Relatos históricos

Sí, lo siento... Yo también escribo.

Soy otro aprendiz de escritor y ferviente lector. Mi mayor placer es abrir las hojas de un libro y perderme por ellas. He leido mucho y de todo, pero para mi inspiración he bebido de las fuentes históricas: Haefs, Pérez-Reverte, McCullough, Cristian Jacq, Jose Luis Corral, Manfredi, Falcones, Follet, Graves, Cronwell, Posteguillo, Castelló, Roa, Penadés y tantos otros maestros.

Aún no tengo ni tiempo ni espíritu para iniciar una novela.

Mis dos hijos y el que viene de camino no me lo perdonarían ahora mismo. Así que me he de conformar con los relatos históricos que un par de veces al año perpetro y presento al concurso de Hislibris y al del Museo l'Iber de los Soldaditos de Plomo.

Sólo tuve suerte una vez, la primera y quedé en tercera posición con un relato que está publicado y por ese motivo no puedo reproducir aquí. Y últimamente he vuelto a tener suerte con otro relato en el Museo l'Iber donde me han dado la Mención Especial a mi relato La Novena Sinfonía. Me han dicho que lo van a publicar, por ese motivo respetaré al concurso de IBER y esa posible publicación futura no publicándolo en mi blog al menos durante un año.

Los otros que he presentado son estos que aquí figuran. Si os apetece será un placer que los leais y dejéis opinión si os parece oportuno.

Gracias amable lector. Amenazo con seguir escribiendo.

Hay varios relatos (del más antiguo al más reciente):
  • A PUNTO DE ACABAR (sobre la Guerra Civil Española)
  • ALESIA  (sobre la más famosa de las batallas de Julio César)
  • AQUEL QUE PROTEGE AL HOMBRE  (la batalla de Gaugamela vista por Alejandro Magno de una manera... Sorprendente)
  • LA TRAICIÓN DE VALENCIA (las últimas horas de Vicent Peris, uno de los líderes de la Germania valenciana a principios del siglo XVI)

Espero que os gusten.
LA TRAICIÓN DE VALENCIA por Txema Gil.


València al s. XV
Los golpes de martillo sobre los clavos en la madera retumbaban por las estancias de toda la casa. Puertas y ventanas estaban siendo concienzudamente tapadas y reforzadas para tratar de repeler de forma desesperada el ataque que sin duda caería sobre ellos en cualquier momento. La situación había llegado al límite, no cabía la menor duda y todo el mundo estaba convencido de que el gobernador Cabanilles  y el Marqués de Zenete no soportarían más la tensión y harían valer su fuerza en cualquier momento.
 Muchos eran los que colaboraban en estos trabajos a pesar de lo avanzado de la jornada y la poca luz que quedaba. Algunas mujeres se afanaban en encender velas y lámparas de aceite, otras cocinaban algún guiso y otras consolaban a los niños tratando de que no se contagiaran del nerviosismo y la incertidumbre que reinaba en toda la casa, mientras los hombres se dedicaban a hacer acopio de piedras, picas, enseres puntiagudos y cualquier otra cosa que sirviera como arma arrojadiza o defensiva frente a lo inminente. Empezaba a apretar el frío en aquella tarde noche del dos de marzo de 1522 y es que el invierno  en Valencia aunque suave por el día como preludio de la primavera, era frío y húmedo al caer la noche.
Vicent iba de un lado a otro: hablaba con los hombres, arrimaba el hombro cuando había que cargar algún mueble o tablones, estiraba hasta desollarse las manos de la improvisada polea que habían colocado en la azotea para subir piedras que después poder arrojar, hacía carantoñas a los niños cuando se cruzaba con ellos… Disipaba sus fantasmas y sus miedos mostrando una amplia sonrisa y un ánimo envidiable, tratando de mostrar confianza a pesar de que todos sabían que su situación empezaba a ser  desesperada.
Bajó para tratar de animar a sus vecinos de la Calle Virgen de Gracia que imitaban los trabajos de su casa. Al fin y al cabo todos eran parte del gremio y el ataque, en caso de llegar, también  sería contra ellos. Todos los menestrales de la ciudad es decir, los artesanos urbanos agrupados en gremios y  que sobrevivían con el trabajo de sus manos en oficios tan diversos como los cordeleros, pelaires, tejedores, terciopeleros y muchos otros más, habían recibido a Vicent Peris, Capitàn General de las tropas Agermanadas, como un héroe hacía unos días cuando regresó desde Xátiva a Valencia para resarcir su honra y tratar de resucitar en la ciudad cabeza del Reino la traicionada Germania. Su entrada por las Torres de Serranos en loor de multitudes le hizo albergar la esperanza de que aquello pudiera hacerse de nuevo realidad. El pueblo no le abandonaría y juntos todos los menestrales recuperarían el control municipal plantándole cara al inepto gobernador  y al bastardo traidor del Marqués D. Rodrigo, hermano del Virrey Don Diego Hurtado de Mendoza. Días antes, los tres juntos habían instruido un proceso criminal en la Real Audiencia contra Vicent Peris, declarándole traidor y confiscando todos sus bienes.
 Vicent volvió a la ciudad para ponerse en manos del pueblo. Si lo tenían que procesar que lo procesasen y si lo tenían que descuartizar, que así lo hiciesen, pero él siempre había servido con absoluta lealtad al pueblo de Valencia y a ellos se debía. Pero en contra de lo que le hubiera gustado al gobernador Cabanilles, que trató infructuosamente de detenerlo con una partida de sus hombres antes de que llegara a Valencia en una escaramuza en la torre de Silla, pudo esquivar al gobernador con la ayuda de unos refuerzos venidos desde Alzira, llegando sano y salvo a la ciudad de Valencia.
El marqués de Zenete
Rodeado de los suyos, el gobernador hubo de consultar al gobierno municipal que se mostró partidario del perdón para Vicent, un indulto que evitaría tumultos y conflictos mucho más serios. Aunque en realidad era una estrategia para ganar tiempo, reunirse con el Marqués de Zenete y los agentes del Virrey en la ciudad y urdir un nuevo plan para acabar con su ascendencia entre los menestrales.
 Peris fue perdonado oficialmente el 27 de febrero de 1522 lavando su honor y el de su familia, que realmente era lo que más le importaba. A ellos era a quien Vicent había venido a proteger después de perseguir el sueño agermanado en sus luchas contra los hombres del Virrey por las tierras del sur de Valencia.
Pero desgraciadamente, en pocos días la situación había cambiado mucho. Aquellos con los que había creado la Germania, o bien habían muerto en el campo de batalla o se habían plegado a las presiones de los ricos maeses de los gremios que veían interrumpidos sus negocios por la guerra. Ahora sólo los suyos, los más allegados del gremio, las viudas y los huérfanos de sus germans muertos en el campo de batalla de Orihuela días atrás defendiendo su sueño, que ya no tenían más esperanza que vencer o morir, se aprestaban a la defensa del seguro ataque del Marqués y sus acólitos a los que llamaban los mascarats. Resistirían y con la ayuda de Dios tal vez vencerían. Aún había esperanza y eso es lo que Vicent proclamaba aquella fría noche, ya cerrada.
-Id a descansar. Atrancad bien las puertas y ventanas. No salgáis hasta el alba. La noche es aliada de los traidores y de esos hay muchos últimamente en esta ciudad. El nuevo día traerá la solución. No lo dudéis. La justicia de Dios está de nuestra parte.  Los agermanados de Xátiva y Alzira resisten con nosotros.
Vicent se recogió el último y atrancó también la puerta de su casa. Dentro estaban su mujer Isabel Navarro, sus dos hijos y un buen número de fieles agermanados. Habían establecido turnos de vigilancia en las azoteas y un sistema de alerta mutua en previsión de algún tumulto nocturno o un ataque sorpresa. De los “amigos” del de Zenete se podía esperar cualquier cosa.
Fernando el Católico
La planta baja de la casa de Vicent Peris era al mismo tiempo tienda y taller de terciopelo, en lengua vernácula llamado vellut, oficio del que era maestro desde su época segorbina y con el que se ganaba la vida. Cuando llegó a Valencia años ha, había un gran número de maestros del gremio de velluters lo que hacía difícil sacar el negocio hacia delante y conseguir buenos precios en los productos manufacturados. Muy poco a poco se hizo un sitio entre los artesanos y en la organización del gremio. Vicent Peris tenía mucha energía que mostraba en cada uno de sus intervenciones en las reuniones comunes. Esto hizo de él un líder que tuvo que animar a los suyos en una de las coyunturas más desfavorables para los valencianos de principio del siglo XV. Las hambrunas eran periódicas en un Reino tradicionalmente deficitario en trigo. El intrusismo extranjero en los mercados internos y sus nefastas consecuencias para la economía local, era facilitado por la monarquía que les permitía negociar de forma desleal con mejores precios en su territorio a cambio de cuantiosos préstamos con los cuales, pagar las campañas militares por el Mediterráneo que tan obsesionado tenía al Rey Fernando el Católico. Y además, la indeseada presencia año tras año de la temida peste, que se propagaba con facilidad en una tierra pantanosa como era la ribera del Turia haciendo auténticos estragos entre los más desfavorecidos.
Junto al taller estaba la cocina y alrededor de la mesa un buen número de fieles maestros de su gremio y de otros gremios menestrales agermanados como él, que creían en la esperanza que prometían sus proclamas. Creían en sus promesas de libertad.
-          Los menestrales hemos intentado participar en el gobierno municipal como es justo y de ley. Pero nos lo niegan una y otra vez con la connivencia del Rey –empezó diciendo Vicent a los allí reunidos- Joan Llorenç siempre creyó en que el Rey Carlos legitimaría la Junta de los Trece por las buenas y sería fiel a los fueros y leyes propias de nuestro Reino. Pero no fue así y nos vimos abocados a la guerra. Ahora, cuando la situación se complica, son nuestros propios hermanos los que nos dan la espalda. Germans, no dejad que los traidores a la Germania ganen esta batalla. He vuelto a Valencia para resucitar el espíritu de unidad de los menestrales y recuperar el control de la Junta de los Trece que ha sido copado por los ricos maestros de los colegios de arte Mayor, que han vendido la Germania al marqués de Zenete, al Virrey y a los caballeros. Creen que son como ellos y no es así. Nunca les aceptarán aunque les beneficien en estos duros momentos. Debemos resistir a la presión a la que ahora nos vemos sometidos. Y si lo hacemos, el pueblo que ahora está dubitativo, nos apoyará. Recuperaremos el control de la ciudad. Expulsaremos a los traidores y a su líder el Marqués. Le obligaremos a huir junto con el puerco de su hermano el Virrey y haremos de Valencia una república como las italianas. Si el Rey no nos quiere, nosotros tampoco le queremos a él. Usemos las armas que nos dieron para defendernos de los piratas de la Berbería que atacan impunemente nuestras costas y defendámonos con ellas de la tiranía de los poderosos. Hagamos de Valencia un foco cultural y comercial en el Mediterráneo y olvidemos a un Rey que, de tan poderoso, nos ningunea y nos ignora, negándose a venir en persona a jurar nuestros fueros, leyes y costumbres.
Adriano de Utrech recibe
a los Agermanats
A pesar de la arenga y del enérgico tono de voz que Vicent trataba de insuflar a su discurso, las dudas emergían a los ojos de los allí congregados, que habían permanecido en silencio. Pero cuando iba a continuar para tratar de sacar a los suyos de las dudas que les embargaban, una voz desde la azotea rompió el silencio.
-          Un hombre a caballo está en la entrada de la calle y se dirige hacia aquí.
-          ¿Va sólo?
-          Sí Vicent. Cuando le hemos parado nos ha dicho que trae un mensaje para ti del Marqués y del Gobernador.
-          Dejádle pasar. Veamos que nos tiene que decir.
Peris fue hacia la puerta y esperó a escuchar los cascos del caballo. Cuando se cercioró mirando por la ventana de la identidad del interlocutor que le enviaban comenzó a desatrancar la puerta. El mensajero era Jaume Ballester, del gremio de los calderers, un viejo conocido de la Junta de los Trece con los que se había iniciado esta aventura agermanada. Jaume era moderado en sus planteamientos y siempre trató con sus discursos de evitar a toda costa la guerra, pero no se opuso a la intervención armada cuando la situación se hizo insostenible ante las negativas de legitimar la Germania por parte del rey y la concentración de tropas en el Sur por parte del Virrey que amenazaban Valencia. Era alguien de fiar y además venía sólo. De todos modos el menestral, ahora improvisado centinela a las puertas de la casa de Vicent, se cercioró de que no llevara arma alguna encima. El mismo Peris le recibió en la puerta, le hizo pasar e inmediatamente después la atrancó a sus espaldas. Si tenía alguna mala intención debía saber desde el principio que de allí no saldría con vida en caso de intentar alguna treta.
-          Traigo un mensaje para Vicent Peris de parte del Marqués de Zenete y del Gobernador Cabanilles. Un mensaje que quiere evitar conflictos y problemas. Un mensaje de paz.
-          Buen emisario han enviado, pues desde siempre Jaume has defendido la paz como única alternativa. Bien yo lo sé. Y aunque nos es muy extraño escuchar que el Marqués quiere hablar de paz cuando nos ha traicionado y no ha dudado en apoyar a los nobles con los que nos hemos tenido que batir en el campo de batalla, seremos corteses contigo y escucharemos su mensaje.
-          ¿No sería mejor tratar este asunto en privado? – dijo Jaume bajando el tono de voz.
-          Nada he ocultado nunca a mis germans y nada les ocultaré jamás. Di lo que hayas venido a decir.
-          Está bien. Si es esa tu voluntad… - Jaume se aclaró brevemente la garganta y comenzó sin más dilación a transmitir su mensaje – Bien sabes que el pasado 27 de febrero quedaste absuelto de los delitos que la ciudad te imputaba como traidor y rebelde. Fueron los Trece los que impusieron su postura a la del gobernador que tenía voluntad de procesarte.
-          Podréis llamarme cualquier cosa – interrumpió Vicent, pero jamás he sido traidor al pueblo de Valencia.
Jurats de la ciutat de València
-          Y bien que lo sabemos en la Junta de los Trece y por ese mismo motivo presionamos para conseguir tu absolución como así finalmente fue. Eso Vicent, demuestra que el pueblo de Valencia te quiere y te está agradecido por todo lo que has hecho por él. Pero no nos obligues a ponernos en contra de las autoridades una vez más. Ya hicimos aquello que tú proclamabas frente a las posturas de Joan Llorenç más moderadas y que tú tanto criticabas. Nos enfrentamos con las armas a los poderosos señores para defender nuestros derechos. Pero hemos caído derrotados Vicent y la resistencia a ultranza no traerá otra cosa que el desastre.
-          Los germans de Alzira y Xativa aún resisten y nos apoyan a muerte.
-          No te equivoques Vicent. Las tropas del Virrey se acercan tras la victoria de los mascarats en Orihuela. No nos quedan hombres que enfrentar a las cada vez más numerosas fuerzas del virrey. Recibe constantes refuerzos de mercenarios castellanos que vienen en busca de dinero fácil en una campaña que ven ganada de todas todas. El contacto con Mallorca y Cataluña está cortado, pues nuestros milicianos del norte también han sido aniquilados. El Rey apoya a los mascarats y sus caballeros tienen recursos económicos para seguir contratando mercenarios. Y además los moriscos vasallos de sus tierras no tienen más remido que luchar en su bando.
-          ¡Esos cerdos infieles! Deberíamos haberlos expulsado junto con los judíos hace años. Siempre han apoyado a los piratas moros en sus ataques a nuestras tierras. Ahora también nos traicionan y se vuelven contra nosotros…
-          Tú les obligaste a la conversión forzosa en Gandía cuando derrotaste al Virrey en Vernisa. Y ellos no te lo han perdonado. Saben que si la Germania de Vicent Peris triunfa, su situación será muy débil.
-          Las tierras del Reino de Valencia serán para los buenos cristianos. Los moros deben ser expulsados definitivamente de las tierras ganadas en buena lid por la fe católica – intervino Bertomeu Martí, líder de los labradores de la huerta de Valencia que con la Germania aspiraban a mejorar sus duras condiciones de vida accediendo a los ricos campos de regadío junto a la Albufera, en propiedad y uso de los caballeros valencianos que se beneficiaban de tan fértiles tierras y para los que trabajaban los moriscos que aún permanecían en el Reino tras la conquista cristiana de Jaume I hacía ya casi 300 años.
-          La situación es delicada y no podemos hacer frente a tan poderoso enemigo. Debemos buscar una salida honrosa que evite otro baño de sangre. Ya sabes Vicent – dijo Jaume con un tono de voz conciliador – que siempre he querido evitar que nos matáramos entre nosotros. Por eso he venido hoy aquí voluntariamente, para ofrecerte un acuerdo que evite más muertes y sufrimiento. Sólo te pido que lo escuches y lo sopeses. Es un acuerdo que nos puede devolver la paz.
Vicent, ante tan sensatas palabras, tomó asiento en una silla de paja y madera e invitó con un gesto de la mano a hablar a Jaume Ballester, que breve y claramente pronunció las condiciones del acuerdo que ofrecían los mascarats de la ciudad que lideraba el de Zenete, hermano del Virrey. Se le pedía que no fuera en contra del rey ni de ninguno de sus oficiales en ningún caso. Estos últimos estaban nerviosos con su presencia en la ciudad que, suponían, tenía como objetivo reavivar la Germania y seguir enfrentando a la ciudad contra el representante del Rey. El Marqués había visto con buenos ojos el cierre del proceso iniciado contra él días atrás y pretendía que la absolución se considerase una muestra de su buena voluntad ante la situación. El de Zenete no se mostraba rencoroso por el triste episodio del castillo de Xátiva en el que Vicent le había prendido a traición cuando trataban de negociar un acuerdo ventajoso para ambas partes que pusiera fin al conflicto agermanado. Él ahora le ofrecía una salida ventajosa de la ciudad, con una galera que le esperaba en el Grao dispuesta a zarpar hacia donde él quisiera. Le podían acompañar su familia y sus más fieles sin temer nada en absoluto. Y para demostrar su generosidad, le ofrecía dos mil ducados con los que poder iniciar una nueva vida allá donde tuviera a bien establecerse. Pero todo ello con una única condición, que se presentara al día siguiente ante él y le besara la mano como símbolo de rendición y de obediencia al Rey. Si realmente a Vicent le importaba el pueblo de Valencia a quien siempre había dicho defender, sabía que su sumisión y exilio era lo mejor que ahora mismo a los valencianos les podía suceder. El Marqués no podría garantizar más su seguridad si no aceptaba estas condiciones.
-          ¿Qué garantías tengo de que todo eso que se me ofrece es real y no es una artimaña para prenderme?
-          El Marqués propone que el encuentro se realice en sagrado, es decir, en la Iglesia de Santo Tomás. Mañana desde el amanecer y hasta la hora del rezo del Angelus, el Marqués y el Gobernador os esperarán allí. Éste es mi mensaje de paz.
Dicho lo cual, Jaume se dio media vuelta y se dirigió a la salida, que fue desatrancada por un oficial del gremio que le franqueó la salida. Antes de cruzar el umbral se giró y con potente voz dijo:
-          Vicent, sé razonable y evita un baño de sangre. Los menestrales estamos cansados de tanto sufrimiento. No somos guerreros, somos artesanos. Deja que vivamos en paz.
Bertomeu el labrador se giró hacia Vicent una vez cerrada de nuevo la puerta y con tono airado dijo:
-          No estimes más la amistad del Marqués que la del pueblo que te apoya hasta la muerte. No seas tú también un traidor a la Germania. Resiste Vicent, en camino están los refuerzos de Alzira y Xátiva. Los labradores de la huerta de Valencia están contigo y mañana les he convocado para apoyarte. También hemos pedido ayuda a la Comunidad de los castellanos que también se enfrentan al Rey Don Carlos. No traiciones a tu pueblo como Judas lo hizo por una bolsa de plata.
-          Necesito un poco de soledad. Poneos cómodos o id a vuestras casas y tratad de descansar. Si decidís quedaros, mi casa es vuestra. Antes del amanecer os comunicaré mi decisión, pero ahora subiré a reflexionar. Mujer por favor, súbeme algo de comer. 
Como si todo el peso del mundo recayera sobre sus hombros, Vicent arrastró los pies hacia la escalera que daba al piso de arriba y se dirigió a su habitación. Isabel Navarro, su mujer, fue a la cocina y puso en un cuenco un poco del guiso que aún estaba caliente así como un buen vaso de vino tinto que tanto le gustaba a su marido acompañando las comidas. Al entrar en la habitación encontró a Vicent agachado sobre la jofaina y aseándose un poco. Se restregaba la cabeza con las manos como si un fuerte dolor de cabeza poseyera su mente y quisiera espantarlo masajeándose las sienes. Isabel dejó el cuenco y el vaso sobre un taburete, se puso detrás de su marido y posando las manos sobre sus hombros le condujo hasta la cama. Él se dejó hacer mientras Isabel masajeaba su espalda con sabias manos, igual que hacía cuando las jornadas del duro trabajo de velluter eran de sol a sol y Vicent le demandaba unas friegas que relajaran sus músculos.
Isabel echaba de menos a su marido, que había estado ausente durante mucho tiempo enfrascado en las guerras de la Germania contra el Virrey y ahora que Vicent se dejaba hacer quiso aprovechar la ocasión. Poco a poco, las friegas se convirtieron en certeras caricias hasta que la excitación les condujo a hacer el amor. Los dos se entregaron con la pasión y las ganas mutuas que dan muchas semanas de separación. Ninguno de los dos sabía si habría un mañana para ellos y se amaron como si el mundo fuera a acabarse ese mismo día.
Entre las serenas caricias posteriores es cuando la mayoría de las parejas aprovechan para hablar de sus sentimientos más íntimos o simplemente para expresar sus miedos e incertidumbres. Isabel tenía muchos esa noche y quiso compartirlos con su marido posiblemente en el único momento en las próximas horas en que iba a poder sincerarse con él.
-          ¿Vas a aceptar la oferta? – dijo casi en un susurro Isabel.
-          ¿Crees que debería? – contestó Vicent mientras mantenía la mirada perdida en un indeterminado punto del techo de la habitación.
-          Vicent, sé cómo eres y sé cuáles son tus ideales. Has luchado por ellos durante años y lo has dado todo. Eres un valiente y nadie más que tú sabe lo que es dejarse la piel por los demás. Hasta ahora nunca jamás me has odio decirte nada relacionado con todo esto. Siempre te he apoyado y jamás te he puesto ningún problema. Me casé contigo porque me gustaba tu forma de ser. La fuerza de tu carácter y de tus ojos me enamoraron desde el primer día que te vi. Eres el mejor marido y el mejor padre que nadie pueda imaginar. Nos acusaron de traición y regresaste para lavar nuestro honor. Y los has hecho dignamente.
-          No podía hacer otra cosa. Mi pueblo y mi familia son lo más importante de mi vida. No iba a dejar que unos sucios mentirosos deshonraran a mi mujer y a mis hijos.
-          Pero ahora te quiero pedir que recapacites. Sea cual sea tu decisión, estaremos contigo hasta el final. Bien lo sabes. Pero Vicent, ya has lavado tu honor. Piensa ahora en tu familia. Tus hijos te quieren vivo.
-          No debo traicionar a todos aquellos que han luchado junto a mi – dijo Vicent mientras miraba fijamente a los ojos de su mujer – Sé que mañana, si no acepto esa oferta vendrán a por nosotros. La angustia que siento en mi interior es enorme. ¿Debo aceptar, dar la batalla por perdida, vivir y cuidar de mi familia? ¿Debo ser valiente y morir por los germans que como yo han creído que podríamos haber construido un mundo mejor? Tengo la sensación de que tome la decisión que tome, no habrá vuelta atrás. Necesito estar solo – dijo recostándose de nuevo en la cama.
Isabel se levantó en silencio, se colocó de nuevo el vestido y se dispuso a abandonar la habitación. Pero pronunció una frase antes de cerrar la puerta por fuera levantando la vista y clavando con intensidad sus preciosos ojos verdes en los de su marido.
-          Recuerda que el cementerio está lleno de valientes.
En la soledad de su habitación Vicent experimentó un cúmulo de sensaciones encontradas. Cuánto le dolía en aquellos momentos la traición de la ciudad que le había acogido como maestre velluter en su llegada desde Segorbe hacía algunos años. Él que había entregado su alma y su energía a aquella maravillosa utopía de la que con tan acertadas palabras hablaba el peraire Joan Llorenç:
-          Las comunidades pequeñas crecen por la concordia y las grandes por la discordia se destrozan, se aniquilan y pierden. Nuestro fundamento es la hermandad, la Germania entre todos nuestros miembros evitará la discordia y juntos podremos plantar cara a los abusos a los que el pueblo se ve sometido por los caballeros. Vemos en ellos la costumbre que tienen los puercos, que si uno gruñe, todos corren a socorrerle, lo que es muy al revés de los plebeyos, que seguimos la costumbre de los perros, que si uno llora, todos los demás perros corren a morderle. Así los caballeros siempre son muchos y poderosos mientras que nosotros tenemos poco y somos menos.
Aquella Germania era un sueño que se podía hacer realidad. Durante décadas los poderosos habían negado la representación de los menestrales en el poder municipal, dejándoles indefensos a ellos que eran verdaderos artífices de la bonanza económica del Reino. Ningún rey se atenía a razones y mucho menos Fernando II de Aragón que siempre odió a los valencianos a los que sólo quería para contribuir con dinero a su enfermizo afán de gloria y de conquista. Dios que era justo, habría expulsado del cielo al mal llamado Católico, que la única justicia divina que conocía era la de su desmesurada ambición. Había dejado el Reino de Valencia endeudado y sus mercados abiertos a la injerencia de los  extranjeros que comerciaban impunemente con sus productos de baja calidad en los mercados que deberían copar los productos de los gremios de Valencia.
Pero no. Los poderosos caballeros que respaldaban al Católico y el mismo rey, sólo ambicionaban más tierras y más poder sin importarle lo más mínimo lo que los menestrales necesitaran. Eran una simple piedra en su real zapato.
-          Muerto el Rey Fernando – decía Joan Llorenç aquella lejana mañana de 1519 mientras en sus manos sostenía un libro del franciscano Francesc d’Eixeminis del que nunca se separaba - debemos depositar nuestras esperanzas en el Rey don Carlos I. Planteémosle nuestras reivindicaciones basadas en el derecho que nos dan nuestros fueros, leyes y costumbres. El gobernador y todos los caballeros han huido como ratas asustadas de Valencia dejándonos sin socorro ante la temible y mortal epidemia de peste que nos azota sin piedad. Aprovechemos ese vacío de poder en el que nos encontramos, protejámonos de los corsarios que impiden nuestro abastecimiento de trigo y provocan hambrunas que agravan aún más si cabe la mortandad pestilente. Usemos las armas que nos entregaron para la defensa de nuestras costas y consigamos el poder que nos han negado. Cuando vuelvan encontrarán a un pueblo unido y hermano que será invencible y tendrán que aceptar la nueva realidad. El Rey lo hará y ellos, los caballeros y los jurados de la ciudad, no tendrán otro remedio.
Vicent Peris confió en las palabras de Joan Llorenç y se entregó a la Germania. Juntos crearon la Junta de los Trece, que ante la huida de los jurats de Valencia que ostentaban el poder municipal, se hizo con el gobierno de la ciudad entre las entusiastas muestras de júbilo del pueblo de Valencia que veía con esperanza la unión de todos como hermanos en pos de mejorar su mísera situación.
-          El Rey no nos apoyará – le decía Vicent a Joan en una de las sesiones de los Trece - Podéis buscar su legitimidad pero no nos apoyará. Él es uno de ellos y sólo juega con nosotros en beneficio propio ¿No os dais cuenta? Quiere convocar Cortes en nuestro Reino sin necesidad de venir a jurar nuestros Fueros o hacerlo a través de uno de sus representantes. Sólo le interesa la dignidad imperial y para ello nuestro dinero.  Los problemas y necesidades que podamos tener le son insignificantes en sus querencias universales. Tiene la misma sangre traidora y embustera de su abuelo Fernando.
-          No permitiré que habléis así del Rey nuestro señor – gritaba Joan Llorenç - La legitimización de la Germania por su parte es imprescindible. Sin ella los caballeros nos aplastarán.
-          Dadme el mando de nuestras milicias y veréis como luchan los menestrales de esta ciudad, maese Joan. No les tenemos miedo a esas cobardes y huidizas sanguijuelas que nos han abandonado a la primera oportunidad. El Virrey está en el sur reclutando tropas de mercenarios castellanos y de vasallos infieles que trabajan en las tierras de los caballeros mientras nosotros buscamos el beneplácito del Rey en estas absurdas discusiones. Ellos se preparan para la guerra y nos entretienen con embajadas, misivas y falsas promesas. Siembran la discordia maese Llorenç. ¿No era eso lo que acabaría con la Germania si no estábamos siempre unidos?
-          No podemos lanzarnos a esa guerra Vicent, jamás la podremos ganar. No tenemos armas ni recursos. Somos menestrales, no soldados.
-          Tenemos de nuestro lado a Dios ¿No constituimos acaso esta Junta de los Trece a imagen y semejanza de nuestro Señor y sus doce apóstoles? La justicia divina que proclamaba Fray Eixeminis nos guiará a la victoria frente a la injusticia de los poderosos. Nos podemos constituir en una república como las italianas. Trece son también los que gobiernan la República de Venecia que puede ser nuestro modelo marítimo comercial. O bien sigamos el ejemplo de Génova que no necesita rey para progresar ni nobles caballeros que explotan a los que trabajan con sus manos.
-          Mucho camino habría que andar para llegar a tal cosa. Primero deberíamos acabar con la amenaza de los moros en nuestras costas.
-          La culpa la tienen los moriscos que aún trabajan en los campos para los nobles. Ellos dan cobijo y ayuda a los piratas. Debemos obligarles a convertirse a la verdadera fe. Y si no, expulsémosles. A los buenos cristianos nos avergüenza que aún se rece en Valencia al dios musulmán.
Vicent recordaba perfectamente aquellas discusiones que consiguieron finalmente lo que el mismo Llorenç trataba de evitar al crear la Germania: dividirlos entre los que querían retornar al statu quo anterior y los que querían luchar hasta el final persiguiendo sus ideales de justicia popular. Los acaudalados maeses conservadores de los gremios y los colegios mayores económicamente más poderosos como el de la Seda, consideraban la aprobación real un requisito indispensable para seguir adelante en aquella aventura.
El enviado del Rey don Carlos el primero, el cardenal Adriano de Utrech, ante la embajada que la Junta de los Trece envió una vez más a Molins de Rey buscando la legitimidad de la Germania, se acogió a la posibilidad que le brindaban para ganar su favor y juró in absentia los fueros del Reino de Valencia, consiguiendo así su objetivo. Entonces les regaló más evasivas, no legitimó nada y descaradamente se decantó por los caballeros, dándole la razón a Vicent Peris y traicionando sin pudor la Germania.
La Junta de los Trece, copada ahora por menestrals conservadores atemorizados ante las posibles represalias, buscaron la rendición ante el Virrey don Diego Hurtado de Mendoza y no dudaron en utilizar para ello al Marqués de Zenete, su hermano, aquel que permaneció en Valencia durante el inicio de la Germania y parecía simpatizar con la misma. ¡Todo mentira! Su simpatía era proporcional a las deudas que tenía con los miembros de los Trece y en cuanto pudo, convenció a todos para que abandonaran la idea de un nuevo estado del poder municipal. Era muy astuto, pero su juego a dos bandas ya no valía, ya no era creíble y cuando no tuvo más remedio, por supuesto que se decantó de parte de los de su clase y del Rey, pensando que ganaría mucho más de esa forma. El Marqués nada hacía sin interés.
Y por fin los Trece decidieron defenderse enviando a sus milicias a desbaratar aquellas amenazas que se cernían sobre el Reino. Si el Rey no les aceptaba, no le necesitaban. Ese extranjero, nieto de Fernando II de Aragón de la sangre bastarda de los Trastámara, no merecía el gobierno del Reino de Valencia. Lucharían y vencerían. Un mundo mejor y más justo era posible.
Se luchó en el Norte para tratar de mantener el vínculo con los gremios hermanos de Cataluña donde se pretendía extender la Germania pero fueron derrotados por las tropas del Virrey, aunque aún se mantenían en el poder los Trece de Morvedre[1]. A pesar del fracaso temporal en el Norte se estableció contacto con los gremios del Reino de Mallorca donde se levantó también la Germania. Y en el Sur los éxitos eran mayores que los fracasos. Plazas importantes como Alzira eran feudo de la Germania. También Xátiva, donde Vicent había tomado el mando del asalto al castillo tras la muerte del capitán nombrado por los Trece de Valencia, consiguiendo su primera gran victoria y convirtiéndose en uno de los soldados más valerosos y aguerridos. Respetado por sus hombres. Temido por sus enemigos.
Vicent Peris, convertido en líder de las tropas agermanadas del sur, capitaneó a los suyos frente al Virrey en la gran victoria de Gandía. Aquel día estaba convencido que nada ni nadie podría detenerles. Pudo entrar en la plaza y darse el gusto de ver huir a todo un Virrey ante su sola presencia. Intentó llevar a cabo su proyecto, creando otra Junta de los Trece en Gandía, bautizando forzosamente a los moros, expulsando a los castellanos y repartiendo las tierras entre los más pobres.
Orihuela
Pero el Virrey y sus hombres se reagruparon en Orihuela con la ayuda de las tropas murcianas del marqués de los Velez. No podía permitir que se reorganizaran y que continuaran alistando mercenarios. Debían partir hacia su encuentro y así lo hicieron. Pero entonces la fortuna les abandonó. El mal tiempo impidió la marcha agrupada de las tropas hacia Orihuela y Vicent que llevaba consigo la artillería que tan útil se mostró en Gandía para desbaratar la fuerza de la caballería del Virrey, hubo de retrasarse por el barro que impedía el avance de los carros que la transportaban. Y aquello fue decisivo. El grueso de las tropas agermanadas empapadas, desorientadas y desorganizadas, llegaron a la vista de la villa de Orihuela. Diego Hurtado de Mendoza aprovechó la situación y cargó con saña contra los agermanados destrozándoles con la fuerza de su caballería. El temor y el desorden provocaron la huida y el caos, aprovechado por las tropas del Virrey para desbaratar aquella milicia que tan dura derrota les había infligido días atrás en Gandía. Más de dos mil agermanados perdieron la vida en la batalla más decisiva de esta guerra.
Enterado Peris de aquello hubo de dar media vuelta a toda prisa para embarcar hacia el Norte y salvar así la poca artillería que le quedaba. Se refugió en Xátiva donde trató de rehacer una milicia que pudiera hacer frente de nuevo al Virrey. Pero entonces empezaron las traiciones y las deserciones.
Cierto era que todos ellos eran trabajadores y no soldados. Una guerra larga agotaba sus recursos y minaba su moral. Pero aquello no era justificación para la traición de la ciudad de Valencia, que abandonó la Germanía de la mano de los conservadores y de la perniciosa influencia del marqués de Zenete ¡Qué personaje más miserable!
La noche ya estaba avanzada cuando Isabel entró de nuevo en la habitación y rápidamente se metió en la cama junto a su marido. Le abrazó y sin palabras se acurrucó a su lado. Aquello le apartó de sus pensamientos. El cuerpo de su mujer y el cansancio de la jornada hicieron que Vicent cayera rendido en los brazos de Morfeo.


Iglesia de Sto. Tomás en Valencia
Rodrigo Hurtado de Mendoza, marqués de Zenete, esperaba desde el amanecer en compañía del gobernador Luís de Cabanilles y de otras personas a su servicio, entre las que se encontraba Jaume Ballester, el mensajero que el Marqués había enviado a Vicent Peris la noche anterior, citándole desde el amanecer y hasta el rezo del Angelus allí mismo. En la puerta de la Iglesia de Santo Tomás donde se encontraban, estaban apostados los dieciséis alabarderos que constituían su guardia personal y que le avisarían ante cualquier novedad. Los dedos del Marqués repiqueteaban nerviosos sobre el reposabrazos de su silla mientras que Cabanilles, más impaciente aún, andaba de un lado al otro de la sacristía donde se habían acomodado, con las manos en la espalda. La crispación se podía explicar únicamente contemplando su rictus facial.
-          ¡Debemos acabar con esto de una vez por todas, Rodrigo! No podemos permitir que Peris campe a sus anchas en la ciudad. Es muy peligroso. Podría reavivar la Germania y nos ha costado mucho que las aguas vuelvan a su cauce. La Junta de los Trece está copada por los conservadores y están dispuestos a volver al sistema anterior ¡Lo tenemos todo a favor! ¡Ahora o nunca! Soy el gobernador. Ayúdame y en unas horas le podré devolver la ciudad a tu hermano el Virrey.
-          He dado mi palabra y no hay más que hablar Luis. Debemos ser prudentes e intentar que no haya un baño de sangre. Muchos de los conservadores aún tienen fe en la Germania y aunque no crean en la república que pretende Vicent, no ven con tan buenos ojos una acción armada contra los suyos. Debemos ser más astutos. Esperaremos un poco más. La oferta es buena y Peris no la dejara pasar.
Uno de los alabarderos se presentó en la puerta de la sacristía. Peris seguía sin aparecer y además traía un mensaje de uno de sus hombres que estaba apostado en la muralla de la ciudad. Un buen número de campesinos provenientes de toda la huerta de los alrededores de Valencia se estaban concentrando en la puerta de la Mar. Un tal Bertomeu Martí les había convocado para aquella mañana y pretendían entrar en la ciudad.  
-          Bertomeu es el líder de los labradores. Es gran amigo de Vicent – le dijo Jaume Ballester al Marqués – Ayer mismo estaba en la casa de Peris cuando fui a llevar el mensaje. Es posible que hayan decidido resistir y busquen ayuda.
El de Zenete tenía la mirada fija en el suelo de la sacristía mientras con la mano derecha se acariciaba suavemente la barba. Su astucia era proverbial y todos los allí presentes le conocían lo suficiente para saber que, en esos mismos instantes, su cabeza estaba en plena ebullición tratando de buscar una solución a aquel entuerto. Podía ceder a las peticiones del gobernador Cabanilles y apresar a Peris con los soldados de los que disponía, pero aquello podría suponer el espaldarazo a una nueva reacción de los gremios para defender a uno de sus más carismáticos líderes. Era un arma de doble filo y por lo tanto, debía ser la solución última. No. Lo mejor era que Peris aceptara su oferta pero sinceramente dudaba que así fuera.
Castell de Xàtiva
Ya conocía el Marqués el carácter de Peris y su fuerte determinación, sobre todo después del encuentro en el castillo de Xátiva, donde fue a ofrecerles una rápida y pacífica solución al conflicto. Se lo tomó como un insulto, una deshonrosa oferta de capitulación, como si la Junta de los Trece de la ciudad de Valencia a la que el de Zenete representaba, les hubieran traicionado. La rabia afloró a los ojos de Vicent aquel día súbitamente y a punto estuvo de matarle allí mismo. Finalmente los Trece de Xátiva se lo impidieron y aunque aceptaron que fuera apresado, bien es cierto que en cuanto Vicent abandonó el castillo para regresar al cap i casal[2], no pusieron grandes problemas en liberarle y dejarle retornar a Valencia.
El tiempo pasaba y cada vez era más evidente que Peris no aparecería. El sol se acercaba a su cénit y la hora límite estaba a punto de cumplirse. De pronto el Marqués levantó la vista y de su expresión se deducía que había encontrado una posible solución.
-          Jaume, ve a casa de Peris y averigua por qué no ha venido. De ese modo ganaremos un poco de tiempo. Tú Cabanilles, como gobernador de la ciudad mandarás congregar a todos los gremios en la puerta de la Seu[3]. Les dirás que acudan con sus armas para reducir a Peris que se niega a obedecer las órdenes de un oficial del Rey y que debemos reducirlo a la obediencia debida.
-          Pero ¿por qué congregarlos a todos? ¡Es una locura! – gritó Cabanilles fuera de sí - Podrían volverse contra nosotros. Será peor el remedio que la enfermedad.
-          ¡No entiendes nada estúpido incompetente! Nosotros no podemos mandar a nuestros soldados por las buenas para prender a un menestral que acaba de ser absuelto del delito de traición hace pocos días. Deben ser los mismos gremios los que vean en Peris, uno de los suyos, a alguien peligroso y fuera de lugar. Debemos hacer ver a los gremios que la única solución es volver a la situación anterior, que todo está perdido. Necesitamos algo que consiga este efecto. Un revulsivo que haga que ellos mismos se vuelvan contra Peris y nos lo entreguen en bandeja de plata.
En aquel momento, Jaume Ballester volvió a entrar en la sacristía de regreso de casa de Vicent Peris. Con él venían dos labradores moderados, Cardona y Sancho, que le habían acompañado para tratar de convencer también a Bertomeu, pero había resultado del todo imposible.
-          Peris me ha dicho que no tenía ninguna intención de enfrentarse al Rey ni a sus oficiales, pero que no se fiaba de estos últimos ya que, según tenía entendido, el Rey no sabía nada de lo que el Marqués de Zenete hacía en la ciudad y por tanto no se fiaba de sus embaucadoras ofertas. La palabra del Marqués no representan al Rey y por tanto, no se fía de la veracidad de la misma.
-          ¡Quiere ganar tiempo! Seguro que espera refuerzos de Xátiva y Alzira – intervino Cardona – Y Bertomeu está organizando a los labradores.
-          Está bien. Debemos actuar. Gobernador, convoca a los gremios. Jaume, llama un correo y dile que venga. Esto se solucionará hoy sea como sea.
Mientras el Marqués se colocaba la capa y se alisaba la ropa, García de Alvarado, correo muy conocido por todos en la ciudad, se presentó ante el Marqués.
-          García, parte inmediatamente a todo galope por la puerta de Quart embozado y procurando que nadiesin que nadie te vea, pero no te alejes demasiado. Escóndete y ensúciate la ropa, que parezca que vienes lleno de polvo a todo galope. Cambia de caballo para no despertar sospechas y moja al animal para qué parezca sudoroso y agotado. Cuando escuches las campanas del Miguelete sonar convocando a los gremios, entra en la ciudad a galope tendido haciéndote ver y llegando a la plaza de la Seu, grita a los cuatro vientos la noticia de que Xátiva ha sido tomada por las tropas del Virrey y que todo está perdido para la Germania. Grita hasta quedarte sin voz. Yo haré el resto.
Poco tiempo después y ante la llamada de las campanas de la torre de la Seu a la que los valencianos llamaban Micalet[4] por el nombre de la campana mayor llamada Miquel, cerca de cinco mil menestrales y labradores se congregaron en la plaza en muy poco tiempo, ansiosos y nerviosos ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos en la ciudad. También como convocantes estaban el gobernador Cabanilles y el Marqués de Zenete tras haber abandonado la iglesia de Santo Tomás donde infructuosamente habían esperado a Vicent Peris, dispuestos a dirigirse a los allí presentes, aunque se dilataban sus palabras sin motivo aparente. De pronto un correo entró a todo galope en la plaza gritando repetidamente con voz potente:
-          ¡El Virrey ha tomado Xátiva! ¡Todos los rebeldes han muerto! ¡La Germania está acabada!
La excitación que hubo a continuación fue aprovechada por el Marqués y cumpliendo su premeditado plan, aprovechó la coyuntura para mandar a todo el mundo hacia la casa de Peris para solicitar su rendición por las buenas o por las malas, aunque todos sabían que sería por las malas. Él mismo, don Rodrigo Hurtado de Mendoza, encabezaba la improvisada milicia menetral. Le seguía el subrogado del gobernador Manuel Exarch.
-          Manuel, manda cerrar todas las puertas de la ciudad ahora que todo el mundo está despistado. Di que es para que no huya ningún rebelde, pero mantente alerta ante la posibilidad de la llegada de refuerzos desde Alzira o Xátiva. Y no permitas que ninguno de los labradores que están concentrados fuera entre en ayuda de Peris y los suyos ¡Vamos corre!
Mientras el subrogado partía a cumplir las órdenes, don Rodrigo giró la cabeza para comprobar la medida de sus fuerzas. Detrás de él los jurados de la ciudad ya portaban con ellos la Senyera Reial, el símbolo de la ciudad otorgado por el Rey. Los líderes moderados de la ya prácticamente extinta Junta de los Trece, que siempre habían visto en el radical Peris una amenaza a sus intereses, engrosaban ls fuerzas de ataque. Y cerrando la poco amigable comitiva, a la retaguardia del grupo estaba el gobernador Cabanilles, exultantemente satisfecho. Por fin iban a acabar con aquel problema que tantos disgustos le había causado.
Al llegar a las inmediaciones de la casa de Vicent, las tropas se dividieron en dos grupos. Uno, capitaneado por el Marqués, entraría por uno de los lados de la calle Virgen de Gracia y el otro, dirigido por Cabanilles, haría lo propio desde la calle de San Vicente, para acorralar a los seguidores de Peris. Inmediatamente el Marqués ordenó el asalto y todos se lanzaron al combate sin saber muy bien cómo y por qué. Ésa era la baza que había astutamente jugado el Marqués, a quien el engaño de la supuesta y falsa caída de la ciudad de Xátiva le había funcionado a las mil maravillas.



[1] Morvedre es la actual ciudad de Sagunto.
[2] Cabeza y casa del Reino. Es una de las formas más populares con la que los valencianos se refieren a la ciudad de Valencia.
[3] Seo o catedral.
[4] El Miguelete es la torre gótica octogonal de la catedral de Valencia de aproximadamente sesenta metros de altitud.

Desde que Jaume Ballester había abandonado la casa para averiguar los motivos por los que Vicent no había acudido a la cita, todos esperaban aquel momento. Y más aún al oír las campanadas del Micalet llamando a los gremios a reunión. Todos estaban convencidos de que el asalto era inminente y el ensordecedor ruido que poco a poco se  iba acercando hacia ellos se lo confirmó.
Los hombres se aprestaban en las calles detrás de improvisadas barricadas levantadas con cualquier elemento para impedir el paso de los caballos. Los más jóvenes amontonaban todo lo susceptible de ser arrojado en las azoteas, sumando cualquier objeto a las piedras que habían amontonado desde la noche anterior. Las manos les sudaban y los dedos se les agarrotaban de la nerviosa fuerza con que asían las piedras, ansiosos por lanzarlas contra cualquier cosa que se moviera.
-          Mujeres, escondeos en las casas. Nada os pasará.
-          Nosotras estaremos con una pica como un hombre. Lucharemos hasta el final.
Y entonces llegaron los dos grupos fuertemente armados. Cada uno por un lado de la calle. Aquella tranquila calle de Valencia se convirtió por unas horas en inusual campo de batalla. Los gritos eran ensordecedores, los cascos de los caballos atronadores, los sonidos de las piedras que caían desde los tejados eran espantosos: secos y ruidosos cuando caían sobre el suelo sin dar a nadie, sordos pero mortíferos cuando alcanzaban algún objetivo.
Y el objetivo más célebre de los lanza proyectiles de las azoteas fue el mismo Marqués, que como buen fanfarrón que era, se había expuesto en el combate de forma innecesaria, siendo alcanzado por una piedra y teniendo que retirarse del combate. Hubo de ser atendido de la herida provocada por el tremendo impacto que a punto estuvo de reventarle la cabeza. Suerte que sus reflejos le respondieron y apartó lo justo la cabeza para que impactara con su hombro no sin arañar dolorosamente su rostro. La primera sangre que regó el suelo de aquella calle de Valencia la fatídica tarde del 3 de marzo de 1522, fue la del Marqués de Zenete.
La superioridad de los atacantes en número y equipamiento era incontestable. Poco a poco, los proyectiles que mantenían a raya a los dos grupos se fueron agotando. Los defensores iban reculando y cediendo terreno, abandonando las primeras casas de la calle y concentrándose cada vez más alrededor de la casa de Peris. La pérdida de terreno era evidente pero a un gran coste de vidas. La lucha estaba siendo encarnizada. Aquello no iba a ser tan fácil como habían creído. Además, tanto asaltantes como defensores habían visto caer al Marqués de su caballo alcanzado por un proyectil, habían visto brotar su noble sangre, que no era azul. Era igual de roja que la de todos los demás. Este hecho había restado fuerza al impulso atacante inicial, reforzando la moral de los defensores que creían haber matado al de Zenete.
Cabanilles se desgañitaba parapetado tras un portón entreabierto, temeroso de ser alcanzado por un proyectil. Su cobarde naturaleza de los que mucho tienen que perder porque poco les queda ya por ganar, hizo que sin darse cuenta se quedara solo. Vicent, que se movía como pez en el agua en el combate, yendo de un lado al otro donde más apoyo se necesitaba, observó la posición del gobernador y no dudó en lanzarse a por él. En un abrir y cerrar de ojos, cubierto por los proyectiles que sus propios hijos lanzaban para distraer la atención del verdadero objetivo, Vicent dio un rodeo por las azoteas colindantes a su casa y una vez a la altura de la puerta de la casa tras la cual se protegía del combate el aterrorizado gobernador, se descolgó por la fachada y cayó a la espalda de Cabanilles. Éste, al oír el ruido se giró ojiplático y sin tiempo siquiera de parpadear, notó como el filo del cuchillo de Peris le rebanaba el gaznate con una precisión propia de un matarife experimentado. Vicent sólo se permitió unos segundos observando la cara de Cabanilles, el cerdo traidor que había tratado de matarlo en la torre de Silla cuando se dirigía a Valencia dispuesto a lavar su honor de una acusación infundada que él mismo había denunciado faltando a la verdad.
-          Mi honor no se mancha - le gritó mientras escupía sobre su cuerpo inerte que se ahogaba en su propia sangre.
Mientras Peris volvía hacia su casa entablando combate contra todo aquel que se le ponía por delante, el Marqués recuperaba poco a poco la compostura y se hacía cargo de nuevo del asalto, aunque esta vez menos expuesto a la lucha. Su reaparición fue como un soplo de aire fresco para los atacantes que respiraron aliviados al ver que no había muerto. El final de Cabanilles, aunque aún no se habían percatado, tampoco les iba a causar ningún trauma pues era un hombre impopular a más no poder.
Al volver a tener un dirección clara en sus acciones dirigidos por un hombre de experiencia, los atacantes ganaron rápidamente posiciones avanzando de forma firme y decidida hacia el objetivo final que no era otro que la casa del mismo Peris. Pero las bajas eran muchas y el combate encarnizado. Ya hacía un buen rato que sólo quedaba esa casa por tomar, pero estaba apuntalada, no había grietas en sus defensas. El asalto resultaba muy complicado y costoso.
Pero lo peor de todo era que la luz del día se estaba agotando. Si la noche caía, habría que detener el asalto. El Marqués sabía que sería muy difícil que los gremios se lanzaran a un nuevo asalto al día siguiente, después de sopesar los pros y los contras de la acción acometida. Había sabido aprovechar el efecto de su treta engañosa, pero si no se conseguía el objetivo hoy mismo, deberían ser los soldados del Rey y no los mismos menestrales los que asaltaran la casa de Peris. Y además, podría descubrirse el engaño de la falsa caída de Xátiva. Entonces los gremios, defraudados por la treta del Marqués podrían volverse en su contra.
No. Había que acabar con aquello lo más rápido posible.
-          Traed algunas teas encendidas y prendedle fuego a la casa – gritó el Marqués a los hombres más próximos a él. Haremos salir a esas ratas de su madriguera o se quemarán en su propio agujero.
Con sorprendente rapidez, las llamas se fueron apoderando de la casa por los cuatro costados, convirtiendo aquel inusual campo de batalla ahora sí, en un auténtico infierno. Las puertas y ventanas apuntaladas ahora recibían los golpes desde el interior en un desesperado intento porque el humo saliera y no les asfixiara. Los defensores sabían que aquello era el final y mansamente, comenzaron a salir. Todos ellos fueron violentamente empujados y alejados del combate que aún seguía en la parte baja a la que habían accedido algunos asaltantes y que se las estaban viendo con las mujeres que pica en mano, protegían el grupo de niños que se habían refugiado en casa de Peris. Al final consiguieron hacerles salir no sin haber matado a más de una de las madres defensoras.
Y entonces fue cuando la ventana del piso superior se abrió. Una escalera de mano se desenrolló y dos niños comenzaron a bajar. Poco después una mujer, también descendió entre toses y con mucha dificultad. Peris se asomó entre la gran cantidad de humo que  salía por la ventana y a voz en grito proclamo su rendición.
-          ¡Bajaré y me entregaré! ¡Nada hagáis a mi familia!
-          Baja, no temas – respondió el Marqués con potente voz.
Pero cuando Vicent Peris, sucio, desarmado y casi asfixiado por el humo tocó el suelo después de un penoso descenso, sobre él se abalanzaron más de veinte asaltantes enloquecidos. Le apuñalaron con saña dejando su cuerpo hecho una piltrafa. Lo arrastraron por el suelo mientras le golpeaban, pateaban, insultaban y escupían. Toda la rabia acumulada después de una dura jornada tuvo su punto culminante en aquel mismo momento.
Ante aquella escena el Marqués se dirigió hacia el lugar donde aún estaban vejando el cuerpo de Peris. Todos se apartaron y el de Zenete, con estudiada parsimonia y teatral pausa, desenvainó su espada y cuando todos se hubieron apartado al detectar su presencia, de un potente tajo separó la cabeza del cuerpo de Vicent que rodó un par de metros por el suelo. Los diez alabarderos de la guardia personal del Marqués que quedaban después de la muerte de seis de ellos en el combate, se rehicieron y formaron cual guardia de honor alrededor del Marqués que, sintiéndose observado por todos, quiso completar su actuación estelar con una condena ejemplarizante. Ante la ausencia del gobernador y del Virrey, él era la máxima autoridad de la ciudad de Valencia en aquel mismo momento.
-          Capitán Diego Ladrón de Guevara, presentaos ante mí.
El capitán de sus alabarderos se adelantó unos pasos y se puso ante el Marqués dispuesto a escuchar sus órdenes.
-          Declaramos traidor e hijo del diablo a Vicent Peris, por querer hacerse tiránicamente Señor de la ciudad de Valencia. Será considerado maldito desde ahora y hasta que transcurran al menos cuatro de sus futuras generaciones. Se confiscan todos sus bienes y los de sus cómplices. Haced también que la cabeza del traidor sea expuesta en una pica y clavada en la puerta de San Vicente de esta ciudad de Valencia, como ejemplo de lo que le pasará a todos aquellos que se opongan a su Majestad el Rey y a sus oficiales. Asimismo, que desmiembren su cuerpo. Que su brazo derecho, con el que empuñaba su arma ante los oficiales del Rey, sea enviado a la picota de la villa de Onteniente en el sur del Reino y los demás miembros sean enviados y expuestos en todas aquellas villas y poblaciones que en algún momento vieron pasar por sus calles y plazas a Vicent Peris ¡Qué sepan que ha sido de él y de sus sueños de grandeza!
-          ¿Qué hacemos con los apresados, Sr. Marqués? – preguntó otro alabardero mientras el capitán se dirigía hacia lo que quedaba del cuerpo sin vida de Peris dispuesto a hacer cumplir las órdenes del Marqués.
-          Esta misma noche y sin juicio previo, todos los que han ayudado y estado a favor del traidor se les darán garrotazos y se les ahogará hasta la muerte.
Dicho lo cual, envuelto de un sepulcral silencio sólo roto por los llantos y lamentos de los condenados que acababan de escuchar su sentencia de muerte, Don Rodrigo Hurtado de Mendoza, Marqués de Zenete, dio media vuelta, se encaramó a su caballo y seguido por una escolta de cinco de sus alabarderos puso al paso a su caballo, mientras la multitud que se había congregado para presenciar el acto final de esta tragedia comenzó a vitorearle.
Seguro de haber puesto punto y final a la Germania en la ciudad de Valencia para siempre, se dirigió hacia su magnífico palacio engullido por las sombras de un atardecer prácticamente anochecido, como la esperanza de un mundo más justo que un día soñó Vicent Peris.
FIN.
Txema Gil Sánchez
 Ciutat de València, desembre de 2011
AQUEL QUE PROTEGE AL HOMBRE por Txema Gil
 
He pestañeado y al abrir los ojos he observando que hace poco que ha amanecido. Tengo la sensación de acabar de despertarme de un sueño…
No sé el tiempo que llevo a lomos de Bucéfalo, pero es como si hubiera estado aquí subido toda la eternidad. Mi gran caballo de batalla que me acompaña desde los nueve años. Aún recuerdo el día que le vi por primera vez. Tan negro, hosco y salvaje. Pero tan bello… Aquella mancha en su frente le hacía especial. Supe que juntos cabalgaríamos y conquistaríamos el mundo. Construiré una ciudad en tu honor noble amigo.
 Mis Compañeros también cabalgan junto a mí en perfecta formación, en cuña como les dije anoche en el consejo. Mi capa ondea al viento y la espada en mi mano apunta hacia Darío, mi verdadero objetivo. Estoy cansado de luchar contra sus sátrapas como hice en Granico.
Hoy es él quien de nuevo está en el campo de batalla y su gran ejército, a pesar de superarnos en número, no me impedirá que llegue hasta su carro. No escapará como hizo en Issos. El muy cobarde abandonó la lucha cuando vio caer su ala izquierda. Le vi marcharse pero no podía hacer nada para impedirlo. Al tener la victoria asegurada fue cuando pude partir en su búsqueda. Crucé el campo de batalla abarrotado de miles de muertos y pude incluso atravesar una grieta del terreno cabalgando sobre los cuerpos inertes. Encontré su carro entre el fango del río atrapado. Había huido a lomos de su caballo. No dejaré que me lo vuelva a hacer. Iré directamente a por él esta vez.
Todo está dispuesto para ese momento que ansío con toda mi alma. Si atravieso el corazón del rey persa, mío será su imperio. Vengaré a Leónidas y a los trescientos valientes espartanos que dieron su vida por la Hélade ralentizando la marcha de los persas en su invasión y dando tiempo a que se organizaran las defensas. Recordaré a Jenofonte. Haré honor a las victorias de Maratón y Platea. Todos los descendientes de los helenos que estos medos quisieron subyugar, están entre mis tropas. Los espíritus de nuestros antepasados nos acompañan y nos exigen que cumplimentemos nuestra venganza.
La brecha abierta que ha dejado el anterior ataque de su caballería no la pienso desaprovechar. Pensé que si despistaba a Darío con ataques por los flancos concentraría su defensa en los lados y desguarnecería el centro. Y así ha sido. Además, los persas han estado alerta toda la noche. Temían un posible ataque nocturno que no he ordenado. Sus espías se han tragado el bulo que lancé. Pero mis hombres han descansado. Y además contamos con la experiencia que nos dan tantos años de campañas.
Ellos en cambio, a pesar de ser multitud, se mueven torpemente, molestándose entre sí. Han preparado el campo de batalla y lo han aplanado para acabar con nosotros. Han traído carros con hoces pero ya teníamos prevista la táctica. Flechas y una sorpresiva abertura de nuestras líneas para dejarlos pasar, para luego acabar con ellos con nuestra infantería… Estaban tan seguros de su victoria que no han pensado en lo que pasaría si por el flanco derecho les sacábamos de su teatro de operaciones. Y les va a costar muy caro no haber previsto semejante circunstancia. Hemos podido contrarrestar sus precipitados e improvisados movimientos y han caído en su propia trampa. Me han abierto una puerta que voy a traspasar hacia la victoria y hacia la gloria.
Zeus, yo soy tu hijo. Y los hijos de los dioses no pueden perder. Mis hombres lo saben y lucharán hasta el final. No queda nada atrás y no tenemos nada que temer. Nuestros nombres serán recordados toda la eternidad y los rapsodas cantarán nuestras hazañas como Homero hizo con los héroes de Troya. Nuestras gestas atravesarán la noche de los tiempos y tendrán eco en la eternidad.
Pero algo extraño ocurre… Siento que la carrera está haciéndoseme eterna y no alcanzo nunca a Darío. Si secciono la cabeza de este imperio todo entero caerá en mis manos. El galope de Bucéfalo es furibundo pero no escucho el ruido de sus patas sobre la yerma tierra de esta llanura de Gaugamela.
Aliento a mis tropas y gritó, pero mi garganta no consigue emitir ningún grito de guerra. Algo sucede y no sé muy bien lo que es.
Mi capa ondea al viento sí, pero no sopla ni una mísera pizca de brisa.
Las tropas están en sus posiciones, en perfecta formación como les he ordenado, pero nadie se mueve. Ni siquiera Darío. Todo está en calma.
Y mis ropas… ¡No tienen color! Mi torso es de un duro material y no puedo articular mis brazos ni mis piernas. No tengo dedos y Bucéfalo no puede correr. Los dioses me están convirtiendo en un ser inerte, pero sonriente…
Sí, eso es. Ya sé lo que pasa… ¡Gracias oh Zeus, por otorgarme la inmortalidad!
-              José despierta. ¡José!
-              ¡Uf! Lo siento, me he quedado transpuesto. La chiquilla no nos ha dejado dormir mucho esta noche…
-              Venga, levanta la cabeza y acaba de colocar el playmobil de Alejandro Magno. Debemos acabar con el diorama de Gaugamela de una vez por todas y aún nos quedan muchas más figuras por retocar.
-              Al final ¿cuántos playmobil pondremos?
-              He hablado con los de la organización y creen que podremos rondar los 4000 en este diorama.


-              O sea, nos quedan cien más por colocar.
-              Unos cuantos hoplitas más y completaremos las proporciones como habíamos previsto.
-              ¡Será una de las mejores recreaciones que hayamos hecho!

-              Hemos tenido que crear con resina algunos de ellos. Ya sabes que aún no han lanzado una serie de playmobils sobre Grecia. Nos hemos tenido que apañar con los romanos y los egipcios. Ya sabes. Un poquito de pintura, epoxy y masilla hacen auténticos milagros. 
-              A ver si captan el mensaje… Queremos una colección de playmobils griegos… ¡Ya! ¿Tú sabes lo chulo que quedaría en mi colección un Partenón?


EL SITIO DE ALESIA por Txema Gil
El relato está ambientado en el siglo I a.C. en la Guerra de las Galias, más en concreto, en el sitio de Alesia, lugar donde el Gran Julio César alcanzó la gloria militar eterna.

CAPÍTULO I   (Una situación desesperada)

El sitio de Alesia

A la caída de la tarde, una ráfaga de aire frío del incipiente otoño puso la piel de gallina a Vercingétorix. Desde lo alto de las murallas de Alesia, el gran jefe de los guerreros que acaudillaba a los galos observaba el horizonte, tratando de vislumbrar algún atisbo del deseado ejército de refuerzo que no acababa de llegar.
- La situación es desesperada. No quedan víveres para tanta gente. – pronunció sin más preámbulos Critognato.
- A veces pienso que jamás llegarán.- respondió el caudillo arverno.
- ¿Crees que los romanos se afanan en hacer su segunda línea de circunvalación y sus defensas por entretenimiento? No cesan de trabajar día y noche por el temor a ser atacados. Considéralo una señal de que los guerreros de auxilio están muy cerca. César lo sabe. Siente su aliento en el cogote como sentía el del rey de Bitinia en su juventud.
Vercingétorix suspiró queriendo creer en las palabras de uno de sus más respetados guerreros. La espera a veces le hacía caer en la duda y la desesperación. Hacía unos días, cuando el cerco a la ciudad aún no había sido completado por las legiones de César, que se afanaban en cerrar el sitio de la inexpugnable Alesia con una empalizada para rendirla por hambre, tomó una dura y arriesgada decisión. Aprovechando la oscuridad de una noche sin luna y jugando con la sorpresa, rompió el cerco y mandó a su caballería a pedir auxilio en todas direcciones, pues sólo tenían víveres para un mes.
Caballería gala

- Id a vuestras tribus y llamad a la guerra a todos aquellos que tengan edad para la misma. Podremos escapar de la esclavitud si derrotamos al invasor romano, porque lo que aquí se disputa es la libertad de toda la Galia.
Confiaba en que las tribus celtas y belgas no caerían en el oprobio y no les dejarían solos. Acudirían a librarles del yugo romano que se cernía sobre ellos desde hacía ya unos cuantos años.


CAPÍTULO II (La más dura de las decisiones)
El noble Critognato

Critognato rompió de nuevo sus pensamientos devolviéndole a la realidad.
- Pero de todos modos hemos de hacer algo. Debemos reaccionar. La situación mejoraría si fuéramos menos gente. Las raciones ya no son suficientes.

- Y ¿qué propones? ¿Salir a luchar? Sería un suicidio. No disponemos de caballería, marcharon a pedir ayuda. Y los romanos han rechazado nuestras escaramuzas una y otra vez. Sus defensas son muy buenas: las trampas, los fosos, la empalizada, los campamentos. Han conseguido cerrar el cerco y ahora sólo podemos esperar. – El tono en el que Vercingétorix hablaba denotaba cierta resignación.
- Hay una solución. Quiero dártela a conocer antes de que mañana la proponga en el consejo.- contestó Critognato.
- A ¿qué te refieres? Un ataque frontal sería nuestro final…
- No hablo de un ataque desesperado. Mi propuesta es otra. Debemos resistir y esperar la ayuda. Pero para ello hemos de dejar de dar comida a los que no sirvan para luchar. Es más, creo que deberíamos expulsarlos de Alesia.- dijo con firmeza y sin inmutarse.
- ¿Estás loco? ¿Pretendes que recaiga sobre mi conciencia una acción como ésa? ¿Cómo voy a expulsar a las mujeres e hijos de la tribu que nos ha acogido? Somos galos y defendemos nuestro territorio frente al invasor. No podemos expulsar de su propia casa a los mandubios.
Venta de esclavos por los romanos.

- Piénsalo bien. César es un buitre que sólo busca su beneficio personal. Les acogerá para poder venderlos después como esclavos. Es una jugada maestra. Mermaremos sus reservas alimentarias ya que tendrán que alimentar más bocas. Ellos sobrevivirán y nosotros podremos aguantar más días hasta que lleguen los refuerzos. Si el ejército que se ha juntado es tal y como suponemos, la victoria será nuestra y les podremos liberar. Hagamos que la ambición de César sea su perdición.
- César no es tan ingenuo – respondió Vercingétorix- ¿Y si no les acoge? ¿Cómo podremos soportar ver como los masacra sin nosotros hacer nada? Nuestros hombres se volverán locos de dolor.
- ¿Y no será lo mismo verlos morir de hambre entre sus brazos? Todos moriremos si seguimos así y nuestra debilidad es evidente. No podrás luchar con guerreros debilitados que no se alimentan. En cambio, si comen estarán fuertes y lucharán con más vigor. Lucharan aún más duro por liberar a sus mujeres e hijos.
- Sería mejor morir en la batalla antes que dejar en manos de César a nuestras mujeres e hijos.- dijo Vercingétorix en tono lapidario.
Critognato se dispuso a ensayar, una vez más, el discurso que había preparado para la asamblea del día siguiente, pero esta vez delante de su caudillo, tratando de buscar su apoyo y haciéndole ver que era la única solución.
- Me acusas de cruel y de cobarde por dejarlos en manos de los odiados romanos. Pero más cobardía es ofrecerse de buen grado a la muerte en una salida desesperada y sin expectativas de victoria, que sufrir con paciencia el dolor y el sufrimiento de la carestía. No es valor nuestra naturaleza guerrera y orgullosa en este caso. Es flaqueza buscar el valeroso final. ¿Cómo lucharán por liberar la Galia los que vienen en nuestro auxilio si deben combatir entre ochenta mil cadáveres de familiares y amigos? Debemos resistir y ofrecerles nuestro brazo armado cuando lleguen y entonces nuestro sacrificio habrá tenido sentido. Porque sacrificarnos por no resistir al hambre sería una acción baldía. No condenemos a toda la Galia por nuestra temeridad en busca de una muerte gloriosa. Eso sí es cobardía. El mérito no está en ser parte de la mayoría que desiste sino más bien, en ser parte de la minoría que resiste.
- Será una decisión que tome en todo caso el consejo. Tienes razón en que es más importante la causa que las personas. Y si nos hemos de sacrificar y aguantar más dolor, lo haremos. No echaremos a perder el esfuerzo de tanto tiempo en un solo día. Pero lo que propones es un hecho sin precedentes.

- No Vercingetorix, te equivocas- exclamó Critognato- Ya lo hicieron nuestros ancestros en la guerra contra los cimbros y los teutones. En nuestras mismas circunstancias saciaron el hambre con la carne de los que juzgaron inútiles para la guerra. Y aquellos salvajes germanos sólo buscaban botín. Después se marcharon a otras tierras dejándonos nuestros fueros, leyes y posesiones. Pero Roma quiere someternos y esclavizarnos para siempre. ¿Es comparable? ¿Debe ser menor nuestro sacrificio? Tomemos la experiencia de nuestros antepasados y convirtámoslo en un precepto para generaciones venideras, que verán en nosotros un ejemplo de lucha y sacrificio por amor a nuestra tierra y por amor a nuestra libertad.

Capítulo III
César deambulaba por la tienda a un lado y al otro, mientras dictaba a sus escribas. A menudo se paraba y cerraba los ojos en un intento por recordar algún dato, nombre o simplemente buscando la mejor expresión literaria para sus pensamientos. Quería cuidar el estilo de sus Comentarios sobre la Guerra de las Galias que periódicamente mandaba a Roma para que fueran publicados. Debían tener noticias de él y de sus grandes logros. El pueblo le aclamaría si regresaba triunfante, con las arcas llenas, muchas tierras conquistadas y esclavos en gran número. Sus enemigos políticos no podrían hacer nada para evitar un nuevo ascenso hacia el consulado.
Sus esfuerzos estaban dedicados a describir el sitio al que había sometido a Alesia, la ciudad de la tribu de los mandubios, la inexpugnable fortaleza situada en un promontorio en la que se había encerrado el arverno Vercingétorix junto a sus mejores guerreros. Era imposible tomar aquel oppidum. Además la anterior experiencia en Gergovia, que trató de tomar al asalto, no había resultado la mejor de las soluciones posibles y hubo de renunciar a continuar con aquella acción. Los galos lo habían tomado como una victoria, como la demostración de que la invencibilidad de César era un mito y no una realidad. ¡Idiotas! No sabían que una retirada a tiempo a menudo, es una gran victoria. Y ahora César no caería en el mismo error. Les sitiaría y les vencería por hambre. Si querían combatir que lo hicieran en campo abierto, allí donde las legiones romanas eran invencibles.
Pero César sabía que Vercingétorix no caería en la provocación. Aquel joven líder de la tribu de los arvernos, aprovechando la ausencia de César que había atravesado el Canal de la Manica y trataba de sacar algún beneficio de la conquista de la isla de Mona (que finalmente resultó ser un páramo carente de interés y con tribus muy violentas de caras pintadas de azul) había conseguido unir a las tribus galas en aquel año 701 ab urbe condita. Todo el trabajo de varios años de César, que consistía en dividir para poder vencer e imponer el poder de Roma en la Galia, se podía ir al traste. No lo iba a permitir. Alesia sería la batalla final de aquella interminable guerra.
- Repíteme las últimas frases – le dijo César a uno de sus escribas.
- “Estaba esta ciudad fundada en la cumbre de un monte muy elevado, por manera que parecía inexpugnable sino por bloqueo. Dos ríos por dos lados bañaban el pie de la montaña. Delante de la ciudad se tendía una llanura casi de tres millas a lo largo. Por todas las demás partes la ceñían de trecho en trecho varias colinas de igual altura. Debajo del muro toda la parte oriental del monte estaba cubierta de tropas de los galos, defendidos de un foso y de una cerca de seis pies en alto.”
Mientras los escribas tomaban notas, César continuó aportando datos sobre los trabajos de defensa que había ordenado realizar en torno a la ciudad, para hacer efectivo el sitio de Alesia. Con aproximadamente 60.000 hombres de los que disponía, levantó una muralla de maderas reforzadas con torres de vigía y de defensa que rodeaban la ciudad por completo en un perímetro de 15 millas. El interior de ese perímetro hasta llegar a la misma Alesia, lo llenó de trampas para evitar la salida del ejército de Vercingétorix, que había molestado los trabajos de fortificación con continuas escaramuzas. Una noche antes de finalizar los trabajos y de culminar el cerco, los galos consiguieron que su caballería huyera, sin duda para pedir auxilio.
Una vez el gato encerrado, César sabía que venía de camino un ejército enorme y tenía que cubrirse las espaldas y por ese motivo construyó un nuevo perímetro exterior de 21 millas dejando un espacio de poco más de un estadio entre el perímetro interior y exterior, para maniobrar en caso de ataque y poder ubicar los 23 campamentos de su caballería y sus legionarios.
El exterior del perímetro lo llenó a su vez de trampas: fosase rellenos del agua de los dos ríos que circunvalaban Alesia y fosos sin agua, los stimuli que eran puntas de madera endurecidas al fuego y enterradas en el suelo, los cippi que eran agujeros con ramas afiladas en el fondo, y también empalizadas, muros, torres, etc. La superioridad de la ingeniería romana quedaría bien patente. Ésa era su fuerza frente al mayor número de galos.
Tito Labieno, legado de César.
CAPÍTULO IV
Los cascos de un caballo que llegaba a todo galope rompieron la concentración de César, que en ese mismo instante supo que había alguna novedad. El legado Tito Labieno, uno de los hombres de mayor confianza, irrumpió en la tienda de César y sin más explicación espetó:
- Tienes que venir a ver esto César - dicho lo cual, dio media vuelta y salió.
Era Labieno un hombre más bien parco en palabras. Procuraba decir las cosas justas y necesarias, pero la gravedad con que pronunció aquella frase, unido a la mirada imperiosa de sus ojos, hicieron que César le siguiera sin demandar ninguna otra explicación. Bien ganada tenía Labieno la confianza de su general a lo largo de toda aquella campaña.
Subió la empalizada interior que daba a la ciudad de Alesia seguido muy de cerca por César. En lo alto de la misma Labieno señaló con el dedo mientras dijo:
- Hace unos instantes vimos como se abrían las puertas, pero nadie salía. Recibida la voz de alarma, nos preparábamos para repeler una nueva escaramuza, pero… Observa. No van armados y son… ¡Mujeres, ancianos y niños! Calculo que de momento, habrá ya al menos dos o tres millares.
Reconstrucción figurada de Alesia en un cómic.

Durante unos instantes y ante sus atentas miradas, las puertas permanecieron abiertas dejando salir a una multitud llorosa, que acompañaba sus llantos de gritos y súplicas hacia sus propias murallas. Las mujeres aferraban contra sus secos pechos a los bebés. Los enclenques niños agarraban las túnicas de sus madres. Los ancianos y tullidos caminaban desconcertados y temerosos hacia las defensas de los romanos de las que cada vez estaban más cerca. Finalmente, las puertas de Alesia se cerraron dejando a sus pies una muchedumbre desnutrida e indefensa.
- ¿Qué pretenden César? Entregan a la esclavitud a sus mujeres e hijos sin luchar. ¿Qué clase de pueblo es éste?
- Pretenden ahorrar víveres y ganar tiempo. Deben estar muy seguros de que vendrá un ejército de socorro si realizan semejante sacrificio.
- Más esclavos para Roma- dijo el legado mientras la codicia asomaba a su mirada.
- No Labieno. Eso es lo que ellos esperan de nosotros, que pensando en nuestra propia fortuna, les esclavicemos. Pero a un esclavo le debemos dar de comer y no tenemos víveres para semejante multitud. Nos debilitaría. Es un regalo que no podemos aceptar. No de momento.
Torres vigía de Alesia

Mandó a los vigías mantenerse alerta e informarle de cualquier movimiento en las puertas de la ciudad, mientras se observaba claramente como la gente se agrupaba y comenzaba a descender por la colina hacia las defensas romanas, en una tétrica procesión de seres desnutridos y desarrapados. César, antes de retirarse de nuevo a su tienda, dio la orden de no permitir que ninguno de los expulsados de Alesia fuera admitido en el perímetro de seguridad entre las dos líneas defensivas y de que no se les dieran víveres de ningún tipo, bajo pena de muerte, aunque nadie en aquel ejército se atrevía a desobedecer una orden de su general. No se solía cuestionar las decisiones fueran de la naturaleza que fueran. Tal era la fe y confianza ciega de todos los legionarios que César tenía bajo su mando.
Galo moribundo

Durante toda aquella noche los lamentos de mujeres y niños hambrientos, que habían llegado a las primeras defensas romanas y que no se atrevían a franquear, conocedores de las múltiples trampas que los romanos habían preparado y escondido en el terreno, martillearon los oídos de los centinelas. No hacía falta entender la lengua de los galos para saber que lo que demandaban era comida y que estaban dispuestos a entregar a cambio a sus hijos, condenándolos a una esclavitud segura, con tal de poder salvarlos. Pero la orden se mantuvo y César no se apiadó de aquella desafortunada multitud. Comprendieron que su destino había sido trazado y que no era otro más que la muerte lenta y dolorosa que provoca la inanición. Poco a poco volvieron a subir colina arriba, refugiándose a los pies de las murallas de su propia ciudad.

La eterna espera ( ALESIA cap. V )

Galos en asamblea agrupados en torno a Vercingetórix. (de la película Druidas)

Las primeras luces del alba asomaban por el este. El silencio en el interior de la fortaleza denotaba que el ambiente estaba muy enrarecido. La asamblea de guerreros escuchó a Critognato y tras una larga discusión, había tomado aquella decisión sin un gran convencimiento, habiendo incluso valorado la antropofagia como una opción, tal era su hambre y desesperación.
Por un lado, todos los galos encerrados en Alesia eran conscientes de que aquel sacrificio era necesario en aras de la victoria definitiva contra los romanos. Pero por otra parte, todos tenían el corazón encogido. Habían traicionado la hospitalidad y la confianza de los mandubios, que les habían acogido en aquella vital necesidad de protección, poniendo a su disposición los inexpugnables muros de Alesia.
Confiaban en Vercingétorix y en la llegada de las fuerzas de socorro. Confiaban en que aquella treta, aquella decisión extrema que tomaron sus jefes en asamblea aliviaría sus sufrimientos. Pero la reacción de los romanos de no querer acogerlos les sorprendió. Habían confiado en que la codicia haría que los romanos acogieran como un regalo destinado a la esclavitud a aquellas personas y les dieran de comer, salvándoles así la vida. Pero no había sido así.

Campos de Alesia en la actualidad.

Ahora aquellos inocentes seres se acurrucaban los unos junto a los otros en grandes grupos, en una sinfonía de gritos desesperados y llantos que se clavaban como ardientes estacas en lo más profundo de sus corazones. Las miradas perdidas se volvían hacia los muros de Alesia buscando la comprensión o el auxilio del padre, del esposo, del hijo o del hermano, Pero no llegaba. Por más que las mujeres gritaran, nadie las amparaba. Ni a ellas ni a sus hijos que poco a poco languidecían en sus brazos. Y finalmente, la resignación dio paso al silencio.
Pasó otro día y llegó la noche. Aquella fue una noche eterna. Aunque las luces del alba de un nuevo día vinieron acompañadas de algo que iba a cambiar el ánimo de las gentes de Alesia.

El ejército galo de refuerzo (ALESIA cap. VI)

Poco a poco, muy poco a poco, comenzó a escucharse un sonido que les llenó de esperanza. Al principio, solo fue un leve rumor, un temblor, que no consiguió despertarlos del letargo en el que habían caído tras la experiencia vivida aquella última jornada. Pero aquel rumor se convirtió en un sonido que retumbaba cada vez con más fuerza. La tierra, ahora sí, comenzaba a temblar y a lo lejos, empezaron a escucharse gritos de guerra bien conocidos por los galos. Por fin, el ejército de socorro estaba llegando. La salvación estaba muy cerca. Pronto arrasarían a los romanos y aquella pesadilla habría acabado.
Todos los guerreros de Alesia se asomaron a las murallas para tratar de vislumbrar la multitud que creían adivinar. Las tribus mezcladas se abrazaban emocionadas y con lágrimas en los ojos, trataban de convertir aquel sonido en una imagen real, pero no veían nada aún.
Tras varias falsas alarmas, finalmente comenzaron a ver las primeras unidades de caballería. A la vista de Alesia, aquella masa de guerreros galos, la mayor horda que jamás hubieran visto los tiempos, gritaba enfervorecida mientras evaluaba con la mirada, seguros de poder acabar con ellas, aquello que el enemigo les había preparado: las imponentes defensas que César había creado en el sitio de Alesia. El ejército fue acampando en una amplia explanada al suroeste de la ciudad, a una prudente distancia, sin duda esperando la llegada del total de sus efectivos para poder iniciar así el ataque definitivo.
En lo alto de las murallas de Alesia, los jefes galos observaban al imponente ejército que estaba llegando en su auxilio sin poder contener su entusiasmo.
- Nuestras plegarias han sido escuchadas – le dijo Vercingétorix a Dadérax, el jefe de los mandubios – Tu pueblo se salvará y con él toda la Galia.
- No deben atacar enseguida. Las trampas de César… No saben que están ahí. Debemos avisarles- exclamó Biturgo, otro de los líderes galos que allí se encontraba.
- Salgamos y ataquemos también. César deberá defenderse por dos flancos. Eso les debilitará- propuso Critognato.
- Pero la empalizada interior también está repleta de trampas… - recordó Dadérax.
- Hagamos acopio de material y preparemos la salida. En el mismo momento en que inicien su ataque, atacaremos nosotros también -ordenó Vercingétorix- Deben saber que estamos bien y que les apoyaremos desde esta parte del sitio. Atacando y saliendo de Alesia les haremos ver que sus esfuerzos junto a los nuestros, nos harán libres. Será el fin de César y el inicio de una Galia fuerte y unida.

El campamento romano (ALESIA cap. VII)

Marco Valerio Flaco, legionario de la Legio XII Fulminata, estaba encaramado a lo más alto de una de las torres de defensa del lado noroeste desde antes del amanecer. Sus enormes orejas de soplillo, que habían provocado que sus compañeros le otorgaran el cognomen de Flaccus, habían sido las primeras en percibir lo que ahora era un ruido ensordecedor. Con las primeras luces del alba, aparecieron las primeras unidades de caballería que iban saliendo de entre los árboles. La frondosidad dificultaba la visión masiva de aquel ejército, pero el ruido ensordecedor de los caballos al chocar sus cascos contra la tierra y el temblor que se sentía, no era nada halagüeño.
Flaco tenía una privilegiada posición pues la zona que su campamento defendía al noroeste de la ciudad, era en realidad el punto más débil de las defensas exteriores romanas. El terreno era muy rocoso y estaba en los márgenes del río, junto a los primeros promontorios del Monte Rea. El desnivel del terreno y la dificultad orográfica había impedido que se hicieran las trampas que sí estaban presentes en el resto de sistema defensivo romano. Y eso podía convertir aquel punto en el talón de Aquiles del sitio, en la brecha por la que se colara la marea gala. Pero eso los galos no lo podían saber. No al menos de momento.

La tensa espera (ALESIA cap. VIII)

Poco a poco, decenas de miles de galos a caballo salieron de entre los árboles y comenzaron a llenar la llanura que se extendía en el lado sur de las defensas romanas. La visión de la ingente cantidad de guerreros galos a caballo, apretados unos contra los otros, propiciaban una imagen espectacular y aterradora. Flaco nunca había visto nada igual. Era incapaz de calcular el número de enemigos, pero era evidente que les superaban muy ampliamente. ¿Sería suficiente el entramado defensivo de César? Al menos en aquella zona donde él estaba, no lo creía. Durante todo el día, no dejaron de llegar más guerreros galos, esta vez a pie. Pero se limitaron a acampar a una prudente distancia de las fortificaciones. Todo el lado sur de Alesia era como un campo de trigo a punto de ser segado, pero no eran espigas, sino galos los que lo poblaban.
César, ataviado con su capa escarlata de general que le hacía reconocible para todos sus legionarios, estuvo durante todo el día cabalgando a lomos de su caballo de guerra de un lado a otro, dando órdenes a diestro y siniestro, encaramándose a lo más alto de las torres para observar los movimientos. Se acercaba a sus hombres. Les apoyaba, les llamaba por sus nombres, que recordaba con su prodigiosa memoria, les enrabietaba… Todos sabían que llegado el momento, en el campo de batalla, lucharía como el primero y asumiría riesgos como el que más. Aún recordaba Marco Flaco cómo, en una emboscada sorpresa de los nervios en la campaña contra los belgas, cuando el terror se apoderó de todo el mundo y la situación parecía sin solución, César había desenfundado su gladius, colocándose en primera línea de batalla y mostrando un valor encomiable, insuflando moral a todos los que junto a él luchaban. Fue la X legión, siempre la Décima, la que primero respondió a su general y juntos, ganaron aquella batalla. Flaco y todos los demás, seguirían a aquel hombre hasta las puertas del Averno si él se lo pidiera. César era el primero de los legionarios y al mismo tiempo era uno más.
Pero el día fue languideciendo y los galos se limitaron a acampar. Aquella noche de permanente alerta nadie durmió en el campamento de Flaco. Se redoblaron las guardias y cualquier pequeño ruido era motivo de alarma. Desde la torre, Flaco podía observar los pequeños fuegos de los galos que formaban un fantasmagórico horizonte que se confundía con el cielo estrellado. La incertidumbre le reconcomía las entrañas. Hubiera sido preferible luchar de inmediato que soportar aquella espera. Los relinchos de los caballos, el temblor del suelo iniciado por la mañana que no cesaba y los sonidos de las canciones de los galos rompían la tensión de la noche.
-Deben estar muy seguros de que mañana nos aplastarán y por eso están tan contentos – había dicho uno de los relevos cuyo nombre no conseguía recordar. Para los nombres, Flaco no era cómo César.

Preparados para el combate (ALESIA cap. IX)

Apenas asomaron los primeros rayos de luz que pusieron fin a aquella inquietante espera, lo que Flaco vio ante si le dejó sin habla. Frente a Alesia había una increíble multitud. Si el día anterior había sido incapaz de calcular el número de enemigos, ahora tenía la sensación de que la cantidad se había triplicado. En un rápido cálculo mental y sabiendo como sabía que ellos eran alrededor de sesenta mil hombres, Flaco pensó que aquel contingente galo les podría perfectamente cuadruplicar en número… Eso hacía un total de… ¡Doscientos cuarenta mil galos! Abandonando aquel angustioso pensamiento, Flaco comprobó como todos los hombres disponibles estaban en sus puestos, armados y preparados para el inminente choque, confiados en que al menos en un principio el arduo trabajo de fortificación que se había alargado durante cinco extenuantes semanas, se mostrara efectivo. Y así transcurrieron las primeras horas del día, en aquel clima de tensión, observando los movimientos de los galos en su campamento, viendo como aún llegaban las últimas unidades galas más rezagadas. Preparado para luchar, Flaco se sorprendió de que nada más pasara, de que no se iniciara la batalla. ¿A qué esperaban aquellos bárbaros?

De pronto, cuando el sol estaba en lo más alto del cielo, los tres campamentos de la caballería romana que estaban situados frente al nuevo campamento galo en la amplia llanura sur, abrieron sus puertas y liderados por Cayo Trebonio y Marco Antonio, salieron  al encuentro de los galos. Flaco se sorprendió en un primer momento de la osadía de aquellas tropas que se lanzaban a la batalla, en una acción a priori suicida. Aunque tras un breve instante, sus labios dibujaron una media sonrisa que mostraba la complicidad con la decisión de su general.
-Es muy propio de César. No puede aguantar más la incertidumbre. Prefiere atacar con rapidez y no dejarles madurar una táctica. El que golpea primero, golpea dos veces -dijo Flaco en voz alta reafirmando el pensamiento de otros muchos que le rodeaban.
-No creo que choquen contra los galos. Sería una insensatez. Darán la vuelta. Tal vez quiera provocarlos y atraerlos hacia nuestras defensas. Ellos no saben que nuestras trampas están ahí. – exclamó uno de sus compañeros en respuesta.
Los únicos campamentos que sobresalían de la línea defensiva romana eran los de caballería. Se había previsto no minarlo en exceso para poder hacer salidas en caso de necesidad y éste era uno de esos casos. Los galos, no se precipitaron pero si reaccionaron con rapidez. Montaron y se prepararon para repeler el ataque. Mientras, unidades de infantería armadas con arcos y proyectiles de todo tipo tomaron posiciones y comenzaron a castigar la primera línea de jinetes romanos. La continua aportación a la lucha de jinetes galos que comenzaron a concentrarse en el campo de batalla como una manada de lobos hambrientos acechando a la presa, unida a la lluvia de flechas y proyectiles, pararon la carga de la caballería romana ante la satisfacción de los galos y el temor de los romanos. Fueron unos eternos instantes de lento retroceso que Flaco y todos los demás romanos encaramados a las empalizadas, observaron con el corazón en un puño, con la impotencia de aquel que observa sin poder hacer nada.
Pero Tito Labieno, al mando de la caballería germana que servía a César, reagrupó unos centenares de hombres y cargó por un flanco con un increíble empuje, haciendo retroceder a los galos que se apiñaron contra la gran cantidad de jinetes que no podían acceder al combate por falta de espacio y que lo observaban desde la retaguardia, dificultando la maniobrabilidad y molestándose mutuamente. Éste movimiento dejó al descubierto a los arqueros galos que habían avanzado a pie y que habían castigado duramente con sus proyectiles a los romanos. Ahora, totalmente desguarnecidos y en tierra de nadie, fueron aniquilados por los germanos con certera presteza, desbaratando aquella amenaza.
Pero de pronto alguien desvió la atención de lo que sucedía en la llanura:
-          Mirad, las puertas de Alesia se han abierto.
Con extraña lentitud, los guerreros sitiados iniciaron un descenso hacia las defensas romanas cargados de todo tipo de objetos. Sacos de tierra, escalas, maderos y muchas más indefinibles materiales. Más que un ejército parecían una unidad de zapadores, pensó Flaco.
-Quieren neutralizar nuestras trampas. Les costará días con ese material y a esa velocidad.- dijeron desde la torre.
-No debemos preocuparnos de momento. Antes morirán ensartados que llegarán a la empalizada- contestó Flaco.
 La salida de Vercingétorix parecía más un mensaje para los suyos que una acción en si misma efectiva. Rápidamente los ojos de todos los legionarios abandonaron con desinterés los trabajos de neutralización del primero de los fosos defensivos con los que habían chocado las fuerzas de Alesia y volvieron al choque entre las caballerías en el perímetro exterior. A pesar de su momentánea inactividad bélica, estaban dispuesto a combatir llegado el momento, que no dudaban que llegaría más bien pronto que tarde.
El resto de la jornada transcurrió sin que el resultado de la batalla se decantara por nadie. Los galos, era evidente, se molestaban mutuamente debido a la gran cantidad de combatientes en un espacio tan reducido, mientras que los romanos jugaban la baza de la movilidad para atacar por diferentes flancos y no presentar un frente sólido en el que el enemigo pudiera golpear con todas sus fuerzas. Y con la caída de las luces se produjo la calma. La caballería romana volvió a sus campamentos mientras que los galos, enrabietados por no haber podido demostrar su superioridad y ansiosos de acabar con todo aquello, se lamieron las heridas que el espectacular trabajo bien hecho de las fuerzas mandadas por Tito Labieno, habían provocado. Por su parte, Vercingétorix, se refugió de nuevo en Alesia sin cruzarse con los expulsados mandubios que se habían alejado lo máximo posible del fragor de la batalla por temor y ni siquiera habían intentado acceder a la ciudad en ausencia de las tropas.
Las escasas raciones de la noche se repartieron entre los legionarios aceleradamente mientras se comentaban los acontecimientos acaecidos aquel día. Alguien comentó que sería otra tensa espera, de ojos y oídos muy abiertos.
-Eso a ti no te costará mucho Flaco, con esos orejones… -dijo el centurión provocando la carcajada general, incluida la del propio Flaco, que ya tenía muy asumido aquello. El ánimo y el humor entre las tropas había mejorado mucho después del relativo éxito de la caballería y esa broma era buena muestra de ello, pero nadie quería confiarse. Allí enfrente aún quedaba una masa enorme de combatientes dispuestos a rebanar el cuello a cada uno de ellos.
-Esta noche no hay relevos y todo el mundo en sus puestos, armado y atento. Son las órdenes de César –proclamó a voz en grito el legado Rebilio recién llegado desde el puesto de mando situado en la base del monte Flavino.
Pero aquella noche no hubo ocasión de esperar. Con un ensordecedor alarido provocado por millares de gargantas,  dio inicio un  nuevo asalto. Amparados por la oscuridad de la noche, los galos habían atravesado la llanura y se habían lanzado sobre los romanos. Flaco se estremeció ante el grito de guerra inicial de tantísimas gargantas enemigas, deseando tenerlas cerca para poder cercenarlas, aunque no veía nada. Sólo escuchaba ese terrible alarido, ahora acompañado por otro proveniente de Alesia. Vercingétorix, avisado por el grito de sus iguales, también salía a unirse a la fiesta, aunque rápidamente quedó paralizado por el temor que sus hombres le tenían a las trampas de los romanos, más aún en la oscuridad de la noche. La atención, una vez más abandonó Alesia y se concentró en el ensordecedor avance galo desde el sur. Pero muy pronto, aquel estruendo se torno en lamentos. Aquellos gritos eran ahogados por exclamaciones de dolor, por maldiciones, por el sonido de miembros cortados, cuerpos atravesados… Por el sonido de la muerte. Los galos se habían metido de lleno en la zona de trampas defensivas anterior a las empalizadas, que estaba oculta bajo un manto de hojas que la camuflaban. Estaban comprobando con sus propias vidas la tremenda efectividad de las mismas.
Algunos proyectiles comenzaron a caer sobre los romanos que se mantenían firmes en sus puestos, tratando de abrir bien los ojos y estar atentos ante cualquier movimiento para arrojar sus pilum, pero era francamente complicado por la propia oscuridad. Daba la sensación de que el fragor de la batalla volvía a estar en el sudoeste de las defensas, frente al campamento galo. Flaco y sus compañeros sufrían una tremenda inquietud sin saber qué hacer, firmes en sus puestos obedeciendo órdenes, esperando que en cualquier momento  aparecieran las hordas galas enfrente de ellos. Pero el que llegó fue un jinete con la orden de César de dejar un contingente mínimo en las torres y el resto acudir con presteza a reforzar el lado sur que estaba comenzando a sufrir un ataque masivo galo que comenzaba a ser incontenible. Flaco no lo dudó ni un segundo y formó en las primeras líneas de aquellos que se concentraban para acudir en auxilio de la  legio XIII Gemina, que defendía aquella posición. Al llegar, los proyectiles lanzados desde el exterior caían en gran número, señal inequívoca de la cercanía de los galos. La multitud de muertos en las trampas se amontonaban en ellas neutralizándolas. Los galos comenzaban a pasar por encima de sus propios muertos, accediendo con mayor facilidad a la altura de los romanos, que con sus pilum y otros objetos arrojadizos de los que disponían, disparaban causando una enorme cantidad de muertos entre los galos. Pero no paraban de llegar más y más. La débil claridad de las antorchas añadía tenebrismo a la situación. El no poder ver más allá de aquella débil luz que mantenían encendidas los legionarios en puestos estratégicos según César había ordenado, hizo que Flaco dudara ligeramente antes de lanzar su primer proyectil una vez alcanzada una optima posición en aquella zona a la que había llegado hacía escasos momentos. Pero sus ojos se acostumbraron rápidamente a la oscuridad y aquello, unido a su innata capacidad de escucha superior a la del resto, hizo que Flaco comenzara a derribar enemigos. Por fin, estaba en el meollo de la batalla y se sentía útil.
La noche avanzaba y la situación cambiaba poco. De vez en cuando algún galo conseguía escalar la empalizada y presentar batalla cuerpo a cuerpo, pero las largas espadas que usaban los galos no eran rivales para la lucha en un pequeño espacio a la que estaban acostumbrados los romanos y para la que disponían de la corta y manejable gladius, un arma muy eficaz en las distancias cortas. Aunque los proyectiles y flechas lanzadas desde el exterior, causaron un gran número de bajas y mermaron muchísimo las defensas romanas.
En un momento dado se escuchó un tremendo griterío en un lateral. Flaco vio como un grupo de galos había conseguido superar la empalizada y abrir una brecha. Al mandato del silbato del centurión, abandonaron su posición y corrieron a la formación para hacer frente a aquel grupo de galos que aumentaba de forma preocupante. Aquel era el terreno preferido de Flaco. Así le habían enseñado a combatir y era el momento en el que se sentía más vivo que nunca, curiosamente cuando más cercana tenía la muerte. Pero en formación, frente a un enemigo, Flaco era un pez en el agua. Al silbato todos avanzaron a una y cargaron. Los galos, desordenados y separados, cayeron en un abrir y cerrar de ojos y la formación se deshizo para acarrear material de nuevo y reconstruir aceleradamente la brecha y así, en aquella frenética actividad, Flaco se percató de que ya no caían proyectiles ni se escuchaban gritos. El ataque había cesado, al menos por el momento.
Las órdenes rápidas del decurión le llevaron de nuevo a su torre del noroeste. Flaco estaba exhausto, pero no tenía ninguna herida que lamentar. El sudor y la sangre seca se habían mezclado en su cara provocando la caída de un liquidillo oscuro sobre la boca que al saborear, le provocó una mueca de asco y una arcada. ¿Era ese el sabor de la muerte? Aprovechando aquella tensa calma, se acercó al río para beber y quitarse un poco aquella costra impura que el barro y la sangre seca formaban. El frescor agradable del agua despertó el dolor muscular de todo su cuerpo y le recordó que llevaba dos días sin dormir. Al regresar a su puesto, se sentó, apoyó la espalda contra la empalizada y sin poder hacer ni pensar nada más, le venció el agotamiento y cayó en un estado de inconsciencia momentánea que podríamos llamar sueño.


Vercingétorix y sus guerreros, tras otro vano intento de superar las defensas y trampas romanas y habiendo perdido en el intento de neutralizarlas más hombres de los que hubieran deseado, ante las dificultades añadidas que presentaba la oscuridad de la noche, dio la orden de volver a Alesia, hacer acopio de más material necesario para rellenar las trampas y esperar a los primeros rayos de luz para volver a salir y apoyar el ataque del exterior. Mientras subían de nuevo la pendiente, mandó llamar a Dadérax, el jefe de los mandubios.
-          Creo que, en vista de la inminencia del desenlace de este sitio, deberías dejar entrar de nuevo a las mujeres y niños. De esta batalla saldremos victoriosos o todos moriremos, pero será en un plazo muy breve. No hagamos sufrir más a los inocentes. Hazlo. Te lo dice tu rey.
Dicho lo cual apretó el paso y se encaramó de nuevo a su puesto de privilegiada observación en lo más alto de las murallas de Alesia. La imagen de muerte y desolación que tenía ante sí, traída por la luz del nuevo día que ya despuntaba, le heló la sangre.



Una patada en la planta del pie de su decurión despertó a Flaco que abrió los ojos sobresaltado.
-          ¡Flaco arriba! Ya has descansado suficiente. Vuelve a tu puesto.
La incipiente claridad le desconcertó levemente hasta que las imágenes de la noche anterior se agolparon en su cabeza al instante. Estaba vivo, pero curiosamente, lo que sintió al ponerse en pie fue un poco de frío y un mucho de hambre. Buscó el manto que había dejado en un hueco la noche anterior, se lo ajustó y pidió una torta de trigo que devoró y fue entonces cuando contempló el horrible panorama de muerte, cadáveres y desolación que se mostraba ante él. Pero no le sorprendió. La noche había sido tan intensa que esperaba algo parecido a aquello, aunque se grabó en su retina para siempre el color rojo de la tierra alrededor de la empalizada provocado por la ingente cantidad de sangre derramada. Pero el hombre a caballo y con la inconfundible capa de color escarlata que se acercaba hacia su posición, llamó su atención. Era él.
César llegó a los pies de la torre dónde se encontraba Flaco y descabalgó. Tras departir brevemente con los legados Rebilio y Antistio, al mando de aquel campamento, volvió a subir al caballo iniciando el camino de vuelta hacia el puesto de mando. Pero cuando sólo se había alejado unos metros, alcanzando una distancia en la que sabía que toda aquella sección de las defensas podía oírle, volvió la grupa de su montura, alzó la cabeza y comenzó a hablar. Flaco escuchó su clara, potente y característica voz a la que todos los allí presentes prestaron una inmediata atención.
-          Milites, no debemos bajar la guardia. Hagamos otro esfuerzo supremo. Hoy los galos han observado que las defensas que vosotros habéis creado, son muy efectivas. Les va a costar mucho acercarse hasta nosotros para combatir cuerpo a cuerpo, pero ese momento llegará y debemos estar preparados. Sois conscientes de que ésta es la parte más vulnerable de nuestras defensas. El terreno agreste nos impidió hacerlo mejor. Y eso ellos lo saben. Por eso estoy seguro de que atacarán por aquí. Sus movimientos les delatan. Aunque antes perecerán por millares. Haced acopio de proyectiles en las torres y cuando estén a tiro, disparad. Pero aseguraos de no errar, eso será fundamental, pues nuestros recursos son limitados encerrados como estamos entre estas dos empalizadas y sin posibilidad de conseguir más. Y cuando superen la última línea, entonces combatid cuerpo a cuerpo hasta la extenuación, para mayor gloria de Roma. Labieno apoyará con la caballería germánica vuestra defensa. No puedo mandar más hombres, pues me temo que atacaran de forma simultánea por otros flancos. Pero no temáis. En lo más duro del combate, César vendrá a ayudaros y juntos alcanzaremos la victoria. Os lo prometo. La diosa Fortuna está con César y la victoria será nuestra. 
Los vítores estallaron entre los aproximadamente seis mil romanos que defendían aquel campamento. César volvió grupas y desapareció al galope haciendo ondear al viento su capa escarlata. Mientras su general se marchaba, Flaco gritó con todo su corazón. Él y todos los allí presentes creían en César. Se lo había prometido. Vencerían. César nunca les había fallado.
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Con el sol casi en su cénit, el líder eduo Coto salió de la tienda. Estaba cansado y se sentía muy viejo. Por aquel motivo, el consejo había decidido dejarlo al frente de la defensa del campamento galo ¿Defenderlo de quién? La victoria era segura. Los romanos perecerían y aquella pesadilla acabaría finalmente. Aunque un oscuro presentimiento pesaba sobre su corazón sin poder explicar exactamente en qué consistía. Siempre trataba de disipar los malos presentimientos haciendo cualquier actividad diaria, pero aquel día un terrible dolor de muelas le estaba atormentando y no había nada ni nadie que le pudiera ayudar. No al menos aquel día en el que todo llegaría a su fin.
Posando su mano sobre su mejilla izquierda, presionó sobre la zona dolorida lanzando una maldición al aire. Maldecir era siempre un desahogo. Pidió un sorbo de aquel licor de membrillo tan fuerte que solían beber algunos galos y se dispuso a observar el asalto final.
Durante la mañana, los jefes de las tribus galas se habían reunido para planificar la última acción. Uno de los exploradores mandubios, oriundo de Alesia, que salió con la caballería antes de que César cerrara el cerco, había descubierto durante la noche un punto débil, una zona al noroeste que no tenía grandes defensas por la dificultad del terreno derivada de su naturaleza demasiado rocosa y de la entrada de un brazo del río. El explorador sabía que aquella zona podría convertirse en el talón de Aquiles de César, el lugar que podría suponer la ruptura del cerco, una forma de penetrar en el anillo romano. Si conseguían romperlo, la victoria sería suya. Pero no debían concentrar toda su fuerza en aquel punto. Debían despistar a César. Si el zorro romano pensaba en que caerían en su trampa, no iba a ser así.
Vercasivelauno, primo de Vercingétorix, junto con más de cincuenta mil hombres, había colocado sus tropas entre los árboles antes de que se hubiera disipado la oscuridad. Coto podía observar como esperaban agazapados, ocultos a la vista de los romanos, la señal de ataque que Eporedórix y Viridomaro, los otros dos jefes eduos, debían lanzar en forma de alarido al iniciar el ataque de despiste en la muralla sur, el lugar de la batalla del primer día. Aunque Coto también era eduo, dudaba de la capacidad de aquellos otros dos con los que compartía el mando. Ambos, cuando los eduos eran aliados de Roma, eran fervientes partidarios de mantener la alianza. Pero la decisión de su rey Litavico de luchar contra César y expulsarlo de la Galia, les había obligado a cambiar de parecer, pero no parecía que estuvieran muy convencidos de ello. Y más al ver huir a su rey días antes de la batalla sin dar ninguna explicación. Coto estaba seguro que a la menor dificultad, abandonarían el combate y se retirarían. No morirían por defender a un arverno pretencioso que se había autoproclamado rey de la Galia. Si Vercingétorix creía que les iban a salvar para además, otorgarles después el poder como si fuera un regalo, es que era demasiado ingenuo. Aunque eso ya se vería después. Ahora el problema era acabar con aquella situación lo antes posible. Y además estaba la cuestión de los belgas. Aquellos salvajes norteños, no habían aportado los hombres que les correspondía. Aquellos hombres eran belgas y no morirían en la Galia Celta. Aquella no era su guerra. Sólo el empuje y el ansía de venganza de Commio, su líder, que había servido a los romanos en el intento de conquista de la isla de Mona y a quien Labieno, después de haber roto aquella alianza, había derrotado arrebatándole las posibilidades de reinar sobre los belgas, hacían que aún permanecieran en aquella horda.
Un nuevo pinchazo de dolor en su muela, más intenso que cualquier otro de los anteriores, sacó a Coto de sus cavilaciones y pensamientos. El ataque era inminente y tras una nueva maldición y un nuevo trago de aquel brebaje que quemaba las entrañas, pero que conseguía liberarle momentáneamente del dolor, lo escuchó.
El alarido proveniente de más de cien mil gargantas inició el asalto. Los galos se lanzaron  a la carrera por el sur en dos flancos, derecha e izquierda, aprovechando que las defensas romanas, que la noche anterior habían sido tan efectivas, estaban cubiertas de miles de cadáveres que actuaban como improvisados puentes. Pronto estuvieron muy cerca de la empalizada romana que comenzó a escupir proyectiles. La matanza continuaba en masa sin que aún se hubiera establecido un verdadero combate cuerpo a cuerpo que todos los galos anhelaban. Y entonces, el relucir de las armaduras de los hombres de Vercasivelauno, que salieron de entre los árboles, anunció el ataque que la noche anterior todos habían considerado clave.
Con gran saña, se lanzaron sobre las escasas defensas de los romanos en la parte noroeste. Pero Coto supo que aquel sería el ataque postrero cuando vio como se abrían las puertas de Alesia y como lanzando un terrible grito de guerra, todos los guerreros del interior de la ciudad se abalanzaban sobre aquella zona noroeste. César tendría más dificultades, debiendo luchar en el perímetro interior y exterior de su punto débil.
Era evidente que los romanos estaban sufriendo con aquel ataque múltiple. Los galos cada vez estaban más cerca de la empalizada, aunque los romanos se defendían muy ordenadamente. Una gran cantidad de caballería romana, unos cinco mil al menos, hizo un movimiento en el interior del perímetro romano para reforzar la parte noroeste. Parecía como si César supiera que aquella era la clave y tuviera preparada aquella maniobra. Pero no iba a ser suficiente, estaba convencido de ello.
Mientras observaba la batalla, Coto, en su privilegiada atalaya desde donde se observaba todo el campo de batalla, andaba de un lado al otro como un gato encerrado, sin apartar la vista ni un minuto, entre gestos, exclamaciones y maldiciones por aquel maldito dolor de muelas. Parecía que esta vez si la victoria se iba a decantar de su lado, pero de repente se escucharon unos ruidos, como de caballos por el este, lo que le hizo desviar la atención. Y entonces se quedó como petrificado.
Eran romanos a caballo los que se dirigían directamente hacia ellos ¿De dónde habían salido? ¿Eran refuerzos? Aquello no podía ser… En el campamento no había casi nadie. ¡La defensa era imposible! Vio como el pánico se apoderaba de los pocos hombres que le rodeaban. Y entonces se subió al caballo, lo puso al galope y huyó en dirección opuesta a Alesia, tratando de salvarse a sí mismo. Si aquello era un ejército de refuerzo romano, la batalla estaba perdida.


La situación era francamente delicada. Flaco y todos los demás estaban casi extenuados. No les quedaban más proyectiles que lanzar y los galos estaban destrozando las pocas defensas de aquel lado noroeste. La lucha cuerpo a cuerpo se había iniciado ya y gracias a los dioses, la caballería al mando de Labieno, había llegado hacía poco para reforzar el tremendo ataque al que se habían visto sometidos en aquella zona. ¿De dónde habían salido tantos galos de repente? No conseguía comprender como se habían colocado en esos árboles sin que los hubieran visto. Habrían aprovechado las últimas sombras de la noche. Aunque claro, él había estado dormido. Si no, seguro que les hubiera escuchado. Por algo los dioses le habían concedido aquellas orejas…
Los muertos entre los atacantes ya se contaban por centenas, aunque lejos de ser un alivio o un motivo de alegría para sus ejecutores, era un problema. Tal acumulación de cadáveres neutralizaba el foso y la empalizada defensiva, siendo un alzador para los galos que pisoteaban a sus compatriotas y llegaban con más facilidad hasta los romanos. Y el cuerpo a cuerpo se hizo inevitable. Además, el esfuerzo era doble. Por el anillo interno, Vercingétorix se había lanzado al ataque también y ya había entablado el combate directo salvando las defensas. El mismo César, a quien su capa escarlata le hacía visible e inconfundible para todos, estaba reforzando continuamente aquella posición. Parecía como si César, al igual que Alejandro con Darío en Gaugamela, quisiera encontrarse en el campo de batalla con el propio Vercingétorix, que era imposible de reconocer, pues los galos, parecían todos iguales.
De pronto, César salió al galope en dirección opuesta al combate. Algo debía pasar en algún otro punto del cerco, pensó Flaco. Pero no pudo pensar mucho más porque entonces, notó un terrible dolor en el brazo. Una flecha había atravesado la carne de parte a parte. Ya había tenido heridas similares en anteriores combates y sabía lo que debía hacer. Rompió la flecha con sus propias manos y, tras comprobar con un  leve movimiento que no estaba tocando el hueso, estiró hacia abajo con toda su alma extrayendo la parte que quedaba. Después se taponó la herida con un girón de ropa de uno de los cadáveres que tenía a su alrededor y usando el otro brazo se incorporó y continuó. No le pararían con solo aquel rasguño. Había tenido suerte esta vez.
Flaco siguió luchando y con su último pilum, se encaramó a la empalizada, usándolo como lanza de asedio y rechazando a los galos que intentaban acceder a la torre. Muchos otros le imitaron y aquello se demostró efectivo durante unos pocos minutos. Flaco, tras ensartar a un par de galos con su pilum haciéndoles caer, miró atrás y vio al mismísimo Labieno que se dirigía a él.
-          Muy bien muchacho. Una genial idea. Seguid así, no deben pasar…
Pero la situación era desesperada. Hacía falta algo más, un golpe de suerte. La diosa Fortuna que protegía a César debía aparecer ya o no habría solución.

Marco Antonio y Trebonio, por orden de César, habían dirigido en la oscuridad de la noche a la mitad de su caballería al lado norte del sitio, aquel lugar en el Monte Flavigny dónde no se había producido ningún combate. Era el sitio más complicado para ello, pues la propia montaña hacía imposible  que nadie se acercara por aquel lugar. Sólo una estrecha senda permitía el paso. Allí César había colocado estratégicamente un campamento de caballería, imposible de observar desde Alesia ni desde el exterior. Aquella era su última carta. Todos los campamentos de Alesia estaban dentro del recinto, excepto los de caballería que sobresalían para así, poder permitir la salida en caso necesario. Y aquel era el momento clave.
Los jinetes estaban ansiosos. No veían el combate pero sabían seguro que era encarnizado. Y no hay nada peor que la espera sumada a la incertidumbre. Pero César había sido muy claro en sus ordenes:
-          Pase lo que pase, no os mováis hasta que yo aparezca. Cuando yo cree llegado el momento decisivo, iré hacia allí y entonces saldremos. Tardaremos muy poco en rodear esta montaña a caballo y con poco más de dos mil unidades, caeremos sobre ellos por su retaguardia. Deberán luchar en dos frentes ellos también.
Entonces César apareció al galope y todos se pusieron en marcha. En pocos instantes salieron de aquel desfiladero a la parte sur de la llanura.
-          Trebonio, coge tres mil jinetes y lánzate contra su campamento que estará desguarnecido- ordenó César- Arrásalo. Haz mucho ruido. Te deben ver desde todas partes. Tienen que creer que son nuestros refuerzos que llegan. Eso les hará temer y dudar. Y tal vez huyan. No les persigas. Ven a reforzarnos. Antonio, tu ven conmigo. Nos lanzaremos contra su retaguardia en el noroeste, en el Monte Rea. Vencer o morir. Roma vincit.
Un grito unísono que repetía las dos últimas palabras de César, retumbó en la montaña y todos se lanzaron tras su general al galope tendido. Él iba el primero, con la gladius en la mano apuntando al combate y la capa escarlata al viento. Había llegado el momento de luchar. Los dados estaban en el aire.

Vercingétorix había observado como César se alejaba del combate. Se había intentado acercar a él, pero era imposible. Al verlo desaparecer súbitamente, pensó que por fin el cerco se estaba rompiendo por el perímetro exterior y quiso verlo con sus propios ojos. Giró su caballo y lo dirigió montaña arriba, buscando un buen puesto de observación que el fragor del combate le impedía.
Parecía que sí, que el cerco se estaba rompiendo por aquel lado noroeste. Pronto entrarían en el campamento y abrirían la brecha definitiva por el que entraría el torrente de guerreros que acabarían con los romanos y les liberarían. En los otros frentes, los romanos aún resistían y esto había provocado un titubeo en el ataque. Parecía como si los que mandarán aquel ataque no estuvieran arriesgando demasiado. Aquellos eduos… Los podía distinguir por los colores de sus ropas y su aspecto. Estaban dudando. ¡Malditos! ¡Había que atacar con toda la fuerza!
Entonces escuchó un gran grito procedente del sudeste. Detrás del monte Flavigny surgió una unidad de caballería que se dirigió directamente al campamento de los galos en la explanada sur. ¿De dónde habían salido aquellos romanos? Sin poder creer lo que estaba viendo, observó como los pocos guerreros que habían quedado en el campamento, huían en todas direcciones y como los romanos arrasaban el campamento provocando un gran estruendo y quemándolo todo. Las columnas de humo que se levantaron rápidamente, alertaron a los ya de por si titubeantes atacantes galos de la explanada sur, que en vista de aquello y aterrorizados ante la posibilidad de que aquello fuera un ejército romano de refuerzo, abandonaron la lucha y se dispersaron en todas direcciones.
-           ¡Luchad cobardes! ¿Dónde vais? ¡Traidores! ¡Luchad! – exclamó al viento un desesperado Vercingétorix.
Pero aquello no fue lo peor. Como aparecidos de la nada, sin saber muy bien por dónde, el rey arverno observó como otra columna de caballería se dirigía ahora con gran estruendo de cascos y de gritos por la espalda de las tropas que atacaban el monte Rea, que estaban a punto de conseguir romper el cerco noroeste. Sorprendidos, tuvieron que repartir sus esfuerzos en dos flancos. César había pensado lo mismo que él y ahora le devolvía la jugada, obligándole a luchar en dos frentes. Aquel era un golpe audaz y casi definitivo. Y entonces lo vio. Su capa escarlata le identificaba.


Flaco tenía la vista nublada. Le costaba cada vez más poder alzar su brazo para asestar un nuevo golpe. Los galos ya estaban por todas partes y el combate era ya un continuo cuerpo a cuerpo que no tenía vuelta atrás. La fortuna les había abandonado y César había desaparecido de la escena. El final se acercaba.
Pero Flaco vio un reflejo escarlata cruzarse ante su vista. Parpadeó y observó mejor. Sí, era la capa. No tenía duda. Era César a galope tendido, que venía seguido de cientos de jinetes por la espalda de unos sorprendidos galos. César había cumplido su palabra.
Y entonces chilló, jaleó, bramó… Señaló con su ensangrentada gladius hacia aquel lugar y sus compañeros le imitaron. Un enorme rugido provocado por los vítores de los romanos se elevó de entre aquel campo de muerte. El riesgo que estaba asumiendo su propio general era el máximo y ellos no podían ser menos. Y todos, Flaco incluido, redoblaron sus esfuerzos, sacando fuerzas de flaqueza, en un último esfuerzo supremo que les daría la victoria.

Vercingétorix ordenó la retirada de los sitiados de nuevo hacia Alesia. Era inútil seguir manteniendo la lucha en el perímetro interior cuando en el exterior todo estaba perdido.
Tras el ataque sorpresa de César, los galos huían en todas direcciones. Cuando vieron que les atacaban por la espalda, el pánico se apoderó de ellos. Los vítores de los romanos, las columnas de humo provenientes de su propio campamento, la espantada de los eduos que atacaban por el sur y la huida precipitada de la caballería de Commio, contribuyeron a crear la situación y precipitaron los acontecimientos.  Aquel hombre les había ganado la partida con una maniobra genial. Conseguía estar en todas partes y sus hombres lo sabían. Por eso mismo lo aclamaban.
Al entrar en Alesia el último combatiente galo que quedaba en pie, se cerraron de nuevo las puertas. Sólo se escuchaban los llantos de las madres, hermanas y esposas que habían sido acogidas de nuevo en la ciudad y los lamentos quejumbrosos de los heridos. Todos sabían que aquello era el final. El ansiado ejército que los tenía que rescatar, había fracasado. Su última esperanza se había esfumado.
Vercingétorix y Dadérax (Critognato no había vuelto y nadie sabía dónde se encontraba) encaramados a su atalaya, observaban juntos la horrible escena que se desarrollaba ante sus ojos. Los galos, en desorganizada desbandada, ofrecían a los romanos la posibilidad de masacrarlos, y en ello se estaban empleando, aunque no con gran meticulosidad. Probablemente estarían exhaustos después de tres días de combate casi ininterrumpido. Esa iba a ser su fortuna, que les permitiría conservar la vida pero… ¿Qué sería de ellos?
La capa escarlata de César seguía en movimiento y se le podía observar dando instrucciones aquí y allá, mientras las pocas fuerzas que le quedaban a sus hombres eran empleadas en la reconstrucción acelerada y meticulosa de las defensas.
-          Mandaré un mensajero a César. Le ofreceré mi vida a cambio de que respete la vuestra – dijo Vercingetorix mientras alzaba su mentón en un esfuerzo por mantener lo que quedaba de su maltrecha dignidad.
-           ¿Respetará Alesia? – dijo Dadérax con la congoja presente en sus palabras.
-          César tiene fama de clemente y no querrá destruir una ciudad que va a pasar a sus manos. La respetará.
Las puertas de Alesia se abrieron para no volver a cerrarse jamás ante los romanos. Como se había acordado mediante los mensajeros cruzados entre Vercingétorix y César, comenzaron a salir los maltrechos guerreros que aún quedaban en su interior armados hasta los dientes en dirección a un gran agujero que los romanos habían cavado en la parte final de la pendiente, que descendía hasta el perímetro interior del lado sur de las defensas romanas. Allí arrojaban sus espadas y corazas, para continuar descendiendo hasta uno de los campamentos que había sido vaciado por completo y que servía de improvisada cárcel. Allí eran encerrados por miles.
Una parte de aquella empalizada había sido derribada y en su lugar, rodeado por su estado mayor y todo su ejército formado, se alzaba una tarima de poco más de un metro de altitud, en lo alto de la cual, estaba César sentado a la manera romana en su silla curul propia de su rango, con la espalda erguida y una pierna más adelantada que la otra, con su corona de roble sobre la cabeza que presentaba síntomas de una incipiente calvicie que César se esforzaba en ocultar de todas las maneras posibles y que había ganado en el asalto a los muros de la ciudad de Mitilene. Estaba vestido como un magistrado romano y no como un militar, esperando como procónsul, en nombre de Roma, la rendición incondicional de Vercingétorix, de Alesia y por ende, de toda la Galia.
El último en salir fue Vercingétorix, a caballo, armado y vestido con su mejor armadura. Descendió sereno hasta la tarima, descabalgó y arrojó sus armas al suelo ante César.
-          Te ofrezco mi vida a cambio de tu clemencia para con mi pueblo. Dispón de ella como te plazca. Es mi último sacrifico.
Alesia no fue arrasada, pero a cada soldado César, además de otras cosas, le regaló un esclavo de entre aquellos guerreros rendidos.
A Vercingétorix, no le dio la muerte rápida, justa y honrosa que el galo esperaba. En cambio le cargó de cadenas, le encerró en una jaula y le arrastró a la cola de sus ejércitos hasta llegar a la Galia Cisalpina, donde le encerró en una mazmorra durante seis largos años, a la espera de realizar su entrada triunfal y poderlo así exhibir como un trofeo de guerra. El más preciado de todos, el de aquel que osó desafiar en balde a la Roma del gran Julio César.


A PUNTO DE ACABAR por Txema Gil
NOTA: ESTE RELATO DEBÉIS LEERLO DESDE EL FINAL HASTA AQUÍ. EL XIV ES EL ÚLTIMO CAPÍTULO.
CAPÍTULO XIV
La reacción fue muy dispar. Algunos se echaron a llorar, otros como Manola corrieron en todas direcciones. Otros se agruparon en torno a los que aún consideraban líderes o personas de referencia, que no sabían tampoco como reaccionar. Otros alentaron a resistir y dijeron que aquello aún no había terminado. No pasarán.
Lo peor de la guerra: la muerte de tantos españoles.

Pero poco a poco, se observaba una creciente cantidad de gente que se asomaba a la calle. Gente que no la solía frecuentar y que, después de haber escuchado el parte, buscaban con ansía alguna presencia de los vencedores. Parecía claro que no dudarían en alzar el brazo en el saludo fascista en cuanto vieran un atisbo del Ejército Nacional. Eran los odiados quintacolumnistas, ansiosos por proclamar su victoria a gritos y comenzar su particular venganza. Ellos habían sufrido mucho en un Madrid que resistía. La quinta columna quería que la sublevación venciera y clandestinamente, luchaban por conseguirlo. Y ahora por fin, había llegado el momento de la victoria.
Las calles se quedaron desiertas de mujeres y milicianos, que corrían a esconderse. Quemaban sus papeles y sus uniformes, con la esperanza de no ser reconocidos. El miedo se apoderaba de la gente.
Antonio había saltado de su camión después de haber escuchado claramente a su Manola gritar su nombre, pero no había acertado a verla. Cuando apareció el pelotón comunista, Antonio, que ya no llevaba uniforme ni arma y estaba vestido de paisano, por lo que pudo confundirse entre la multitud y echar a andar por el Paseo del Prado. Pero algo le había paralizado. La música militar, el parte de guerra… No le sorprendía en absoluto, aunque no pensó que fuera tan pronto.
Inmerso en sus cavilaciones, levantó la cabeza para volver a echar a caminar pero, de repente, la vio. Corría calle abajo a toda velocidad, en dirección al Ritz. Antonio volvió a silbar, esta vez más fuerte, mientras corría en su persecución.
Manola se detuvo en seco al escuchar de nuevo el silbido y se dio media vuelta. Allí, en la acera de enfrente, le vio. Le reconoció enseguida, a pesar de su aspecto desgarbado y derrotado, de sus ojeras y sus nuevas cicatrices en la frente, recuerdos de la Cóndor. Era él y no era un sueño.
Sin mediar palabra se acercaron y se fundieron en un largo abrazo. El tiempo se detuvo. Todo volvía cobrar sentido. No importaba nada más. Manola y Antonio estaban de nuevo juntos y nada ni nadie les volverían a separar. Saldrían adelante.
José Manuel Gil Sánchez (dedicado  la memoria de mis abuelos Antonio y Manola)

FIN

CAPÍTULO XIII

De pronto lo volvió a escuchar, ahora más nítidamente y se acercó hacía la multitud de donde creía, había salido el sonido. Pero era imposible acercarse al camión. Manola volvió a gritar el nombre de Antonio a los cuatro vientos, pero no hallaba respuesta. Y justo cuando había conseguido acercarse mínimamente al camión que, estaba segura, había emitido ese silbido, apareció un pequeño pelotón de soldados comunistas que, a culatazos y con algún que otro tiro al aire, despejó la aglomeración. Uno de ellos, el que parecía de más rango, subió al camión y ordenó al conductor a voz en grito que arrancara. Aquellos soldados aún tendrían que hacer un último servicio a la República, o a quién fuera que ellos representaran. El camión arrancó y se perdió  por la Calle de Alcalá, sin que Manola hubiese visto lo que creía haber escuchado. A pesar de todo, la alegría inundaba su corazón. Era su silbido. Estaba segura.
De repente, en los altavoces que los últimos días servían para avisar de alarma aérea y que a menudo, conectaban con la radio para emitir los partes de guerra, comenzó a sonar   música. Marchas militares llenaron el aire con su marcialidad, haciendo que la inquietud entre la gente aumentará hasta el extremo. Y de pronto, una voz se escuchó con inusual claridad en la plaza de la diosa, mientras la multitud, que hacía unos minutos había montado una tremenda algarabía, mantenía un silencio sepulcral.
-          “Parte Oficial de guerra del Cuartel General del Generalísimo correspondiente al día de hoy, 1º de Abril de 1939, III Año Triunfal. En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas Nacionales, sus últimos objetivos militares. LA GUERRA HA TERMINADO”. Burgos, 1º de Abril de 1939. Año de la Victoria. EL GENERALÍSIMO: Franco.
La gente se miró a la cara y en un principio no supo reaccionar. Manola no esperó y echó a correr hacia su casa.
-          Mis hijas lo primero y luego ya se verá – pensó.

CAPÍTULO XII
Multitud agolpada en las cercanías de la Cibeles.

Los gritos comenzaron a sonar provenientes de Atocha. Los camiones entraban a poca velocidad en dirección a la Cibeles y la multitud se abalanzó contra ellos. Los hombres que en ellos iban, no sabían dónde mirar ni lo que hacer. La gente les machacaba a preguntas sobre sus seres queridos y su procedencia. Algunos eran reconocidos, mientras otros lloraban sin poder reaccionar. Aquello era un auténtico caos. La gente se empujaba, se insultaba, se obstaculizaba… Alguien cayó al suelo y fue pisoteado sin miramientos. Y entre la multitud, Manola comenzó a gritar:
-          ¡Antonio! ¡Antonio! ¡Antonio! – pero no hallaba respuesta y los empujones, la apartaban cada vez más de los camiones.
Desesperanzada y enrabietada por no poder ver a los soldados, ni preguntarle a nadie por su Antonio, se sentó en un bordillo y rompió a llorar. Pero en ese mismo instante, escuchó un sonido familiar. Un silbido que creyó reconocer. Antonio siempre silbaba así. No podía ser otra persona, pero… No podía ser. Lo habría imaginado.

CAPÍTULO XI
La incipiente claridad del amanecer no despertó a Manola, que no había podido conciliar el sueño en toda la noche. La pequeña Carmen, que acababa de mamar, dormía plácidamente en un canasto ancho que hacía las veces de cuna. La primavera madrileña permitía dormir con tan sólo una manta de abrigo, nada que ver con el pasado y duro invierno, donde temió por su vida y la de los suyos por culpa del frío y el peligro de congelación. En esos días dormían todos apiñados para darse calor humano. Pero ahora, no era necesario y a pesar de que no disponían de demasiado espacio, se podía dormir. Al menos, olvidaban las calamidades durante unas pocas horas.
Paseo de Trajineros, hoy Paseo del Prado.
Manola se levantó sigilosamente y salió a la calle después de lavarse la cara y adecentarse un poco en una jofaina que compartían en la casa. Caminó el corto trecho del Paseo del Prado, desde la Plaza de la Lealtad hasta la Cibeles y observó que no era la única que había recibido la noticia. Mujeres de toda índole,  condición y circunstancia acudían en la misma dirección. La notica de la llegada de hombres desde el frente, era siempre un halo de esperanza para multitud de madres, esposas e hijas, deseosas de reconocer entre los recién llegados a uno de los suyos. A medida que el sol ascendía hacia mediodía, la concentración derivó en aglomeración. Todas nerviosas y expectantes, pero todas, con un aire triste y derrotado. Todo Madrid sabía que aquello, estaba a punto de finalizar.
CAPÍTULO X
Los oficiales republicanos en aquel pueblo habían huido o muerto. Él, un simple sargento de artillería, era el mando más alto. Pero los pocos lugareños que quedaban comenzaron a protestar y a exigir que se marcharan de allí. No querían saber nada más de guerras. Ya había habido suficiente muerte y desolación en su tranquilo pueblo. Y Antonio, comandando un pequeño pelotón de 15 hombres, abandonó Ribarroja del Ebro en dirección a Valencia. Llegaron a la capital del Turia unos cuantos días después y acudieron a Gobernación para dar parte de lo sucedido. Habían pasado por Castellón, pero allí les mandaron en dirección a Valencia:
-Allí está el Gobierno y os dirán que debéis hacer - les contestó un coronel que ostentaba el cargo de gobernador de la ciudad.
Los ánimos en Valencia eran pésimos. Ya nadie creía en la victoria tras el desastre en el Ebro y la toma de Barcelona, ya estaba casi consumada. Antonio fue destinado al puerto, a una unidad antiaérea de muy poco precisión y con una munición muy limitada.
-          Un disparo, un blanco. O en dos días nos acabamos la munición – les dijo el capitán al mando.
Desde Valencia intentó ponerse en contacto con Manola en Madrid y envió una carta con su compañero Carmelo y Eusebio de Alginet, a quienes mandaron a reforzar el frente de Madrid. Por ellos sabría Manola que estaba vivo. Pero ésa, había sido la última vez que habían podido tener contacto, y ya habían pasado seis meses.
Enfrascado en estos recuerdos, el día comenzó a despuntar y a su alrededor se vislumbraban los primaverales paisajes de su Madrid, unos paisajes que conocía, pero no reconocía. Campos sin cultivar, casas destrozadas, restos de guerra por todas partes… ¡Hasta dónde habíamos llegado!
El día, trajo de nuevo la esperanza a su corazón.
- Volveré a casa y encontraré a mi familia. Pase lo que pase, no me alejaré de su lado nunca más.
CAPÍTULO IX
Y había vuelto. El frío del duro invierno aragonés, le había congelado las extremidades inferiores y perdió uno de los dedos del pie izquierdo. Los médicos creyeron que podría gangrenarse y le dieron permiso para que volviera a Madrid y recuperarse, o quedarse y librarse de un soldado tullido. Y los cuidados de Manola durante aquellos dos meses, fueron claves para que Antonio se recuperara y la gangrena no apareciera. Y en aquel permiso, Antonio dejó embarazada a Manola de Carmen. Pero pronto, las obligaciones militares llamaron a la puerta de los dos.
El río Ebro.

Un nuevo destino: el Ebro. Los republicanos habían decidido hacer un contraataque sorpresa para evitar que se cortaran las comunicaciones entre Cataluña, Valencia y Madrid. De ser así, el territorio republicano quedaría dividido en dos y estaría condenado. Aquella era la batalla decisiva.
Antonio le prometió que volvería. Desde entonces no la había vuelto a ver.
Su posición era la ribera del río, en la población de Ribarroja del Ebro, donde su compañía manejaba baterías antiaéreas que defendían los puentes de barcazas por los que, previamente, habían cruzado el río las tropas republicanas. Y él estaba al mando de un viejo cañón ruso de larga distancia, oculto entre las casas del pueblo, que apoyaba la ofensiva con sus disparos.
Antonio recibió carta de su padre, que le anunciaba el nacimiento de otra niña, a la que llamarían Carmen en honor a su madre. La noticia le llenó de felicidad y al mismo tiempo le empujó a seguir adelante, a cumplir la promesa de volver que le había hecho a Manola.
Avión de la legión alemana Cóndor,
 al servicio de los Nacionales


Aquella tarde, mientras leía la carta, una escuadrilla de aviones alemanes de la Legión Cóndor al servicio del ejército Nacional, sobrevoló Ribarroja del Ebro. Barrieron las baterías antiaéreas  y detectaron el escondrijo del cañón, cuidadosamente camuflado en una vieja casa. Mientras un caza se lanzaba en picado, descargando su mortífera y potente carga, Antonio vio el fin muy cercano. La primera explosión, hizo añicos el cañón y a su compañero, Juan el Zamorano. La segunda bomba, destrozó la casa contigua de una explosión que llenó el aire de polvo y metralla. Los pocos que allí quedaban con vida, salieron huyendo mientras Antonio, aturdido por la explosión, permanecía en medio de la calle, aunque una chispa de lucidez fue suficiente para reaccionar y meterse dentro de una alcantarilla que había quedado entreabierta por la explosión. Allí dentro, atontado, magullado y sangrando por no sabía muy bien dónde, observó como los aviones volvían una y otra vez, barriendo con su metralleta las calles, descargando más y más bombas sobre las casas circundantes… Una vez y otra más… Hasta que se quedaron sin munición. 
Nadie les respondió. Habían arrasado su objetivo sin ningún contratiempo y volvían a su base dejando caos, desolación y muerte en las calles de aquel pueblecito tarraconense al que Antonio, desde su improvisado refugio, juró no volver jamás.





CAPÍTULO VIII

Por un lado, la pena por sus compañeros muertos, le hizo implicarse más con la causa y desde entonces, multiplicó sus esfuerzos y su rabia contra el enemigo. Y si a todo esto, le unimos los bombardeos y las penurias que atravesaba su familia, Antonio se convirtió en un comprometido soldado republicano, dispuesto a dar su vida por la causa. Ya nada importaba más, que acabar con aquellos que estaban atacando el orden establecido sin ningún derecho.
Pero por otra parte, la preocupación de que su destino y el de los suyos fuera incierto, hizo de él una persona mucho más familiar, mucho más consciente de todo aquello que tenía y que no quería perder. Mucho más apegado a la vida, que trataría de mantener por encima de todas las cosas y de todos los ideales. Lo que contaba era sobrevivir y que sobrevivieran los suyos. Y si para ello había que luchar, lucharía. Pero no hasta la muerte. La muerte no entraba en sus planes.
Perdido en estos pensamientos, Antonio fue consciente de que la vuelta ahora, era más importante que nada. Tenía que asegurarse de que todos estaban bien. Su instinto de supervivencia le había resultado muy útil a lo largo del conflicto.
-          No te dejes matar Antonio. No me dejes sola – le había dicho Manola entre un manto de lágrimas el día que marchaba de Madrid en dirección a su nuevo destino en Teruel-  Lucha por lo que crees, pero no dejes de pensar en nosotros. Vuelve Antonio. Juntos podremos afrontar cualquier cosa.
CAPÍTULO VII
Pablo Iglesias en un mitín.
Antonio nunca había sido un militante exaltado. De ideología y convicciones socialistas, se afilió al partido y sindicato fundado por Pablo Iglesias porque era lo más normal. Además, el gremio de impresores, eran la fuerza promotora de la UGT y él, trabajaba en un periódico. Su padre Antonio, había conocido a Pablo Iglesias y le había impresionado su clarividencia y su idealismo. Creía en un mundo mejor y se lo transmitió a su hijo.
Pero alistarse y ponerse a pegar tiros, no tenía nada que ver con pensar de una determinada manera. Ésa, no era forma de solucionar los problemas. Pero habían comenzado ellos y todas las libertades y derechos que se habían conseguido en 1931, corrían un serio peligro. No se podía quedar de brazos cruzados y se alistó, creyendo firmemente que aquello no duraría mucho y que pronto volvería el statu quo anterior, con el Frente Popular dueño de la situación y la Constitución Republicana de nuevo vigente. Y aquello, habría sido una breve pesadilla.
Ciudad Universitaria de Madrid durante la guerra.
Fue destinado a la Primera Brigada de Artillería de Madrid, mandada por el general Cárdenas Dominici, porque era de los pocos que sabía leer y escribir en aquella marabunta de voluntarios. Y para manejar las baterías de cañones hacía falta, al menos, saber sumar y restar grados de inclinación. No abundaban las personas capaces de manejar unas simples instrucciones escritas. Su primer destino fue la defensa de la Ciudad Universitaria, por donde los Nacionales trataban de hacerse con Madrid como primer objetivo. Pero consiguieron rechazarles. Ahora recordaba de nuevo, cómo tuvo muchísima suerte el segundo día en que cumplía con sus obligaciones en el destino asignado. Había abandonado su puesto para ir a por leche para su Manola, que necesitaba calcio en abundancia debido a su avanzado estado de gestación. Cuando volvió a su puesto, del que se había ausentado una escasa media hora, la pieza de artillería había volado por los aires y sus compañeros yacían muertos con sus cuerpos destrozados.
Impacto de artillería en la Ciudad Universitaria de Madrid.
Aún se puede contemplar hoy en día.
Fue la primera vez que Antonio había visto tanta sangre y tantos miembros humanos deshechos. La primera vez que fue consciente de que aquello, iba muy en serio y que jugar a soldaditos y disparar un cañón era una cosa, pero aquello era la bien distinta realidad. Si hubiera tardado cinco minutos menos, hubiera muerto allí mismo. Fue un shock tan grande que jamás olvidaría aquella imagen. El recuerdo aún le asaltaba en sus sueños por la noche desde entonces, de una forma recurrente. Y aquel incidente marcó un antes y un después de la participación de Antonio en la guerra.

CAPÍTULO VI
Manola…
Desde que la conoció, aquella madrileña bajita y salerosa, no muy agraciada pero que irradiaba fuerza, personalidad y ganas de vivir, le había robado el corazón. En un principio, pensó que era una más de sus conquistas. Manola bailaba como nadie y era muy simpática, pero había tantas gallinas en el corral para un gallito chulapón, que Antonio no se había planteado permanecer con ninguna más del tiempo necesario para conseguir sus favores. Pero, cuando al fin los consiguió, Manola resultó ser como un volcán en erupción. Y los primeros encuentros en la tapia del cementerio, el único lugar discreto cercano, se fueron repitiendo, una y otra vez. Antonio estaba encelado y… La dejó embarazada. La boda no se hizo esperar y juntos, iniciaron su vida. Eran felices.
Manola trataba a las mil maravillas a Antonio y a sus padres. Ellos, estaban encantados de que Manola hubiera hecho de Antonio un hombre hecho y derecho, más responsable y menos viva la virgen.
Pero todo se desbarató aquel 18 de julio de 1936. La gente se debatía entre el miedo y el fervor ideológico. Muchos huyeron tras el fallido intento de sublevar Madrid, para unirse a las tropas del General Mola que sí habían triunfado en un primer momento en Castilla y León. Pero Madrid resistía, gracias al fervor de los afiliados a los partidos de izquierdas. Al lema del No Pasarán, los obreros y trabajadores de Madrid habían demandado armas para la defensa… Y se las habían dado.


CAPÍTULO V
A unos sesenta kilómetros de Madrid, a la altura de Perales de Tajuña, Antonio dormitaba tumbado en la parte de atrás de aquel viejo camión. Hacía más de una hora, amparados por la oscuridad de la noche sin luna, que no se había tenido que bajar a la carrera y esconderse donde pudiera, ante la presencia de aviones militares que, sistemáticamente, aparecían en el cielo descargando tiros y bombas a la pequeña columna motorizada. El avance en dirección a Madrid, era lento y pesado. Dicha columna, la componían alrededor de 15 camiones, cargados hasta los topes de derrotados milicianos republicanos que volvían a sus casas, o lo que quedara de ellas, con la única esperanza de poder encontrar a sus familias. Pero no era fácil, pues la presión de los Nacionales era asfixiante y ya habían destruido seis de los camiones en los que viajaban.
Vieja batería antiaérea rusa de 75 milímetros

La moral estaba por los suelos. La guerra se había perdido y el frente se había descompuesto. Ya nadie daba un céntimo por la República. Ellos mismos se estaban matando entre sí. Los rumores y negociaciones de rendición ante Franco, eran cada vez más numerosos y por tanto, más cercanos a la realidad. Y todos ellos sabían que no habría condiciones en la rendición. La suerte estaba echada y seguir luchando era una tontería. Los dirigentes que aún quedaban en Valencia, huían como ratas en dirección al exilio, sin importarles lo más mínimo qué sería de aquellos que habían dado sus vidas por la causa de la República y de las libertades que prometía.
Antonio comprendió que todo estaba acabado al ver huir a sus mandos, con nocturnidad y alevosía. Él era sargento y tenía un pequeño pelotón a su mando, que maniobraba una vieja batería antiaérea rusa de 75 milímetros en el puerto de Valencia. El día que su capitán le llamó y le comunicó su ascenso, supo que era el fin.
-          Antonio, te asciendo a Teniente. Yo me voy a marchar en busca de refuerzos y de munición mañana. Te dejo al mando.
Después de escuchar esas palabras, Antonio acudió a sus hombres, con los que había compartido infinidad de penurias en los últimos meses y les licenció.
-          Todos huyen y miran sólo por sí mismos. No os puedo pedir que permanezcáis en vuestro puesto. Sabemos que no hay futuro para nosotros en esta guerra. Yo me voy a casa, a tratar de proteger a mi familia. Ya no es tiempo de ideales, es tiempo de sobrevivir. Haced lo que creáis oportuno, pero yo me voy mañana en un convoy que sale hacia Madrid al amanecer.
Ahora, mientras dormitaba en el lento traqueteo del camión, que avanzaba sin luces para evitar ser detectado, Antonio deseó que Manola estuviese bien y que sus hijas y sus padres hubiesen aguantado el hambre y la escasez. Ya no importaba nada. Madrid estaba cerca de caer. Antes de salir desde Valencia, había quemado su documentación, su viejo uniforme, todos los papeles, órdenes y destinos que aún conservaba. No tenía identidad oficial y confiaba en poder convencer a los vencedores de que había permanecido en Madrid durante todo el conflicto, tratando de sobrevivir, sin implicarse, sin alistarse. Sería difícil, pero era su única esperanza. Confiaba en que las represalias no fueran muy duras y pudiera echar adelante a su familia. Aunque estaba tan cansado de luchar, que ya todo eso le daba igual. Sólo quería volver a abrazar a los suyos y darle un achuchón a su Manola.  
CAPÍTULO IV
Manola trabajaba de asistenta en una casa. Su vida no había sido nada fácil. Micaela, su madre, viuda y con dos niños, se había “apañado” con un hombre casado, un humilde zapatero de Embajadores, y producto de esa relación, había nacido Manola. Pero la mujer del zapatero pronto había descubierto el pastel, había puesto el grito en el cielo, obligando al zapatero remendón a no remendar más a nadie.
Manola y su madre Micaela, pronto habían quedado solas. Los otros hijos, ya mayores, habían culpado a Micaela de adulterio (a pesar de ser viuda) y no querían saber nada ni  de la madre ni de la niña. La infancia de Manola fue muy dura. Conocer y enamorarse de Antonio, había sido lo más bonito que nunca jamás le había pasado. Manola le dio a Antonio lo único que tenía, su cuerpo. Y al poco tiempo ambos se casaron, con Manola embarazada. Fueron a vivir a casa de los padres de Antonio y para Manola ésa, fue la vida que siempre había soñado, sin penurias ni sufrimientos. La felicidad que ella sentía, sólo se veía empañada por la situación del país.
Antonio, a pesar de estar rodeado de comunistas en el diario donde trabajaba, estaba afiliado al Partido Socialista y a la UGT. Cuando comenzó el alzamiento y las tropas sublevadas se acercaban a Madrid, no dudó en enrolarse en la milicia, defendiendo los ideales en los que creía. El fantasma del fascismo se cernía sobre Europa y ahora, sobre España. Aquella era una época donde los ideales políticos no podían dejarse de lado. Te tenías que decantar. Y Antonio se alistó siendo destinado a artillería. Desde entonces, sólo había vuelto en dos ocasiones a casa.
Manola, junto a su niña recién nacida y embarazada de nuevo, sobrevivía como podía junto a sus suegros en la casa de Embajadores, hasta que fueron evacuados debido al intenso bombardeo a la casa desvencijada de la Plaza de la Lealtad, donde ahora amamantaba a Carmen, con la esperanza de volver a ver a su Antonio al día siguiente en Cibeles. Ya no importaba la guerra, ni los ideales, ni nada. Sólo sus hijas, sus suegros, y poder volver a abrazar a Antonio, al menos una vez más.
CAPÍTULO III

Mientras Manola acababa de subir las escaleras, no pudo evitar sentir solidaridad con aquel hombre. Carmelo, se había presentado un día con una carta de Antonio en la mano y acompañado de Eusebio. En ella, Antonio pedía a sus padres y a Manola que cuidaran de ellos y que les dieran cobijo, pues habían sido camaradas en Teruel y en la batalla del Ebro y, de ahí había surgido una gran amistad. Ahora, ellos estaban destinados a Madrid, mientras que Antonio había sido destinado a la batería antiaérea que defendía el puerto de Valencia. La familia de Carmelo cuidaría de Antonio y Manola de Carmelo. Así habían quedado y así le pedía Antonio a Manola que les atendiera. Carmelo venía muy poco, buscando un poco de descanso y una cama donde dormir. Su destino en la peligrosa Ciudad Universitaria, donde cada vez las bajas eran más numerosas y la presión de los Nacionales, mucho más asfixiante. Eusebio, el otro compañero, no había vuelto desde el primer día. Había caído.
Al entrar en la vivienda desvencijada, sin ventanas y sin casi la mitad del techo, donde se refugiaban junto a otras tres familias, el llanto de Carmen era muy intenso. Casi sin decir nada, cogió a la niña de los brazos de su suegro, que con más voluntad que maña trataba de consolarla. Su suegra, Carmen como la niña, entretenía a Libertad, que jugaba en un rincón con una vieja muñeca de trapo. Manola se sacó el pecho para amamantar a Carmen, al tiempo que llamaba a su suegra.
-    Aquí tiene Madre. Sólo he conseguido este puñado de lentejas. Para nosotros será suficiente hoy. Estírelas todo lo que pueda. Esta tarde intentaré encontrar algo más. Caliéntele el caldo de gallina a Libertad. Aún quedara algo de sustancia.
-    Quién nos ha visto y quién nos ve Manola. Con lo bien que vivíamos y ahora… Sin casa, sin noticias de mi hijo ¿Cuándo acabará esta pesadilla?
-    Me ha dicho Carmelo que mañana llega a Cibeles un convoy de Valencia. Iré a ver si Antonio vuelve.
-          Ay hija… ¡Dios te oiga!
-          Vendrá Madre. Sé que volverá.
Manola llamaba Madre a Carmen como su marido, por costumbre y porque realmente, desde que Manola y Antonio se conocieron en el baile y empezaron a festear, sus suegros Carmen y Antonio habían sido unos auténticos padres para ella. Carmen siempre le decía a Manola que élla, era la única que había conseguido meter en cintura a su Antonio, un jovencito madrileño, hijo único (Carmen había parido doce varones más, pero ninguno había superado los dos años de vida, sólo Antonio, el decimotercero)  y de clase media, que nunca había pasado apuros, hasta que empezó la maldita guerra.
Hotel Ritz en Madrid hacia el año 1936.
Antes de la misma, Antonio trabajaba en el Mundo Obrero, de cerrador de prensa. Su padre, Antonio también, trabajaba en el mismo periódico, como corrector de textos. Su madre Carmen, trabajaba en el Hotel Ritz, cosiendo la ropa de cama. Por tanto, tres sueldos entraban en la casa de Embajadores donde vivía la familia. Antonio, era un joven feliz que siempre vestía de punta en blanco. Le encantaba cantar y bailar. Más de una vez le llamaban la atención en el trabajo por no parar de canturrear. Los guateques le daban la fuerza que le hacían pasar las semanas. Un día conoció a Manola en el baile y élla, que ya le tenía echado el ojo, le echó también el lazo.
CAPÍTULO II
Al llegar a la Plaza de la Lealtad, la tranquilidad (si es que esa palabra se podía utilizar en Madrid en los últimos años) había vuelto a las calles y la gente deambulaba de un lado a otro, en sus quehaceres. Mientras subía las escaleras hacia el segundo piso, sorteando escombros y restos de cristales, se encontró con Carmelo, que bajaba en ese mismo momento.
-          Manola, me han dicho en la Ciudad Universitaria que mañana llegan unos camiones a Cibeles procedentes de Valencia. Debe ser el último convoy.
-          Gracias Carmelo.
-          La situación en Valencia es muy mala. El frente se desvanece. Esto está a punto de acabar Manola. Yo estoy intentando conseguir vehículo para volverme a Valencia. ¡Si es que alguno vuelve…!
-          ¿Has sabido algo nuevo de mi Antonio? Ya sabes que hace seis meses que no da señales de vida ¿Has podido contactar tú con tu casa? ¿Sabían algo de él?
-          No Manola. Las líneas están cortadas desde hace tiempo. Mi familia tampoco sabe nada de mi desde hace mucho ya. Pero va siendo hora de ponerle fin a esto. Ya no creo en la victoria. Los comunistas son los amos de lo que queda y la milicia se desintegra ¡Se están matando entre ellos! ¡No hay esperanza! Yo sólo quiero volver a por mi mujer y tratar de embarcar. Aquí en Madrid, estamos en una ratonera. Cuando entren los falangistas, no se escapará nadie. Bien haría Antonio en no volver. Si es que todavía…
-          No digas eso… - interrumpió Manola- Mi Antonio está vivo. Volverá, sé que volverá. Me lo prometió. No me puede dejar con las dos niñas. Vendrá.
-          Hay veces que me sorprende tu fuerza Manola. No ha decaído en dos años, a pesar de todo. No la pierdas. Vienen momentos mucho peores de los que hemos pasado. La venganza de los Nacionales será terrible.
-          No les temo. Pero ahora sólo me preocupa sacar adelante a mis hijas. Y sin Antonio no voy a poder. Volverá. Lo presiento. Sé que vendrá en uno de esos camiones. Me lo dice el corazón.
-          ¡Así sea! Suerte… – dijo Carmelo mientras se abrochaba la raída chaqueta y salía del portal en dirección a la calle.
Puerto de Valencia bombardeado por la aviación nacional.
Mientras Manola acababa de subir las escaleras, no pudo evitar sentir solidaridad con aquel hombre. Carmelo, se había presentado un día con una carta de Antonio en la mano y acompañado de Eusebio. En ella, Antonio pedía a sus padres y a Manola que cuidaran de ellos y que les dieran cobijo, pues habían sido camaradas en Teruel y en la batalla del Ebro y, de ahí había surgido una gran amistad. Ahora, ellos estaban destinados a Madrid, mientras que Antonio había sido destinado a la batería antiaérea que defendía el puerto de Valencia. La familia de Carmelo cuidaría de Antonio y Manola de Carmelo. Así habían quedado y así le pedía Antonio a Manola que les atendiera. Carmelo venía muy poco, buscando un poco de descanso y una cama donde dormir. Su destino en la peligrosa Ciudad Universitaria, donde cada vez las bajas eran más numerosas y la presión de los Nacionales, mucho más asfixiante. Eusebio, el otro compañero, no había vuelto desde el primer día. Había caído.
Al entrar en la vivienda desvencijada, sin ventanas y sin casi la mitad del techo, donde se refugiaban junto a otras tres familias, el llanto de Carmen era muy intenso. Casi sin decir nada, cogió a la niña de los brazos de su suegro, que con más voluntad que maña trataba de consolarla. Su suegra, Carmen como la niña, entretenía a Libertad, que jugaba en un rincón con una vieja muñeca de trapo. Manola se sacó el pecho para amamantar a Carmen, al tiempo que llamaba a su suegra.
-    Aquí tiene Madre. Sólo he conseguido este puñado de lentejas. Para nosotros será suficiente hoy. Estírelas todo lo que pueda. Esta tarde intentaré encontrar algo más. Caliéntele el caldo de gallina a Libertad. Aún quedara algo de sustancia.
-    Quién nos ha visto y quién nos ve Manola. Con lo bien que vivíamos y ahora… Sin casa, sin noticias de mi hijo ¿Cuándo acabará esta pesadilla?
-    Me ha dicho Carmelo que mañana llega a Cibeles un convoy de Valencia. Iré a ver si Antonio vuelve.
-          Ay hija… ¡Dios te oiga!
-          Vendrá Madre. Sé que volverá.
Manola llamaba Madre a Carmen como su marido, por costumbre y porque realmente, desde que Manola y Antonio se conocieron en el baile y empezaron a festear, sus suegros Carmen y Antonio habían sido unos auténticos padres para ella. Carmen siempre le decía a Manola que élla, era la única que había conseguido meter en cintura a su Antonio, un jovencito madrileño, hijo único (Carmen había parido doce varones más, pero ninguno había superado los dos años de vida, sólo Antonio, el decimotercero)  y de clase media, que nunca había pasado apuros, hasta que empezó la maldita guerra.
Hotel Ritz en Madrid hacia el año 1936.
Antes de la misma, Antonio trabajaba en el Mundo Obrero, de cerrador de prensa. Su padre, Antonio también, trabajaba en el mismo periódico, como corrector de textos. Su madre Carmen, trabajaba en el Hotel Ritz, cosiendo la ropa de cama. Por tanto, tres sueldos entraban en la casa de Embajadores donde vivía la familia. Antonio, era un joven feliz que siempre vestía de punta en blanco. Le encantaba cantar y bailar. Más de una vez le llamaban la atención en el trabajo por no parar de canturrear. Los guateques le daban la fuerza que le hacían pasar las semanas. Un día conoció a Manola en el baile y élla, que ya le tenía echado el ojo, le echó también el lazo.
CAPÍTULO I
A PUNTO DE ACABAR
Durante un bombardeo (Metro de Madrid 1938)
Saliendo del metro, el único lugar seguro de Madrid después de la última alarma antiaérea, Manola enfiló el Paseo del Prado para desembocar en la Plaza de la Lealtad, frente al hotel Ritz. En la casa, medio destrozada por las bombas y sin ventanas, a la que habían sido evacuados élla y su familia hacía ya más de cinco meses, a finales de 1938, le esperaban sus suegros y sus dos hijas: Libertad, de dos años y Carmen, de apenas seis meses.
Avión de la Guerra Civil española
Estaba preocupada porque Carmen debía estar hambrienta. Llevaba más de dos horas de retraso de su toma de pecho y sus llantos debían ser de padre y muy señor mío. La alarma había resultado breve y a pesar de que los aviones habían sobrevolado el Paseo del Prado, se habían dirigido hacia la Ciudad Universitaria para descargar sus bombas. Aún a lo lejos, atronaban las deflagraciones de las baterías antiaéreas de las milicias republicanas, que aún resistían en el sur de la ciudad los envites de la aviación nacional.
Plaza de la Lealtad (Madrid 1938)
Manola apretó el paso para llegar lo antes posible. Las niñas se habían quedado a cargo de sus suegros mientras élla, se buscaba la vida para conseguir algo de comida y leche. Las tres horas de cola en la puerta del Sol, habían resultado casi infructuosas. Sólo un camión había aparecido con unos cuantos sacos de lentejas que la gente, en su desesperación, había destrozado y esparcido por el suelo entre forcejeos, empujones, golpes y una espiral de violencia producto del hambre y de la impotencia. Manola había conseguido recoger del suelo un par de puñados de lentejas, que luego cocería en casa para toda la familia. Para Libertad, la hija mayor, volvería a calentar el caldo de gallina una vez más. El animal, que sustrajo Manola de la misma cocina del Ritz donde se había colado unos días antes, estaba dando hasta la última gota de su sustancia. ¡Ya llevaba más de seis días en la cazuela…!