jueves, 19 de junio de 2014

En la angustia del momento, pensé en ti, y no fui capaz de recordar tu voz. (Relato histórico)

Tras dar ayer mismo los premios, hoy empezamos a subir los relatos históricos premiados en la III edición del Concurso de Relatos Históricos y de Viajes organizado por este blog durante el presente curso escolar. Estoy convencido de que no os arrepentiréis de invertir unos minutos en leer estos estupendos trabajos literarios de vuestros compañeros. para el gusto del jurado han sido los mejores con mucha diferencia.


Y os animo a probar a escribir, a inventar historias, a desarrollar vuestra imaginación, a leer, a tener presente y viva en vuestras vidas la buena ortografía y el placer de las letras. Todo ello os llenará como personas y os enriquecerá. Hacedme caso. 

Y si queréis empezar a practicar la escritura os recomiendo uno de mis blogs paralelos, haciendo click aquí, dónde estamos desarrollando un curso de escritura creativa y donde podréis encontrar prácticas muy útiles para lanzaros a la hoja en blanco.

Hoy publicamos el relato que fue galardonado con el SEGUNDO PREMIO ex aequo de la categoria B (los relatos relacionados con el proyecto sobre el Holocausto judío que hemos desarrollado este año y que llevaba por título ARBEIT MACHT FREI)

Su autora es NURIA VALLADOLID, a la que quiero agradecer que me haya permitido publicar el relato en el blog. Espero que disfrutéis de la lectura del relato de Nuria tanto como yo lo he hecho. Aquí está.


En la angustia del momento, pensé en ti, y no fui capaz de recordar tu voz.


Sé que nunca te lo dije, pero cuando te miraba a los ojos, tenía miedo.

Miedo a perderte, miedo a no tenerte. A apagar esa luz propia que tenías, con la oscuridad que yo llevaba dentro. Miedo a arruinar la inocencia con la que me mirabas, cuando yo te decía que no entendía, cómo podías quererme.

Sé que nunca te lo dije, pero cada vez que tú sonreías, yo tenía miedo.

Miedo a ser la razón de tu felicidad, miedo a no serlo. A la posibilidad de que, mi pésimo sentido del humor, junto con mi incapacidad para apreciar lo bonito de la vida, acabarían arrebatándote tu bonita sonrisa, para después arrebatarte a ti de mi vida.

Sé que nunca te lo dije, pero tenía miedo, de tus abrazos, de tus caricias, de tus besos. De la manera en la que gesticulabas, nervioso, cuando discutíamos. De tu risa, de tu olor.

Tenía miedo de todo lo bueno que me dabas, tenía miedo de perderlo. De no saber cómo seguir adelante si te ibas, de no tener suficientes tiritas para pegarme, si alguien me rompía otra vez.

Era 9 de noviembre, o quizá 10. Pero noviembre, eso seguro. Porque yo llevaba tu chaqueta, para resguardarme del frío. Estábamos sentados en el portal de la tienda de tus padres, y yo apoyaba mi cabeza sobre tu hombro, mientras tu fumabas, y mirabas al cielo. Nunca fuiste hombre de muchas palabras, y esa era una de las cosas que me hacían sentirme tan cerca de ti. No llenabas los silencios con palabras estúpidas, porque sabías apreciar la belleza en lo que otros consideraban incómodo.

De vez en cuando comentabas lo bonitas que eran las estrellas del cielo. No como las que nos hacían llevar en las camisas. Y afirmabas, que las cosas sólo podían mejorar. Que esto era el futuro, que esto era 1938.

Y yo sonreía, pensando que no entendías muchas cosas, para ser tan inteligente.

Un ruido de pasos perturbó la calma de la noche. Pasos apresurados, que corrían hacia nosotros. Demasiados para tratarse de únicamente una persona. El viejo Benjamín, muy querido y apreciado en nuestro barrio, dobló la esquina, y empezó a gritarnos algo, con los ojos muy abiertos, y moviendo los brazos, muy nervioso, muy deprisa. El viejo Benjamín cayó al suelo, un alemán arma en mano tras él.

No recuerdo ningún otro detalle de aquella noche. Oigo gritos, huelo humo, veo luces, y siento dolor. Noto cómo tu mano suelta la mía, recuerdo cómo te busco ansiosa entre la gente, sin encontrarte. Me quedo parada, mientras algunos me empujan y me dedican palabras furiosas. Alguien me agarra del brazo y me obliga a correr, y los recuerdos se desvanecen.

Noto cómo tu mano suelta la mía, te busco ansiosa entre la gente, sin encontrarte.

Falsa alarma, sigues a mi lado. A diferencia del viejo Benjamín, o de la señora Petunia, o de cualquiera de los cientos de judíos que han muerto esta noche.

Días después seguimos recogiendo los destrozos de nuestra tienda, cuando unos alemanes nos sacan a golpes. No hace falta que recojáis más, nos dicen. Nos llevan a otra parte a vivir, nos llevan a los guetos. No es que no hubiéramos oído hablar de esta decisión antes, pero no podemos evitar que el miedo nos golpeé. Yo sigo temiendo más por tu vida que por la mía, así que me pego mucho a ti, como queriendo proteger mi territorio. Un soldado me insta a coger todo aquello que quiera llevarme conmigo. Esto es todo lo que quiero llevarme, pienso, mientras te cojo de la mano.


Nos unimos a una larga fila de judíos que caminan por el medio de la calle. Parecemos un rebaño de animales, aunque jamás he visto a un ser humano despreciar tanto a los cerdos siquiera. Hay mucha gente mirándonos desde las aceras. Algunos nos escupen, pero lo aceptamos con resignación. A nadie le quedan fuerzas para defenderse, pisoteamos la poca dignidad que nos queda con nuestros pies, de lo cerca que está ya del suelo. Es eso o morir, y, sinceramente, nunca he tenido una autoestima muy elevada. Así que qué más da, si me escupen.

Lo alemanes lo llaman Beuthen, yo lo llamo el infierno. Pero lo digo muy bajito, prefiero el infierno de mi vida, que el que me espera si me matan.

Mamá se queja mucho de lo pequeña que es nuestra casa, papá le contesta que más que en una casa pequeña, vivimos en una habitación grande. Es difícil meterlos a ellos dos y a mis cinco hermanos bajo el mismo techo sin que las discusiones se conviertan en habituales. Muchas veces daría lo que fuera por estar en cualquier otro sitio, pero el panorama que me ofrece la calle es hartamente desagradable. Y no tengo fuerzas, para ver otra vez cómo la gente come del suelo. Cómo los alemanes disparan a un niño por pura diversión, cómo los ancianos raquíticos se arrastran en busca de empleo.

Esto es el futuro, esto es 1938.

Tú trabajas mucho, y vives lejos, y nos vemos poco. Estás distante y más delgado, y ya no comentas la belleza de las estrellas. Hace semanas que mi corazón se agrieta, y me pregunto, cuánto tardará en partirse en dos. Te quejas mucho de las condiciones bajo las que vivimos, y me miras con lástima, cuando te digo, que al menos nos tenemos el uno al otro. No sabes nada de la vida, me dices, y miras a otro lado, como si te molestara mi estupidez.

Ya no gesticulas al hablar, ya no te brillan los ojos. No destilas inocencia, y te esfuerzas en llenar cualquier silencio con palabras, como si fueras uno más.

He enumerado las razones que pueden haber acarreado estos cambios.

He sacrificado noches de sueño, por intentar entender, qué han hecho contigo.

Los alemanes lo llaman Beuthen, yo lo llamo el infierno. Y lo digo muy alto, porque desprecio el infierno de mi vida, y anhelo el que me espera si me matan.

Es 1942, pero, qué más da eso.

Mamá tiene canas, y Judith ya no está entre nosotros.

Tú te has cortado tu bonito pelo rubio, y apenas es apreciable. Tus ojos han oscurecido, y tus visitas son más breves.

Hoy hace especialmente calor. Soldados alemanes han seleccionado a varios de nosotros, y nos han conducido a la plaza más grande del gueto.

Un hombre robusto pasea entre nosotros, desnudándonos con la mirada. Nos separa en dos grupos. Tu mano suelta la mía, no te han asignado conmigo.

Habéis sido seleccionados para ser trasladados a un lugar mejor, dicen. El resto de vosotros los acompañaréis más tarde.

Pero cómo va a ser un lugar mejor, si tú no estás a mi lado.

No quiero el cielo si no es contigo.


Llega un tren, y todos los que hemos sido seleccionados entramos dentro. Me susurras al oído, me acaricias como solías hacer. Estarás bien, prometes. Pronto estaremos juntos, me dices.

La puerta se cierra, y todo está oscuro. Algunas mujeres chillan. Yo no, ya nada me importa.

Sé que nunca te lo dije, pero cuando te miraba a los ojos, tenía miedo.
Miedo a perderte, miedo a no tenerte.

Sé que nunca te lo dije, pero en la angustia del momento, en la oscuridad del tren, pensé en ti, y no fui capaz de recordar tu voz.

Me mentiste descaradamente, me dijiste que estaríamos bien. Que pronto estaríamos juntos.

Sé que nunca te lo dije, pero una noche, al quitarme la camisa, me fijé en la estrella cosida en ella, y sonreí, porque tenías razón. Las del cielo son mucho más bonitas.

No sé si llegaste al campo, yo ya no estaba allí para recibirte.

Oigo gritos, huelo humo, veo luces, y siento dolor. Noto cómo tu mano suelta la mía, recuerdo cómo te busco ansiosa entre la gente, sin encontrarte.


Nuria Valladolid (4t ESO B)