lunes, 23 de junio de 2014

La alambrada del amor (relato histórico)


Hoy publicamos el relato que fue galardonado con el SEGUNDO PREMIO ex aequo de la categoria B (los relatos relacionados con el proyecto sobre el Holocausto judío que hemos desarrollado este año y que llevaba por título ARBEIT MACHT FREI)

Su autora es MARÍA  MORAGÓN, de 1º de bachillerato, a la que quiero agradecer que me haya permitido publicar el relato en el blog. Espero que disfrutéis de la lectura del relato de María. Aquí está.


La alambrada del amor

Una sinfonía de bombardeos amenizaba la noche en el gueto de Varsovia. El frío calaba sus huesos. Tiritaban.  Pero no les importaba, pues el amor que se profesaban era capaz de evadir sus miedos, sus pensamientos, sus limitaciones, su destino. Un amor puro, descubierto contra todo pronóstico. Aquella gélida noche de enero de 1942, Janina y Hans se entregaron a la pasión con más fuerza que nunca. Eran demasiado frágiles como para dejar escapar aquel sentimiento.

 
Otro día más acababa en aquel fatídico lugar. El silencio imperaba en las calles, al contrario que en las anteriores veladas, en las que el ejército alemán descargaba su ira aplacando con ataques fortuitos, inesperados por algunos. Pero aquella noche ella diferente. Aquella noche, en los recovecos del gueto de Varsovia, reinaba la paz.

En unas de estas silenciosas calles, en uno de los lugares que había establecido la población judía que allí malvivía para rezar, se encontraba Janina. Jugaba con su pequeña estrella de David cosida a su abrigo sucio y harapiento. Toda su familia rezaba por su salvación, por la de todo el pueblo judío. Es lo único que les quedaba, mantener la fe, regocijarse en la esperanza de una nueva vida. En cambio, ella meditaba. Se imaginaba un campo lleno de margaritas, sus flores favoritas. Un sol resplandeciente lucía en esa maravilla de paisaje. Con su vestido de lino azul y su sombrerito de vestir, corría sonriente, feliz, al encuentro de Abraham, su gran amigo, su gran amor. Ella nunca se lo referiría, pero él era lo suficientemente astuto como para saberlo.

Algo llamó la atención de la joven. Ella, sin percatarse al instante, dirigió la mirada hacia donde había provenido la voz. Un chico de ojos claros, brillantes aún con la caída del sol absoluta, le sonreía con cansancio, y le preguntó en un suave susurro, ya que su estado físico no le permitía alzar más la voz, qué pensaba. A Janina de repente le subieron las mariposas desde el estómago hasta la boca para pronunciar unas simples palabras:
- Nada, Abraham, sólo pensaba en lo feliz que hubiera sido fuera de este infierno.
- ¿Junto a mí, quizás? – el joven, para sorpresa de Janina, no calló todo lo que había estado sospechando todos aquellos años atrás, quizás porque él también sentía ese pinchazo en el alma cada vez que la joven le miraba.

Janina, estupefacta, intentó disimular gracias a la oscuridad de la noche que se había vuelto a ruborizar. Tantos años esperando aquel momento, y llegaba en ese instante, en esa situación infame, desequilibrada, imposible de sostener. Nunca conseguiría estar junto a él, ni aunque el joven estuviese dispuesto a ello. La fe no les salvaría. No saldrían de allí con vida. Antes de retirarse a intentar descansar en las mugrientas literas que les había proporcionado el ejército alemán, Janina volvió a dirigirle una última mirada a Abraham. Una lágrima caía por su pómulo. Sonrió y miró al cielo. El sol asomaba por el horizonte, le quedaban pocas horas de descanso, más bien ninguna. Comenzaba una nueva etapa de su vida.

Los disparos involuntarios pusieron en pie a Janina y a los suyos. Hoy tocaba retirar nieve acumulada de las calles. Sin más protección que sus manoplas deshilachadas, la joven y su hermana Joanna se dispusieron a colocarse en el lugar que les correspondería aquel día. No tenían concepción del tiempo que llevaban allí, y de cuántos días habían realizado ya esa desagradable tarea. Se arrodillaron en el suelo húmedo, y comenzaron a cavar. Con los días, sus frágiles dedos se habían acostumbrado a tamaña tarea, y el dolor cada vez era menor conforme cavaban. El frío directamente les congelaba los dedos, y carecían de sensibilidad.

Mirando fijamente al suelo, no cesaban en su tarea, y si lo hacían, un oficial de las SS les esperaba amenazante, pistola en mano, para acabar con ellas de un plumazo, y eso es lo último que querían. Con su instinto, Joanna percibió algo desde su mirada enfocada al suelo. Unas mismas botas de un oficial recorrían siempre el mismo trayecto, exactamente desde el lugar donde se encontraba hasta el de su hermana. Unos dos metros de distancia aproximadamente. Janina también se percató de aquello, y le dirigió una mirada cómplice a su hermana. Disimuladamente, alcanzó a levantar mínimamente la cabeza para intentar visualizar el rostro del hombre que les estaba amenazando con su constante ir y venir. Inmediatamente, sus miradas se cruzaron. Él no había parada de mirarla, y cuando ella lo descubrió, tampoco podía dejar de hacerlo. ¿Qué tenía aquel chico, rubio y de piel clara, que atraía tanto a Janina? Se quedaron mirándose fijamente un instante más, hasta que alguien lanzó un grito de dolor que se esfumaría pocos segundos después, y su conexión se rompió. El joven avanzó el paso hacia el lugar donde se había producido la eliminación, y Janina, dudosa, fingió que continuaba trabajando, pero lo único que hacía era escarbar en el mismo hueco de hielo que había estado escarbando durante las últimas dos o tres horas, quién sabe. Ahora era aquel oficial quien ocupaba sus pensamientos. Algo en él la había hechizado, aún siendo el enemigo. Aunque en cuestiones del amor no existen enemigos, pensaba Janina.

Durante los siguientes días, Abraham notó que Janina se encontraba distante con él, y el joven, muy a su pesar, conocía el motivo de antemano; en cambio, los días en los que les comunicaban que tocaba retirar nieve, Janina no lograba disimular su pequeño entusiasmo al saber que quizás volvería a ver a aquel oficial que le había robado una pequeña parte de su corazón con aquella mirada. Intentaba colocarse en el mismo sitio, aunque en aquel lugar lleno de nieve no se establecía el sentido de la orientación.

Una vez ya colocada junto a su hermana, lanzaba miradas furtivas para intentar visualizar su objetivo. Y allí estaba. Pareciese como si él también se encontrara en aquel lugar por obligación, y por tanto, con la obligación de permanecer en ese mismo lugar, recorriendo esos dos metros aproximados entre Joanna y ella, y con la obligación de robarle diez segundo de su profunda mirada para admirar la suya. ¿Qué le estaba pasando a Janina? Dejaba de acudir a rezar junto a los suyos, había abandonado la compañía que le ofrecía a Abraham. Ignoraba cada vez más las muertes, la destrucción. Ni ella misma era consciente, pero comenzaba a caer en la locura del amor no correspondido.

Tras varios días de tanteos y de observaciones, el apuesto oficial alemán acudía a los lugares que solía frecuentar Janina, con la excusa de realizar una inspección, y, sorprendentemente, siempre desarmado. No era su intención real acabar con alguien, sino tener la oportunidad de ver en otro lugar que no fuese las calles abarrotadas de nieve a la judía, a la joven que, a pesar de su religión y lo que ello suponía, le había encandilado hasta el punto de amarla.

Era ya noche cerrada en el gueto de Varsovia cuando, en uno de estos paseos a zona judía que solía frecuentar el oficial con el fin de “inspeccionar”, se topó de pleno con ella. De espaldas a él, se alisaba el pelo con un viejo cepillo de esparto ante un espejo medio roto ante el que no podría observarse si no fuese por una tímida vela del suelo. Vestía un fino camisón de su hermana, que le transparentaba su cuerpo ya huesudo y desnutrido. A pesar de ello, para el joven era una pieza sencilla, tímida, frágil… y hermosa. En realidad, Janina lo era.
De repente, se le escapó un pequeño estornudo que alteró levemente a la joven judía. Ésta advirtió una leve sombra asomando por el borde del espejo roto. Al principio era incapaz de reconocerla, pero poco a poco, fue vislumbrando que se trataba de él. Le dio un vuelco al corazón. Tímidamente, se giró con cuidado, y se quedó mirándolo fijamente, como habían hecho anteriormente en la retirada de la nieve. No tenía palabras. Lo tenía frente a ella, y no era capaz de formular ninguna cuestión. Sólo le observaba. Era un joven apuesto alemán, con una buena planta, alto y fornido. Al analizarlo de pies a cabeza, y con temor en el cuerpo por lo que le pudiera ocurrir, volvió a girarse hacia el espejo.
-      Vengo en son de paz – se atrevió a decir él- no temas.
Janina siguió sin pronunciar palabra, cubriéndose con sus delgados brazos el cuerpo.
       Tú eres la joven de la nieve, ¿me equivoco?
Janina tardó en contestar a esta pregunta, pero finalmente lo hizo, girándose hacia él:
-      Sí. ¿Aún llena de harapos en la nieve me reconoces ahora así?
-      Te reconocería entre todas las mujeres judías asquerosas que vivís aquí. Porque tú… eres especial.
Ese “eres especial” sorprendió a Janina, pero no por el simple hecho de que aquel hombre lo había pronunciado, sino por el tono en el que lo había hecho. Un timbre suave, como si aquel joven, que en teoría era su enemigo, quisiera ser su amigo… o quizás algo más.
-      Soy Hans. Y tú, ¿cómo te llamas pequeña?
De nuevo, Janina dudaba si contestar o no. Pero esta vez, se armó de entereza.
-      Soy Ja…

En ese preciso instante, una bomba explotó a unos cien metros de donde ellos se encontraban. Y otra, y dos más, y así sucesivamente. Janina no había logrado decirle al joven y apuesto oficial Hans su nombre. Pero no le importaba. Ahora era él quien no podía de dejar de observar su anatomía, la belleza de sus facciones, sus ojos color negro azabache. Se repitió la misma situación que cuando se encontraban en la nieve. Se sostuvieron la mirada unos instantes, instantes que ahora se habían convertido en minutos. Ninguno de ellos esperaba lo que iba a pasar en ese momento.

Aquellos bombardeos amenizaban la noche en el gueto. El frío calaba sus huesos. Tiritaban. Pero no les importaba, pues el amor que se profesaban era capaz de evadir sus miedos, sus pensamientos, sus limitaciones, su destino. Un amor puro, descubierto contra todo pronóstico. Aquella gélida noche de enero de 1942, Janina y Hans se entregaron a la pasión con más fuerza que nunca. Aquella joven judía y aquel oficial alemán no eran la pareja perfecta, pero tal vez la desesperación en aquel lugar y los sentimientos hicieron que, en aquel momento, fueran tan frágiles que no podían dejar escapar aquel impulso, aquel sentimiento.

Alguien golpeó la puerta donde se encontraban. Janina tenía sudor frío, y tiritaba aún más que antes, si cabe. Hans le prestó su chaqueta, se vistió de nuevo, y acudió al llamamiento de la puerta. Janina oía hablar alemán. Quizás habían tenido algún tipo de problema con la entrada de alimentos en el campo, o con la falta de personal de las SS. Pero en realidad, no era así. Aquella llamada significaba el principio del fin.

Hans marchó sin despedirse de Janina. Ella, obcecada y aún sorprendida por lo que acababa de acontecer en aquella habitación, comprendió que, como había sospechado, tendrían un problema grave. Se quedó de nuevo pensativa… ¿Qué diría Abraham sobre todo esto? Una infamia. Tampoco se lo diría, como tampoco haría con su amor hacia él. Pero aquello había sido tan bonito, tan especial… Janina logró recostarse sobre la chaqueta de Hans. Aún olía a él. Aquella noche, pudo dormir después de varios días sin poder hacerlo.

Con la luz del amanecer asomando por el cielo, alguien volvió a golpear la puerta. Janina dormía, así que Hans decidió entrar sin permiso. Con delicadeza, despertó a Janina de su sueño profundo. Intentaba aparentar entereza, pero su rostro pálido lo decía todo.
-      Janina, os trasladan al campo de Treblinka.

Janina, aún medio dormida, no comprendió al principio qué era eso de Treblinka, hasta que un recuerdo de una conversación con Abraham le sobrevino a la mente. En ella, el joven judío le contaba que los alemanes habían ideado un sistema de campos de exterminio para eliminar a toda su raza. De repente, Janina se puso pálida. Hans lo notó, y le dio un beso en la frente, consolándola.

-      Yo te cuidaré, pequeña… - le dijo él.

Los 160 judíos que habían malvivido durante cuatro meses en aquel mugriento gueto se encontraban ahora agolpados a la entrada del mismo, y estaban siendo clasificados por los oficiales de las SS que habían sido destinados allí. Mujeres y niños por un lado. Hombres por otro. Los trenes esperaban a la salida. Inhalar el humo negro que salía de la sala de máquinas les empezaba a asfixiar.

Janina fue clasificada junto a las demás mujeres, y Abraham aparentaba más edad de la que realmente tenía, por lo que le había clasificado con los hombres, a pesar de su evidente delgadez. Una vez más, los ojos de Abraham cautivaron a los de la joven. Tenía que aprovechar el momento. Quizás, sería la última vez que los contemplaría. Miró la estrella de David de su abrigo de nuevo, y se dispuso junto a Joanna a subir al vagón. Hans la observaba desde lejos, como ya se había acostumbrado a hacer, asimilando el destino que le esperaba a ella y a toda su familia.

Después de dos fatídicos días de viaje en aquel vagón de mala muerte, heladas de frío, las mujeres llegaron al campo de Treblinka. Cercado por densas vallas, una tropa de oficiales de las SS les esperaban con los brazos abiertos. Sonreían, aunque su sonrisa despuntaba maldad. En cambio, una sonrisa triste destacaba entre aquellas. Hans miraba con amargura aquel desembarco masivo en el que se encontraba Janina. Era tan triste y tan cruel lo que les iba a suceder… Inmediatamente, despojaron a las mujeres de sus enseres personales, y las llevaron a una sala tética donde les cortaron el pelo y las desnudaron. A continuación, las volvieron a vestir y las llevaron directamente a trabajar, como no, en la retirada de nieve que impedía el correcto funcionamiento de las vías.

Pocas horas después, llegaba un tren. Probablemente sería el tren de los hombres. Efectivamente, Janina intentó localizar con su pobre vista a Abraham, con un resultado satisfactorio, ya que lo encontró junto a su tío y a su padre, en aparente buen estado de salud. Hans, que como siempre, era incapaz de dejar de vigilar a Janina, percibió esa mirada de ternura hacia aquel joven judío, y le llenó de ira. Volvió a él ese sentimiento asesino con el que había sido educado todos aquellos años. ¿Por qué? ¿Por qué en tan poco tiempo podía comportarse así, y podía realizar cosas así por una joven judía? Estaba celoso. Celoso y rabioso de Abraham. Él se convertía ahora en su principal objetivo, por haberle robado la esperanza de salvar a Janina, ya que sabía perfectamente que ella se mantendría fiel a su familia, fiel a él, antes que marchar con un oficial nazi de pacotilla, con el que había pasado una noche de pasión, una noche de evasión de la realidad.

Hans se dirigió al joven. Janina les observó con cautela. Tenía miedo de que Hans descubriese que podía haber algo que nunca habría entre ellos, y que actuase al respecto. Abraham miró con miedo al oficial que se le acercaba. No temía la muerte, pero tampoco sería capaz de asimilar una muerte tan temprana. Al menos, querría decirle a Janina lo mucho que la quería y que la querría siempre. Se lo debía.

Hans, intentando disimular ante la mirada lejana de Janina, decidió que no actuaría de momento, y que se limitaría a encargarse de la distribución de los hombres, entre ellos Abraham. Cuando le tocó al joven judío, Hans mostró su faz más feroz y cruel. Se quedó mirándolo, pensativo, cual lobo esperando a que su presa reaccionase para acabar con ella. Abraham se mantenía firme.

Mientras, la joven continuaba e intentaba disimular su preocupación por aquella situación. Algo no marchaba bien. Han y Abraham juntos. Su gran amor, y su gran aventura, su gran muestra de desesperación. Perdida, comenzó a llorar en silencio.

De repente, un sonido de bala reinó el silencio en la entrada del campo de Treblinka. Todo el mundo consternado, pero incapaz de pronunciar ninguna palabra. En ese mismo instante, agentes de las SS se dirigían hacia las mesas de distribución. Allí, un joven judío yacía con sus ojos claros brillando más que nunca. Una bala atravesaba su frente. El autor del disparo se mantenía de pie, en estado de shock, sujetando su pistola con fuerza. ¿Había hecho eso por amor, por un verdadero amor? Aquel oficial de las SS pensaba que sí.

Unos pequeños pasos se oyeron correr hacia el lugar de los hechos. Una joven judía, delgada hasta los huesos, pero hermosa, se abalanzó hacia el joven tendido en el suelo. No podía ser. Ese no era el sueño que había estado planeando durante tantos años. Él no podía morir así. Él no podía morir. Por ella. Por su amor.

Janina se despojó de su estrella de David, incapaz de mirar a los ojos a Hans, llena de rabia y de ira, y llorando desconsoladamente ante el cuerpo ya sin vida de su amor, Abraham.

Otro disparo. Otro silencio absoluto. No, esto no era Romeo y Julieta. Esto era el culmen de la mentira, el resultado de la alambrada del amor. 

                                                    MARÍA  MORAGÓN