vuelvan a su cauce. La Junta de los Trece está copada por los conservadores y están dispuestos a volver al sistema anterior ¡Lo tenemos todo a favor! ¡Ahora o nunca! Soy el gobernador. Ayúdame y en unas horas le podré devolver la ciudad a tu hermano el Virrey.
-          He dado mi palabra y no hay más que hablar Luis. Debemos ser prudentes e intentar que no haya un baño de sangre. Muchos de los conservadores aún tienen fe en la Germania y aunque no crean en la república que pretende Vicent, no ven con tan buenos ojos una acción armada contra los suyos. Debemos ser más astutos. Esperaremos un poco más. La oferta es buena y Peris no la dejara pasar.
Uno de los alabarderos se presentó en la puerta de la sacristía. Peris seguía sin aparecer y además traía un mensaje de uno de sus hombres que estaba apostado en la muralla de la ciudad. Un buen número de campesinos provenientes de toda la huerta de los alrededores de Valencia se estaban concentrando en la puerta de la Mar. Un tal Bertomeu Martí les había convocado para aquella mañana y pretendían entrar en la ciudad.  
-          Bertomeu es el líder de los labradores. Es gran amigo de Vicent – le dijo Jaume Ballester al Marqués – Ayer mismo estaba en la casa de Peris cuando fui a llevar el mensaje. Es posible que hayan decidido resistir y busquen ayuda.
El de Zenete tenía la mirada fija en el suelo de la sacristía mientras con la mano derecha se acariciaba suavemente la barba. Su astucia era proverbial y todos los allí presentes le conocían lo suficiente para saber que, en esos mismos instantes, su cabeza estaba en plena ebullición tratando de buscar una solución a aquel entuerto. Podía ceder a las peticiones del gobernador Cabanilles y apresar a Peris con los soldados de los que disponía, pero aquello podría suponer el espaldarazo a una nueva reacción de los gremios para defender a uno de sus más carismáticos líderes. Era un arma de doble filo y por lo tanto, debía ser la solución última. No. Lo mejor era que Peris aceptara su oferta pero sinceramente dudaba que así fuera.
Castell de Xàtiva
Ya conocía el Marqués el carácter de Peris y su fuerte determinación, sobre todo después del encuentro en el castillo de Xátiva, donde fue a ofrecerles una rápida y pacífica solución al conflicto. Se lo tomó como un insulto, una deshonrosa oferta de capitulación, como si la Junta de los Trece de la ciudad de Valencia a la que el de Zenete representaba, les hubieran traicionado. La rabia afloró a los ojos de Vicent aquel día súbitamente y a punto estuvo de matarle allí mismo. Finalmente los Trece de Xátiva se lo impidieron y aunque aceptaron que fuera apresado, bien es cierto que en cuanto Vicent abandonó el castillo para regresar al cap i casal[2], no pusieron grandes problemas en liberarle y dejarle retornar a Valencia.
El tiempo pasaba y cada vez era más evidente que Peris no aparecería. El sol se acercaba a su cénit y la hora límite estaba a punto de cumplirse. De pronto el Marqués levantó la vista y de su expresión se deducía que había encontrado una posible solución.
-          Jaume, ve a casa de Peris y averigua por qué no ha venido. De ese modo ganaremos un poco de tiempo. Tú Cabanilles, como gobernador de la ciudad mandarás congregar a todos los gremios en la puerta de la Seu[3]. Les dirás que acudan con sus armas para reducir a Peris que se niega a obedecer las órdenes de un oficial del Rey y que debemos reducirlo a la obediencia debida.
-          Pero ¿por qué congregarlos a todos? ¡Es una locura! – gritó Cabanilles fuera de sí - Podrían volverse contra nosotros. Será peor el remedio que la enfermedad.
-          ¡No entiendes nada estúpido incompetente! Nosotros no podemos mandar a nuestros soldados por las buenas para prender a un menestral que acaba de ser absuelto del delito de traición hace pocos días. Deben ser los mismos gremios los que vean en Peris, uno de los suyos, a alguien peligroso y fuera de lugar. Debemos hacer ver a los gremios que la única solución es volver a la situación anterior, que todo está perdido. Necesitamos algo que consiga este efecto. Un revulsivo que haga que ellos mismos se vuelvan contra Peris y nos lo entreguen en bandeja de plata.
En aquel momento, Jaume Ballester volvió a entrar en la sacristía de regreso de casa de Vicent Peris. Con él venían dos labradores moderados, Cardona y Sancho, que le habían acompañado para tratar de convencer también a Bertomeu, pero había resultado del todo imposible.
-          Peris me ha dicho que no tenía ninguna intención de enfrentarse al Rey ni a sus oficiales, pero que no se fiaba de estos últimos ya que, según tenía entendido, el Rey no sabía nada de lo que el Marqués de Zenete hacía en la ciudad y por tanto no se fiaba de sus embaucadoras ofertas. La palabra del Marqués no representan al Rey y por tanto, no se fía de la veracidad de la misma.
-          ¡Quiere ganar tiempo! Seguro que espera refuerzos de Xátiva y Alzira – intervino Cardona – Y Bertomeu está organizando a los labradores.
-          Está bien. Debemos actuar. Gobernador, convoca a los gremios. Jaume, llama un correo y dile que venga. Esto se solucionará hoy sea como sea.
Mientras el Marqués se colocaba la capa y se alisaba la ropa, García de Alvarado, correo muy conocido por todos en la ciudad, se presentó ante el Marqués.
-          García, parte inmediatamente a todo galope por la puerta de Quart embozado y procurando que nadiesin que nadie te vea, pero no te alejes demasiado. Escóndete y ensúciate la ropa, que parezca que vienes lleno de polvo a todo galope. Cambia de caballo para no despertar sospechas y moja al animal para qué parezca sudoroso y agotado. Cuando escuches las campanas del Miguelete sonar convocando a los gremios, entra en la ciudad a galope tendido haciéndote ver y llegando a la plaza de la Seu, grita a los cuatro vientos la noticia de que Xátiva ha sido tomada por las tropas del Virrey y que todo está perdido para la Germania. Grita hasta quedarte sin voz. Yo haré el resto.
Poco tiempo después y ante la llamada de las campanas de la torre de la Seu a la que los valencianos llamaban Micalet[4] por el nombre de la campana mayor llamada Miquel, cerca de cinco mil menestrales y labradores se congregaron en la plaza en muy poco tiempo, ansiosos y nerviosos ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos en la ciudad. También como convocantes estaban el gobernador Cabanilles y el Marqués de Zenete tras haber abandonado la iglesia de Santo Tomás donde infructuosamente habían esperado a Vicent Peris, dispuestos a dirigirse a los allí presentes, aunque se dilataban sus palabras sin motivo aparente. De pronto un correo entró a todo galope en la plaza gritando repetidamente con voz potente:
-          ¡El Virrey ha tomado Xátiva! ¡Todos los rebeldes han muerto! ¡La Germania está acabada!
La excitación que hubo a continuación fue aprovechada por el Marqués y cumpliendo su premeditado plan, aprovechó la coyuntura para mandar a todo el mundo hacia la casa de Peris para solicitar su rendición por las buenas o por las malas, aunque todos sabían que sería por las malas. Él mismo, don Rodrigo Hurtado de Mendoza, encabezaba la improvisada milicia menetral. Le seguía el subrogado del gobernador Manuel Exarch.
-          Manuel, manda cerrar todas las puertas de la ciudad ahora que todo el mundo está despistado. Di que es para que no huya ningún rebelde, pero mantente alerta ante la posibilidad de la llegada de refuerzos desde Alzira o Xátiva. Y no permitas que ninguno de los labradores que están concentrados fuera entre en ayuda de Peris y los suyos ¡Vamos corre!
Mientras el subrogado partía a cumplir las órdenes, don Rodrigo giró la cabeza para comprobar la medida de sus fuerzas. Detrás de él los jurados de la ciudad ya portaban con ellos la Senyera Reial, el símbolo de la ciudad otorgado por el Rey. Los líderes moderados de la ya prácticamente extinta Junta de los Trece, que siempre habían visto en el radical Peris una amenaza a sus intereses, engrosaban ls fuerzas de ataque. Y cerrando la poco amigable comitiva, a la retaguardia del grupo estaba el gobernador Cabanilles, exultantemente satisfecho. Por fin iban a acabar con aquel problema que tantos disgustos le había causado.
Al llegar a las inmediaciones de la casa de Vicent, las tropas se dividieron en dos grupos. Uno, capitaneado por el Marqués, entraría por uno de los lados de la calle Virgen de Gracia y el otro, dirigido por Cabanilles, haría lo propio desde la calle de San Vicente, para acorralar a los seguidores de Peris. Inmediatamente el Marqués ordenó el asalto y todos se lanzaron al combate sin saber muy bien cómo y por qué. Ésa era la baza que había astutamente jugado el Marqués, a quien el engaño de la supuesta y falsa caída de la ciudad de Xátiva le había funcionado a las mil maravillas.



[1] Morvedre es la actual ciudad de Sagunto.
[2] Cabeza y casa del Reino. Es una de las formas más populares con la que los valencianos se refieren a la ciudad de Valencia.
[3] Seo o catedral.
[4] El Miguelete es la torre gótica octogonal de la catedral de Valencia de aproximadamente sesenta metros de altitud.