martes, 24 de junio de 2014

¿He sido yo? (relato histórico GANADOR del concurso)

En la publicación de los relatos que han sido galardonados en la III edición del Concurso de Relatos Cortos Históricos y de Viajes le llega el turno a los mejores. Hasta ahora hemos publicado los segundos clasificados de la categoria A y B (históricos y de viajes y relatos del Holocausto)

Le toca el turno al relato escrito por:

ANDREA BARBERÁ de 1º de bachillerato

PRIMER PREMIO en la categoría B 
(relatos del proyecto Holocausto "AMF") 

Para otorgar este premio, el jurado tuvo muy en cuenta la originalidad del argumento utilizado por Andrea para narrar su historia, basada en el Holocausto y en la II Guerra Mundial. No quiero desvelar nada más. Sólo os invito a sumergiros en su lectura que a buen seguro os hará disfrutar.

¿He sido yo?

Una tarde de diciembre de 1940, en el salón de una de las casas del pequeño barrio alemán Schnoor de Bremen, un niño comenzaba a abrir su regalo de cumpleaños…

Aquella caja era enorme, posiblemente la más grande que había visto en ocho años. Bueno, nueve recién cumplidos. A Adam se le resistía aquel lazo rojo que sujetaba la abertura de su regalo. No cabía duda que su madre Anne,  quién había envuelto el regalo después de hacer la tarta de chocolate favorita de Adam, era una experta en cabuyería.

Después de  varios intentos fallidos, Adam consiguió deshacer aquel lazo y comprobó el interior de su regalo. El niño se llevó la mano izquierda a su cabeza despeinando su pelo rubio. Sus ojos azules se abrieron como platos a la vez que su boca, manchada por el chocolate de la tarta que Anne había preparado.

¿Cómo era posible?  Si no esperaba ese regalo hasta Navidad ¿Cómo sabían sus padres que era lo más ilusión le hacía?  Adam pensó que sus padres eran  los padres más listos que había visto en nueve años a la vez que gritó con  júbilo:

–¡Lo que yo quería, los soldaditos de juguete de la tienda del Señor Winkler!

Sus padres sonrieron orgullosos por su acierto. Emma, su hermana pequeña de seis años, se acercó a su hermano, sorprendida por el alboroto:

–A ver…–dijo cogiendo la enorme caja a la vez que se le caía al suelo produciendo un gran ruido y la furia de su hermano.
–¡Torpe!– exclamó Adam perdiendo la sonrisa de su rostro.
–Pesaba mucho… – dijo Emma rascándose su pequeña y pecosa nariz.
–¡Torpe y tonta!– continuó Adam mientras recogía su preciada caja del suelo.

Emma ofendida guiñó un ojo como pudo, frunció el ceño y sacó la lengua a su hermano. Era la cara más fea que sabía poner.  Después corrió sollozando a la cocina para contarle a su madre  lo malo que era su hermano mayor.

Adam recobró su amplia sonrisa al ver desaparecer a Emma del salón.  Se sentó en el sillón  y comenzó a sacar los soldaditos de la caja.  Los contemplaba uno a uno y pronto se dio cuenta de que habían dos tipos de soldaditos: unos rojo y otros azul grisáceo. Adam supuso que eran dos bandos diferentes. 

Un soldado rojo fue el que más llamó la atención del niño. Era más grande que los demás y parecía más robusto, llevaba el traje más bonito. Adam decidió que sería el líder de los soldados rojos y en el momento en el que iba a comenzar entusiasmado  a jugar, su madre apareció con su hermana de la mano con el pijama puesto.

–Adam, hora de irse a dormir, mañana tendrás tiempo de jugar.– dijo Anne después de bostezar suavemente.
–Está bien mamá – suspiró Adam recogiendo sus soldados uno a uno y metiéndolos en la caja. No quiso protestar pues estaba muy agradecido por su regalo.

La madre acompañó a los niños a sus dormitorios, los besó en la frente y después de desearles unas buenas noches  volvió a su dormitorio junto a su marido.

Adam ya en la cama , no dejaba de pensar en el cumpleaños , la tarta de chocolate y por su puesto su regalo, estaba feliz. Poco a poco fue durmiéndose para continuar pensando en sus soldaditos, pero esta vez  sintiéndose como uno de ellos, en el mundo de los sueños.


Una tarde después del colegio, en una de las casas del pequeño Schnoor en Bremen…

Adam se sentía cansado, los lunes siempre son agotadores , sobretodo si tienes que ir al colegio.  Normalmente cuando llega a casa está tan cansado que tan sólo  come unas chocolatinas y después se sienta a leer cuentos. Su favorito era el de Hansel y Gretel, lo leía a menudo. También le encantaba inventar historias y escribir.

Sin embargo aquella tarde las chocolatinas y los cuentos tuvieron que esperar. Lo primero que hizo Adam al llegar a casa una vez acomodado en el salón, fue abrir su caja de los soldaditos y retomar el juego interrumpido por su madre el día anterior.

Lo que Adam tenía claro es que habían dos bandos: el rojo y el azul. Como el color favorito de Adam era el rojo, el bando de este color sería el que siempre ganaría en sus juegos.

Después de haber alineado enfrentados ambos bandos, el niño tomó el soldado rojo más grande y lo puso a la cabeza de su bando. Adam estaba preparado para empezar a jugar.

Esa misma tarde, en esa misma casa de Bremen, muy cerca de dónde Adam jugaba…

Anne preparaba la cena, una cena de la cuál probablemente sus hijos se quejarían horas más tarde. Sopa de coliflor.

Anne sonreía. Desde la cocina oía a su hijo emitir una serie de ruidos : “¡Pum pum pum!” y de frases: “¡No os saldréis con la vuestra!” “¡Ahhhhh!” Que demostraban el gran acierto de regalarle a su hijo aquellos soldaditos. Por lo menos se olvidaría de aquella absurda idea de ser algún día escritor. Últimamente en Alemania, no era un oficio bien visto… Anne se sentía satisfecha.

Esa misma tarde, en una habitación cercana a dónde Anne preparaba su famosa sopa de coliflor…

Adam había terminado su primera batalla. Victoria del bando rojo. Ahora sólo quedaba hacer presos y castigar a los soldados azules.  Adam cogió un pelotón de soldados azules y los metió en una caja negra cercana a la chimenea del salón. A otros los enterró en un lugar del jardín. 

Cuando el niño volvió satisfecho al salón creyendo que había terminado con los soldados azules, se dio cuenta de que el más pequeño  de ellos permanecía manteniéndose en pie en la alfombra. Adam  lo cogió y lo golpeó contra el suelo. Sobretodo en los pies , ¿A caso creía que lo  había despistado por ser el más pequeño de todos? Una vez castigó a ese pequeño soldado, recogió a todos los soldados rojos y se los llevó a su dormitorio. Pasaría la noche con ellos. Pero antes…

–¡Niños a cenar!– exclamó la madre mientras ponía la sopa de coliflor en la mesa.

Adam puso la mejor cara de espanto que sabía poner.  Sin duda , los soldados azules no habían sufrido un peor castigo que el que sufrirían las papilas gustativas de Adam.

 
Esa misma tarde, en un lugar de Polonia…

Un pelotón con uniformes andrajosos de rayas azules se dirigían apáticos hacia una construcción oscura de la cuál chimeneas expulsaban humo sin cesar.  Mientras entraban en la cámara de gas todos suponían su futuro próximo, mientras entraban los últimos del pelotón. Oscuridad.


En esa misma tarde , no muy lejos de aquellas cámaras de gas…

Otros prisioneros  de sentimientos embotados cavaban hoyos en la tierra, sabiendo que estaban cavando su propia tumba. Después de ser fusilados por los guardias, quedaron enterrados en el hoyo, que horas atrás habían comenzado a cavar.

Cerca de allí un grupo de  guardias arrastraban a un muchacho de doce años al que habían obligado permanecer en posición firme varias horas y a trabajar a la intemperie , bajo la nieve, con los pies desnudos porque no quedaban zapatos en el almacén.  Se le habían congelado los dedos de los pies  y el médico procedió a arrancarle los negros muñones gangrenados con unas tenazas uno a uno.

Durante unos años  en  una de las casitas del barrio Schnoor en Bremen…

Nuevos días y con los días , meses y años. Adam iba creciendo al igual que su ejército de soldaditos. Las cajas de soldaditos se multiplicaban conforme pasaban los años. Y las victorias del bando rojo y  los castigos de los soldados azules se repetían todos los días. Adam era un gran aficionado y disfrutaba con ello. Posiblemente la frase que más repetía el niño cada año era:

            –Papá, papá, ¿Podemos ir a la tienda del señor Winkler a ver si han traído más soldaditos?

Su padre, normalmente le obedecía, se alegraba de que se le fuera de la cabeza  aquella idea de ser escritor. Pero tampoco quería malcriar a su hijo, así que sólo le compraba los soldaditos con la condición de que se portara bien.

Durante esos años, Adam se comportó como si fuera  el hijo perfecto, lo que causó celos  a Emma.

El niño ayudaba a su madre en la compra, ordenaba su habitación e incluso le daba masajes en los pies a su padre. Emma pensó en hacer algo similar para no quedarse atrás, pero su pequeña nariz pecosa no soportaba los olorosos pies del padre.
Los padres estaban encantados, lo que provocaba que en la habitación de Adam se acumularan cajas y cajas de soldaditos rojos y azules.

Adam durante esos años había oído mucho sobre política y guerras , pero no prestaba suficiente atención. Él sólo jugaba. Sin embargo hubo un día en que Adam no oyó, sino que escuchó, y a partir de ese día todo comenzó a cambiar para el niño. Lo que no sabía Adam es que a partir de ese momento no sólo cambiaban las cosas para él, sino también para Alemania y para el mundo.

Una tarde otoñal de 1944 en una de las casas de Bremen…

El padre de Adam  hablaba con un amigo en el salón. Adam mientras ayudaba a su madre a distribuir la compra en la cocina , escuchó la conversación.

El padre del niño parecía alertado por su tono de voz. Y es que el invitado estaba contando algo aterrador:

–Hemos vivido engañados muchos años, amigo.  Verás… tengo información confidencial sobre que está pasando… Me refiero… Sobre que está llevando acabo el Führer y el partido… Muy poca gente en Alemania lo sabe.


 –¿A qué te refieres Emil?–  preguntó el padre curioso.

Emil se rascó la barbilla pensativo, buscando la manera más concisa de contar aquello que le quitaba el sueño.

–Los judíos están en campos de exterminio, se está llevando un secretismo absoluto sobre esta campaña genocida, apenas la gente sabe sobre ello, esta no es la Alemania que queríamos.

El padre de Adam se quedó boquiabierto. Ambos hombres eran antisemitas pero eso no significaba que apoyaran el exterminio judío.

–¿Pero cómo es posible?

– Han convertido los campos de concentración en industrias de la muerte. Someten a los judíos a atrocidades diarias: experimentan con ellos, los entierran, los torturan, los matan  por hambre o enfermedades, los  esclavizan, o bien los meten  en cámaras de gas…Lo importante para los guardias de las SS es exterminarlos no importa de que forma, sólo les importa que sea de forma rápida.  Los judíos están anulados cómo personas, más que nada porque no son tratados como tal. Han perdido su identidad ,en el campo de concentración son simples números. Números que siempre pierden y guardias que siempre ganan.

El padre de Adam se quedó sin palabras.

Esto último que dijo Emil,  también sorprendió al niño , que esta vez escuchaba detrás de la puerta. A Adam le recorrió un escalofrío por la espalda. Todo aquello le resultaba muy familiar… Todo lo que había explicado Emil era exactamente lo que pasaba en sus juegos de soldaditos cada día.

El niño a pesar de esa noticia continuó jugando a los soldaditos, pero estaba preocupado. A menudo  visitaba a Emil y le preguntaba si sabía algo nuevo de aquel lugar…Auschwitz.

El viejo Emil sorprendido por la insistencia del niño, le contaba lo que sabía cada semana. A Adam cada vez que visitaba al amigo de su padre, le recorrían escalofríos por la espalda. Lo que pasaba en aquel lugar era exactamente lo que pasaba en su juego.

El niño para  asegurarse de que realmente no eran sensaciones suyas, decidió dejar de jugar a los soldaditos durante un mes. Y para el asombro del niño durante ese mes Emil no recibió ninguna noticia de lo que estaba pasando, era como si de repente todo se hubiera apagado.

Adam no podía creérselo, aquello no podía estar pasando ¿Qué ocurría con aquellos soldaditos?

Como se puede imaginar, Adam es un niño, y no podía aguantar mucho más sin disfrutar de  su afición favorita. Así que continuó  jugando unos meses más , pero no de la misma forma que al principio. Mientras Adam jugaba durante esos meses  en su rostro se reflejaba la preocupación de volver a recibir noticias cada semana de Emil.

Una mañana de enero  de 1945 en una de las casas de Schnoor en Bremen…

Adam no podía soportarlo más. Su mayor afición se había convertido en una pesadilla. Ya no disfrutaba jugando a los soldaditos, sólo pensaba en todas las atrocidades que se cometían en la realidad  a raíz de su juego. Debía de hacer algo, debía parar todo aquello, pero… ¿Cómo? ¿Cómo iba a conseguir un niño acabar con el partido nazi, si ni si quiera podía el mundo?

Aquel día a Adam se le ocurrió una gran idea. Pensó que si todo lo que ocurría en su juego, ocurría después en la realidad ¿Qué pasaría si sacaba a los soldados azules de las cajas negras y los desenterraba del jardín? Tal vez dejarían de sufrir los prisioneros en la realidad.

Esto es lo que hizo el niño. Estuvo durante todo un día sacando a los soldaditos azules de sus prisiones: vació todas las cajas negras que tenía en casa y buscó por el jardín a todos los soldaditos azules que había enterrado durante estos años. Al terminar el día se hizo con muchísimos soldados azules en su habitación. Estaban todos.  Esa noche dormiría con ellos  y no con los soldados rojos.

Unos días después  Adam recibió una gran noticia gracias a una nueva visita de Emil.

El hombre  se dirigió a su casa para contar personalmente una noticia impactante: Las tropas soviéticas liberaban Auschwitz y habían salvado a los judíos del campo de concentración.

Mientras los adultos estaban admirados por la noticia, Adam detrás de la puerta escuchaba , mientras esbozaba una sonrisa orgullosa en su rostro.

Adam era consciente de que su plan no había terminado. Aún podía hacer más. Emil le había informado mucho durante estos meses sobre el tema, y el niño sabía que habían muchos más campos de concentración a parte de Auschwitz y que no sólo les ocurrían atrocidades a los judíos.

Al principio al niño se le acabaron las ideas, pues el no tenía más soldaditos azules que desenterrar o que sacar de cajas negras.

Es cierto que pensó en buscar todos los soldaditos azules de Alemania  y liberarlos de las tiendas de juguetes pero eso le llevaría mucho tiempo y muchos zapatos para recorrer el país.

Así que pensó en algo mejor. El niño se dio cuenta de que no tenía soldados azules que liberar, pero sí tenía soldados rojos.  Adam decidió que debía acabar con el problema de raíz , el problema que había causado todo aquello y que había mandado castigar a los soldaditos azules. Adam pensó en aquel soldado rojo grande  que le llamó la atención el día que abrió por su cumpleaños, su primera caja de soldaditos.

Una tarde de abril de 1945 en una de las casitas del pueblo de Bremen…

Adam se encontraba en el salón, sentado  con las piernas cruzadas en el suelo. Estaba solo en casa. Ese día por fin había tomado la decisión de terminar con todo, así que con la mano izquierda cogió el soldadito  grande y rojo, que había sido el líder del bando rojo y había conseguido la victoria en todos sus juegos. Y a  pesar de que había sido el juguete favorito de Adam  durante años, el niño se armó de valor y con la mano derecha estiró con todas sus fuerzas de la cabeza del líder del bando rojo hasta arrancarla. Después la arrojó a la chimenea. Mientras la cabeza se consumía entre las llamas, Adam sintió paz. Todo había terminado.

Esa misma tarde de abril en un búnker de Alemania…

 Adolf Hitler se suicidaba pegándose  un tiro en la parte derecha de la cabeza y su esposa Eva Braun envenenándose  con cianuro.

Adam recibió la noticia al cabo de unos días y se sintió orgulloso porque después de todo había conseguido un niño lo que no habían podido conseguir  durante estos años las potencias aliadas.  Quién pensaría que un niño alemán de Bremen  utilizando su ingenio haría fácil lo  que resultaba difícil a los demás.


Sin embargo la gente siempre halagó a las grandes potencias aliadas por la victoria contra la Alemania nazi, olvidando por un momento que mucha gente pequeña, haciendo cosas pequeñas, en muchos sitios pequeños... 

¡Son los que realmente consiguen hacer algo grande!

ANDREA BARBERÁ